«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Captura y muerte de Bin Laden

Una butaca en Oriente | Antonio M. Morales

 

CAPTURA Y MUERTE DE BIN LADEN
TEATRO CENTRAL, 23 DE FEBRERO.
SEVILLA.
TEXTO: José Luis de Blas Correa.
INTÉRPRETES: Paco Luna y José Eguskiza.
DIRECCIÓN: Carlos Álvarez- Ossorio.
ILUMINACIÓN: Manuel Colchero.
ESPACIO SONORO: Francisco José Cuadrado.
ESCENOGRAFÍA: Giorgina Valenzuela.
PRODUCCIÓN: Clásicos Contemporáneos.

 

Captura y muerte de Bin Laden se nos ofrece como un juego de espejos donde tanto las víctimas como los verdugos parecen estar mirándose en el mismo azogue. La trama tiene su génesis en la inquietante declaración del presidente Obama en la que se jacta ante toda la nación de haber dado muerte al terrorista fundador de Al Quaeda; y es que no hay nada tan perturbador como un presidente de un imperio declarando alegremente (léanse los dos matices del adverbio) que su ejército ha matado a Bin Laden. A partir de ahí, el texto se cuestiona cuánta parte de realidad hay en las declaraciones del presidente de los Estados Unidos, y a manera de una alegoría ad infinitum, los espectadores nos preguntamos si no será que vivimos en un mundo de apariencias donde la verosimilitud acaso prime sobre la verdad.

Y da pavor pensarlo.

Los espacios lumínico y sonoro (focos para el interrogatorio que maneja el mismo protagonista, helicópteros que parecen sobrevolarnos, polvo y oscuridad) nos llevan a un zulo donde los espectadores irrumpimos sorprendiendo a un agente de la CIA que recoge los folios de un expediente (intuimos que secreto), desperdigados por el suelo. El recurso de la acción previa a la expectación nos convierte en espectadores de algo que estaba ya sucediendo sin necesidad de público, y ese recurso de dirección nos parece todo un acierto.

Tras el agente, un prisionero sobre el que suponemos que se está probando un catálogo horrible de nefandos artilugios de tortura nos provoca la desazón, pero después nos preguntamos si será quizás la sangre sobre su rostro y sobre su indumentaria indicio suficiente para llegar a conclusión alguna.

 

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Las imágenes del agente y del prisionero están siendo grabadas en directo. El público es testigo. Y por momentos como público tenemos la impresión de encontrarnos inmersos en un plató de televisión universal donde quizás las cámaras también nos estén interpelando a nosotros.

Josu Eguskiza entrega toda su carne a un agente cuyas tormentas internas provienen de unos antecedentes familiares que no desvelamos (la obra acaba de estrenarse y no nos gustaría espoilearla). La pesadumbre y el desasosiego que impregnan su carácter encuentran el contrapunto perfecto en el prisionero creado por Paco Luna, que aborda su interpretación desde un lugar menos sombrío. Algunas veces esta paradoja siembra la duda sobre quién llevará realmente las riendas de la situación.

En la relación entre ambos personajes hay un par de diálogos que quizás estén dichos con intención de ser sarcásticos o irónicos, pero que por su carga chistosa pueden llegar a distraernos de la línea temática de la obra. Aun así, Captura y muerte de Bin Laden, de José Luis de Blas, con toda su carga política y su crítica implícita a un sistema donde la oscuridad de las alcantarillas es más luminosa que los despachos del poder, es un texto necesario. Y uno tiene la intuición de que se encuentra ante una de esas obras que irá creciendo exponencialmente con el número de funciones, porque aunque es cierto que algunos flecos quedan en el dobladillo, también es evidente que el traje está bien cortado.

Antonio M. Morales.

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