"LO QUE NO SE COMUNICA NO EXISTE"
Gabriel García Márquez

Alberto García Ulecia, humanista

(Conferencia leída el 19 de mayo de 2006 en la Fundación Fernando Villalón, del Ayuntamiento de Morón de la Frontera, con motivo de la concesión de la Medalla de Oro de la Ciudad, a título póstumo, a don Alberto García Ulecia).

Clave, diccionario de uso del español actual, define en su segunda acepción el término “humanista” como “aquél que se dedica al estudio de las humanidades”. Profesional y personalmente, pienso que Alberto García Ulecia (n. en Morón de la Frontera en 1932 y fallecido en Sevilla en 2003) puede ser adjetivado así. Él estudió Derecho y Filosofía y Letras y fue profesor hasta su muerte de Historia del Derecho y las Instituciones en varias universidades andaluzas. Excelente poeta, riguroso investigador, gustador de la música clásica y popular –sobre todo, en el campo de esta última, del cante gitano-andaluz, del que fuera un prestigioso conocedor-, amante de la pintura… No, nos estamos yendo por los cerros de Úbeda ni haciendo un brindis al sol si lo calificamos de notable humanista. Pero iremos paso a paso. Hablaremos primero de la persona, y del conocedor de flamenco, algo diremos del profesor y, al fin, haremos hincapié en el gran poeta que esencialmente fue. Para ello dispongo de varios testimonios, orales y escritos: mi conocimiento de la persona y de la obra, los valiosísimos documentos, muchos de ellos inéditos, que me ha cedido para este trabajo su familia, su nutrido epistolario con el pintor Juan Romero –quien amablemente me ha dado fotocopia del mismo-, que es de un gran interés por su extensión (Juan abandona Sevilla en el decenio de los 50 para marcharse a París y, desde entonces, sólo ha vuelto a Sevilla en ocasiones). En este epistolario, además, intercambian ideas sobre arte, poesía, pintura y sobre la vida misma. Pero empecemos hablando de la persona.

Comenzaré citando un testimonio de una profesora, compañera suya en las facultades de Derecho de Sevilla, Córdoba y Jerez, también poeta. La profesora Raquel Rico Linage afirma en una conferencia homenaje que se celebró después de su muerte en Jerez: “Hablar con él era una delicia. Recuerdo haber leído entonces un artículo de ABC, ya no sé decir de quién, que trataba precisamente sobre eso, que elogiaba sus cualidades de conversador, siempre sin prisa, a pesar de que entonces su dedicación a la universidad era una más, y el pluriempleo ocupa mucho tiempo. Cuando coincidíamos casualmente en cualquier calle, él de paso de sus tareas de gestor administrativo –pues Alberto empezó ejerciendo la carrera de Abogado como gestor administrativo-, yo de vuelta del Archivo de Indias, siempre podía pararse un rato, contar alguna anécdota, tomar un café”. Más adelante, añade, “todos los que están hoy aquí han conocido una parcela de su forma de vida, de su forma de ser, de su sentido del humor, de su bondad”.

Para no multiplicar los testimonios, cometeré la inmodestia de citarme a mí mismo, en las palabras iniciales que puse a una antología de sus versos aparecida en 1985 y preparada algunos años antes. “¿Alberto? Sí. Era Alberto aquel hombre aún joven al que me estaban presentando. La imagen primera que tuve de él permanece imborrable, quizás porque los sucesivos encuentros no hicieron sino confirmármela. Pulcro, vestido con una discreta elegancia, no podía ocultar su trato directo y cordialísimo una sutil ironía que le espejeaba en las gafas, sometiendo a leves tensiones la sobria y atenta expresión de su rostro. El nervioso movimiento de sus manos traicionaba también aquella apariencia de imperturbabilidad. Más adelante, paseando juntos por Sevilla –tuvimos una amistad peripatética, no sé cuántos kilómetros habremos recorrido dialogando pero desde luego bastantes- o charlando en algún viejo café, pude comprobar hasta qué punto esa sonrisa apenas insinuada podía convertirse en risa franca y hasta sorprendentemente infantil sin perder por ello un dejo de ironía”.

Frecuentaba mucho el ya desaparecido bar Arsenio, frente al hotel Colón, cercano a la Maestranza y en donde solían y aún suelen alojarse los toreros y su compaña y cuadrilla. Al lado del Arsenio estaba Gráficas del Sur, que regentaba su gran amigo el pintor Joaquín Sáenz. Así que en el Arsenio nos reuníamos con frecuencia Joaquín y Emilio Sáenz, el músico Pepe Romero, yo mismo, y algunas veces se agregaban personalidades como Antonio Mairena, pintores, arquitectos, poetas…, y paro de contar porque tendría que llenar con la lista de aquél casinillo de artistas una o dos páginas. Entiéndase, pues, que sólo he citado a algunos de los más habituales. Alberto era enormemente observador. Un día me confesó que, un rato antes de la corrida, a veces iba solo al Arsenio para darse el gusto únicamente de mirar a sus anchas a las gentes que se mueven alrededor del mundo del toro, porque, me decía, era una gente muy singular. Me di cuenta que hacía un gesto muy especial, consistente en sobreponer el labio inferior sobre el superior y taparse la boca con una mano, doblados los nudillos sobre ésta. Me contó una anécdota. Fue al hospital a ver a un torerillo al que le había dado un revolcón el toro. Y como Alberto le mostrara su atención y deseo de que se explayase con él contándole pormenores del suceso, el torerillo, muy solemne, comenzó diciéndole: “Don Alberto, qué barbaridad, qué zambomba, qué farmacia. Y qué me asombra la servidumbre de los gánsters…”. Concluía Alberto haciéndome reparar en que el torerillo había construido la frase por gusto de oírse hablar, por pura eufonía, y sin saber de qué estaba hablando, algo, según él, muy andaluz. Y entonces, hacía el gesto con la boca y con la mano que describí antes. Por eso, cuando Alberto hacía ese gesto, sabía yo sin dudarlo que él estaba imaginando cualquier inofensiva broma o diablura, a las que era tan aficionado. Me agrada recordarlo así, porque así, alegre, fue en esencia una buena parte de su vida, aunque luego tuviera que sufrir los trances más amargos.

Su independencia era uno de los rasgos más acusados de su carácter. Siendo como fue un gran poeta, resulta prácticamente un desconocido en las Letras Españolas contemporáneas. La independencia tiene siempre un precio: el silencio. Les transcribo un párrafo de una carta suya al pintor Juan Romero, con fecha de 17 de mayo de 1959, para que vean ustedes la temprana firmeza de sus convicciones: “Publico mis cosas en Arunci, el semanario de mi pueblo. Posiblemente publicaré en breve cosas en revistas poéticas de minorías. No tengo prisa. España es lo que tú quieras. Pero en ella no hay libertad. Algo peor, porque eso de la libertad es bastante relativo: En España la gente no se preocupa porque haya libertad. Es una lástima. Parece que la minoría y las masas quieren ser irredentas. ¿Es que nunca habrá redención? Todo esto es muy triste. Yo prefiero marcharme o, de todas formas, no comulgar absolutamente con nada, nada más que con mis amigos. Todo esto es muy triste. Pero he de mantenerme incólume. Por encima de español y de todos los encasillamientos, más o menos artificiosos o naturales, que me hayan impuesto, soy hombre, quiero decir que soy yo. Sin el yo no hay arte. A todo arte comunista o católico, o de cualquier secta o estilo de vida le falta algo esencial que acaso sea la supremacía, la consciencia de la supremacía del yo. No egoísmo inferior, sino altísimo, elevado egocentrismo”. Pienso yo que esta reflexión sobre la sociedad y el arte no difiere mucho en contenido del aforismo de Juan Ramón Jiménez: “En lo económico, comunista. En lo artístico, aristócrata”. Era un hombre bueno, independiente, templado. A nadie le he oído una mala palabra sobre él. He citado antes a Juan Ramón Jiménez, poeta caro siempre a Alberto. Pero de quien se sentía más cerca quizá era de Antonio Machado, de quien hizo una breve y excelente antología titulada Una honda palpitación (Sevilla, Renacimiento, 2000). Por cierto que en su prólogo a esa antología parece retratarse a sí mismo y a su propia poesía cuando alaba de la de Machado: “la precisión, la claridad y la emoción”. Y dice de la persona: “Era un sevillano de gracia fina, inteligente, delicada. Hemos conocidos algunos así. Son cordiales sin aspavientos y simpáticos sin hipérbole. A veces los delata una sonrisa algo triste, burlona, melancólica. […] En el fondo, sin embargo, la sangre jacobina de Antonio, su austeridad, su eticidad, su independencia de criterio, el orgullo de su modestia, le dotaban, sin duda, de una extraordinaria energía interior”.

Alberto parece en algunas cosas, no que tuviera influencia, sino que fuera un trasunto de Antonio Machado. Antes me referí al carácter, a la manera de ser, y luego he de referirme a que ambos poetas eran enseñantes y amantes de la copla popular. Y es de este último aspecto de Alberto del que quiero hablar ahora. Yo lo traté asiduamente durante decenios –en una nota manuscrita suya, facilitada por su familia, especifica que nos conocimos en la presentación de mi primer libro. Efectivamente, yo ya había leído al poeta García Ulecia y lo admiraba, y por tanto le envié una invitación a la presentación de mi primer libro, que fue el 18 de febrero de 1978, y casi desde inmediatamente data nuestra amistad y mutua simpatía. En los años siguientes, publiqué algún libro suyo en una pequeña editorial que entonces yo dirigía, Calle del Aire, e hice a propuesta suya una antología de sus versos. Lo traté asiduamente durante decenios, y puedo asegurar que he conocido a escasas personas con tal sensibilidad y conocimiento del cante gitano-andaluz, del que tanto le oiría charlar con otros aficionados amigos comunes, como el pianista y musicólogo flamenco José Romero y el pintor Joaquín Sáenz. Por algo Alberto vino al mundo en Morón de la Frontera, uno de los vértices del fabuloso Triángulo del Cante. Al flamenco le dedicó un primoroso libro de poemas cuya primera edición se hizo aquí, en Morón, como número 2 de la colección “Biblioteca de la Frontera”, y está ilustrado con estupendas fotografías de Luis A. Gómez González. Y en Morón bebió desde muy pronto de las fuentes más puras del cante, el toque y el baile gitano-andaluz. Sus mejores amigos fueron gitanos, como el guitarrista Diego de el Gastor y el cantaor Joselero, a los que dedica en su libro Temas e intérpretes flamencos (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2005) páginas extraordinarias. Ya en 1956, en un artículo en la revista Arunci (y que versa sobre el cantaor Juan Talega), define lo que para él era el flamenco: “conceptos insobornables y precisos, que le permiten distinguir el cante verdadero del que no lo es, lo puro y lo mixtificado, la esencia y el adorno, el duende y la falsedad engañosa de muchos mamarrachos”. Recordemos que, ya en Sevilla, conoció y trató mucho a Antonio Mairena, y de este trato y del amor compartido en ambos por el cante surgió el libro Las confesiones de Antonio Mairena (Sevilla, Universidad, 1975) que es, de algún modo, una historia del cante desde los años veintitantos hasta la publicación del libro. Nunca le gustó que le llamaran flamencólogo, y se definía a sí mismo como “degustador de flamenco”. Como investigador universitario de la Historia, tenía la humildad de reconocer lo que no sabía y, por eso, en su obra, no se encuentran fábulas más o menos disparatadas frecuentes en otros autores. Nunca pretendió hacer oficio de su amor y conocimiento del flamenco y, quizá, esa fue la causa por la que acudían a él a consultarle como doctor en la materia algunas de las más altas figuras del cante, del toque y del baile gitano-andaluz. Como primicia, voy a leer a ustedes un largo fragmento de una carta suya al pintor Juan Romero, fechada el 14 de febrero de 1964. A mi parecer, ésta carta es un documento sobre la historia del flamenco, con la Universidad de Sevilla, la Niña de los Peines y Antonio Mairena de protagonistas:

“Ahora te voy a contar una cosa respecto al cante que seguramente te hubiera gustado presenciar. Organizado por el S.E.U. y su Departamento Cultural, y con la colaboración de la Cátedra de Flamencología del Conservatorio de Música de Jerez de la Frontera, se ha celebrado en Sevilla, durante toda la semana pasada, la Primera Semana Nacional de Flamencología. Hablaron de diversos temas del flamenco, dos jóvenes de la Cátedra mencionada de Jerez, Belmonte (médico, hermano del torero), Romero Murube y Ricardo Molina (poeta y coautor del libro “Mundo y formas del cante flamenco”, con Antonio Mairena, libro éste que tienes que comprar). Al final de cada disertación había Clase Práctica, consistente en cante y toque por aficionados, y coloquio. La sala siempre estaba repleta de público, con muchísima gente de pie, en medio de un gran silencio, y los coloquios eran apasionados y cada vez más interesantes. Por primera vez, el cante entra en la Universidad por la puerta grande y como fenómeno absolutamente artístico e intelectual. Este fenómeno, más que las cosas que pudieran decirse, es lo más interesante. Lo mejor de toda esta semana, es que al final de las conferencias, y cerrando el ciclo, hubo una fiesta grande, en la que actuaron preferentemente Pastora Pavón, Niña de los Peines, y Antonio Mairena. Fue algo de maravilla, inolvidable. Estaban allí el Alcalde (que ahora, sabrás, es Hernández Díaz), el Delegado de Información y Turismo y las autoridades académicas. Al final, casi dos mil personas aplaudían como yo no he visto en mi vida aplaudir. El cante grande, lo bueno de verdad, llegó a una masa, minoritaria relativamente, eso sí, pero casi toda no iniciada en el misterio y, ¿por qué no?, la “dureza” de estos cantes que pocas veces se oyen. Todavía hubo algo más extraordinario y entrañable. Después de la fiesta que te digo, y en el mostrador del Pinto, la Niña de los Peines y Mairena, borrachos, de pie, junto al mostrador, estuvieron cantando mano a mano, sin parar un momento, soleariyas, cantes por fiesta y seguiriyas, todo completamente gitano puro. Fue la locura. Pueden pasar diez años y no verse nada igual en este aspecto. El pequeño bar del Pinto estaba atestado de público y con la puerta cerrada. Había algunos extranjeros, seguramente aficionados, completamente embrujados. No se podía respirar, entre la atmósfera densísima de las respiraciones, el alcohol y el humo del tabaco. Aquello era un veneno. Y por si fuera poco, Mairena, desangrándose en su grito, nos tenía a todos cogidos por la garganta, sin poder evadirnos. Algunos lloraban. Hubo un momento en que Mairena cantó varias seguriyas sin detenerse, a cual mejor. Cuando la modulación de la copla iba descendiendo, mecía el cante, lo levantaba y lo crujía en el aire como un látigo. Nunca como aquella noche –fue el pasado domingo- el cante fue, como lo definió Romero Murube, una maga habitación de llanto y alas. Cantó seguriyas del Marrurro y terminó con un estilo de Silverio Franconetti. Hubo un momento en que Mairena, loco ya, dobló los dedos de las manos en un gesto contorsionado que le es propio y se puso a bailar, acompañándole la gracia milenaria de la Niña de los Peines, con su voz de vitriolo y su gesto antiguo. Y con sus ochenta años. Y harta de cantar y de beber y de estar de pie durante un montón de horas. La Niña de los Peines no es ya una mujer. Que ella me perdone. Tampoco es una cantaora. Es un pedazo de la historia de España”.

Como Antonio Machado –con quien guarda en esto también paralelismo- Alberto García Ulecia fue enseñante. Un poeta, cuando lo es de verdad –caso que ocurre en ambos ejemplos, Machado y Ulecia- hace de la poesía su ocupación esencial, pasando a ser lo demás, de algún modo, accidental. Pero como la poesía está fuera de las leyes de la oferta y la demanda, Machado tuvo que dedicarse a la enseñanza del Francés, y a la Historia del Derecho y las Instituciones, Alberto. “Mi historia, algunos casos que recordar no quiero”, escribe Machado. ¿Es que esos “casos” son menos dignos de ser recordados que los de cualquier hijo de vecino? Lo que quiere decir aquí Machado es que la poesía ocupa un lugar central en su vida. Pero hay que ganarse el pan, y Alberto, con un compañero de carrera, Enrique Vicente, monta una gestoría administrativa en el piso bajo de la casa de su madre, calle Navarros 4, en 1960. En cuanto a su dedicación universitaria, puedo citar sus mismas palabras de una breve autobiografía suya que tuvo la gentileza de proporcionarme su hija Berta: “En el curso 1969-70 me matriculé en la facultad de Filosofía y Letras y en el curso siguiente empecé a frecuentar el Departamento de Historia del Derecho de la Facultad de Derecho de Sevilla (nunca me ha gustado el Derecho positivo o vigente), donde obtuve nombramiento de Profesor Ayudante Contratado. Luego, en 1971 fui nombrado profesor de la asignatura mencionada en el Colegio Universitario de Derecho de Córdoba. En 1974 leí en Sevilla mi tesis doctoral sobre fueros medievales”. En efecto, Alberto se licenció en Derecho el 12-03-1960. La tesina la lee en diciembre de 1971 y la tesis el 24 de mayo de 1974. Estuvo en el Colegio Universitario de Córdoba, que después se convertiría en facultad, como ayudante de 1971 a 1973 y como encargado de curso en el mismo colegio desde 1973 a 1979. Y ya en Sevilla fue profesor adjunto de 1979 a 1988, año en el que sacó la Cátedra de Cádiz. Estaba preparando los papeles de su jubilación cuando le sobrevino la enfermedad final. Una valoración profesional de su trabajo como docente e investigador de la Historia del Derecho la hace la profesora Raquel Rico Linage (Anuario de Historia del Derecho de 2004, pp. 949-995). “Porque, en lo relativo a la enseñanza universitaria, del docente quedan recuerdos que se agotan en la generación de quienes fueron sus alumnos, y de muy distinto tipo además según las diversas biografías de los mismos. Aunque seguro que este caso es muy especial por la conjunción de su carácter riguroso y amable, lleno de particularidades y atractivos”.

“La obra del historiador es más permanente, puede ser utilizada en un futuro lejano y desconocido, y quienes entonces lean los libros y artículos de Alberto García Ulecia podrán aprovecharse de su detallada tesis doctoral sobre Los factores de diferenciación entre las personas en los fueros de la Extremadura Castellano-Aragonesa, de sus artículos sobre instituciones mercantiles – Las compañías de comercio o las corredurías de lonja- y podrá constatar la honradez y el rigor con el que se analizan sus instrumentos documentales y bibliográficos. Son estudios que permanecerán como historia jurídica útil y fiable, como material del que se podrá partir, que permitirá avanzar a quienes estén interesados en esa cronología y esas instituciones.

“Pero las obras científicas sólo muy relativamente contienen la personalidad, las virtudes de sus autores. Y aunque en este caso resulta evidente que, además de ser rigurosas, están muy bien escritas, de Alberto García Ulecia es justo y necesario destacar muy especialmente la sabiduría de su obra poética. Porque es en sus versos donde permanecerá, y con una fuerza que no hará sino acrecentar, el particular testimonio de un hombre que fue capaz de armonizar historia y poesía, para que juntas contribuyeran a perfeccionar una obra literaria de un enorme rigor y de una extraordinaria belleza”. “Aparte de su tesis –añade la profesora Raquel Rico- tiene varios títulos muy para especialistas, pero que genéricamente pertenecen a la historia de los derechos civil y mercantil, derecho privado en definitiva, que le interesó más que las instituciones políticas, más el individuo que el poder”.

Siendo como fue uno de los poetas más destacados de su generación, pagó el precio de su independencia, que es siempre el aislamiento y la soledad. Como nació el 31 de diciembre de 1932, según la escala generacional que suelen emplear los estudiosos de la literatura (y que tienen su origen en las teorías de Ortega, Petersen y Marías), pertenece a la segunda generación de posguerra, que es la de aquellos autores nacidos entre 1924 y 1938. El problema del tiempo “sentido siempre como transcurso doloroso” –y son palabras escritas por él- es el eje de su poesía. Palabras como “nostalgia” o “memoria” son recurrentes en sus versos. Nunca hizo lo que suele llamarse “vida literaria” y tenía más amigos entre los pintores y artistas plásticos que entre los escritores y poetas. Él mismo dice en el prólogo de uno de sus libros que describe en sus versos el paisaje “casi con la misma técnica que un pintor paisajista”. La naturaleza está omnipresente en su poesía, tanto la marina como la de tierra adentro. En el movimiento de las aguas marinas ve el ciclo de la vida: un continuo pasar y permanecer. Símbolo, pues, del fluir del tiempo. Y hemos vuelto a nombrar la palabra clave el su poesía: el tiempo.

La poesía de Ulecia puede dividirse en tres etapas. La primera, de iniciación, a veces gongorina, a veces neopopularista (A plena sombra, Torofuente, Alas y olas ), en la que ensaya prácticamente todos los metros que se darán en las posteriores. En ella es muy visible la huella de los maestros (Gabriel Miró, Juan Ramón, los Machado, Rubén, Lorca, Alberti, Villalón, Salinas, Neruda). Una segunda, de transición ( Universidad, A flor de tierra y Voz litoral ), en la que emplea ya todos los procedimientos característicos de la tercera (violación de las reglas selectivas selectivas o reglas de iniciación léxica y muy especialmente la coordinación, mediante la conjunción copulativa “y” de realidades pertenecientes a órdenes diferentes, juegos con los diversos usos de una misma palabra, lo que se conoce como “antanaclasis”).

Destaquemos el carácter dionisiaco de la mayor parte de los poemas de A flor de tierra (con Neruda al fondo, pero un Neruda más personalizado que el de la primera época). Pero es a partir de Jazmines póstumos (1975) donde comienza la poesía más intensa y profunda de Ulecia. Poesía elegiaca y también meditativa, de un cierto panteísmo pagano. En sus últimos años, Alberto tradujo a Hölderlin y viajó a Tübingen para impregnarse más y mejor del poeta suabo, “lo más alto que la poesía puede depararnos”, según Cernuda. Su poemario, Exposición colectiva, está dedicado a la pintura que, con el flamenco (que es el motivo de los versos de Imagen del cante) son sus principales ejes temáticos, después, como hemos dicho, del paso del tiempo y la visión del paisaje. Pienso en los versos finales de Alberto (sobre todo en los de Fervor de la memoria, 1992), y me viene a la memoria sin quererlo un poema titulado “Un clásico”: “En sus versos palpita, como el alma/ en las graciosas formas de un dios griego,/ la tristeza sapiente y luminosa/ del que asumió sereno su destino/ y anduvo y vio y amó/ adquiriendo dulzura y fortaleza”. Poesía honda, clara, emocionante, exacta.

En cuanto a la forma, como Antonio Machado, García Ulecia jamás pretende ser innovador. “Por hábito y sentido musical y rítmico —escribe en unas notas que tengo ante mi vista— utilizo siempre la métrica. La rima asonante, rara vez consonante. Uso con frecuencia el endecasílabo blanco, con alternancia de versos de 5, 7,9,13 y 14 sílabas. En las estrofas hay predominio de la silva, por el uso constante del endecasílabo blanco. La estructura estrófica no la determina la rima, sino la sucesión y jerarquía lógica del argumento o narración. Incluso en algún poema octosilábico de una misma asonancia, los versos se agrupan en 4 estrofas, cada una de 4 versos, en función de lo que se cuenta y describe”. Esto, naturalmente, añado yo, cuando no emplea los metros propios de las canciones populares, como la soleá o la seguidilla. O composiciones tradicionales, como el soneto.

Alberto estará siempre en nuestra memoria porque, como él mismo escribiera en su homenaje al cantaor Luis Torres Cádiz, Joselero, evocando amigos ya idos, “la muerte fue venciendo los cuerpos de algunos, pero no su recuerdo, que nos sigue alimentando, porque el olvido no existe. Y contra cualquier oscuridad, yo levanto hoy mi copa, llena del vino de la amistad y del recuerdo. Y brindo por nuestro amigo Alberto García Ulecia.

Nota: La más amplia antología de los versos de García Ulecia y la recopilación de sus conferencias y escritos sobre flamenco las realicé yo hace menos de un lustro. Los versos en el libro Poesía. Antología 1964-2003. Edición de Fernando Ortiz (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, col. “Vandalia Mayor”, 2005. El flamenco en el libro Temas e intérpretes flamencos. Recopilación y prólogo de Fernando Ortiz. (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2005).

Publicado originalmente en www.fernandortizreflexiones.blogspot.com.es

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