Alberto San Juan y Marta Calvó interpretan «Masacre. Una historia del capitalismo español»

Una butaca en Oriente | Antonio M. Morales

Masacre reseña Una butaca en Oriente

Tras presenciar Masacre, obra de Teatro de Barrio escrita y dirigida por Alberto San Juan, uno tiene la sensación de que algunas veces sobre el escenario se cumple la máxima acuñada por el arquitecto minimalista L. M. van der Rohe: «Menos es más».

La propuesta de puesta en escena austera refrenda coherentemente la crítica sin ambages al capitalismo a la que asistimos. Quizás lo único que no se escatima es la palabra: mucha palabra contra la palabrería, como si una buena dosis de teatro fuese capaz de desfacer el entuerto de los botines usurpados por banqueros patriotas, Botines y Koplowitz.

 
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Los distintos personajes hablan sin pausa. Todos menos dos: la pareja de dudosa clase media que sustenta el peso de la acción. Ahí sí eché de menos más resolución, más historia, pues uno se emboba al presenciar las rutinas domésticas de las personas que hormiguean las entrañas de nuestras cuentas corrientes, esas que suelen ser las que te escrutan a ti desde ventanillas blindadas por distantes.

La crisis y la corrupción, compañeras de viaje de las últimas generaciones, son abordadas por derecho en un texto que no teme abismarse en las zonas de sombra del sistema que retrata: el público lo agradece, y el teatro ejerce su poder terapéutico de identificación y distanciamiento; identificación con una pareja que no atina a definirse como de clase media– alta o baja; y distanciamiento a través del simbolismo irónico que acarrea la personificación en escena del IBEX 35 o de las mascotas expolímpicas (Cobi y Curro) y que permite ver con sentido del humor la catástrofe que nos espeja.

 

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Todo un desafío la apuesta de Teatro de Barrio por un montaje descaradamente político, a sabiendas de que este tipo de propuestas solo cuaja en culturas que consideran el teatro como un baluarte imprescindible para el desarrollo intelectual y cultural de la ciudadanía. Y sin lugar a dudas, uno, como público, tiene la sensación de que son necesarios desafíos como este, que vinculan la acción dramática a la acción ciudadana sin llegar al adoctrinamiento: presenciamos en escena nuestra propia relación con el capital, la canallesca incidencia de la banca en nuestra cotidianidad y la relación interesada entre las sagas económicas y las políticas, que se alían para darnos bocados en el lomo.

Asistimos al espectáculo de la degradación de las dinastías financieras y políticas, que en aras de engordar sus insaciables estómagos bursátiles, perciben al ciudadano de a pie como a un animal estabulario atrapado entre las cuatro paredes emboñigadas de las oficinas bancarias o de las urnas.

 
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El escenario vacío (una silla en la caja negra y poco más) es un contrapunto acertado para un discurso en el que queda poco espacio para el silencio, una apuesta sagaz para hacer brillar la luz (magnífica la luz de Raúl Baena) en un lugar por donde deambulan los fantasmas del pasado dejando en el aire el polvillo de su aura degradada.
Esos fantasmas de los que hablo (unos vivos y otros muertos, permítanme la licencia) son encarnados por unos actores en estado de gracia: Marta Calvó y Alberto San Juan. Nos atrapan cuando encarnan a la pareja protagonista (tanto que nos quedamos con ganas de más, como ya dije), cuando dan vida desde el simbolismo hiperactuado a seres inanes (el IBEX 35, Cobi o Curro) o cuando impostan desde el gesto y la palabra a protagonistas de la historia reciente del capitalismo como Aznar, Escribá de Balaguer, Esther Koplowitz o Ana Botella.

Sin duda, la complicidad entre la autoría y la dirección (inevitable por otro lado, puesto que autor y director son la misma persona) se deja ver en el trabajo actoral de Alberto San Juan (uy, él también es la misma persona) y de Marta Calvó.

 

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Y para concluir, me gustaría dar fe de que hay lugar para la poesía en un montaje que, por lo expuesto, pudiera parecer prosaico, referencial, wikipédico: nada más lejos de la realidad. Hay una puerta en la caja negra tras la que se ocultan unos personajes de los que no he hablado aún. Hay un espacio, sin duda, para la metáfora.
Si quieres encontrar lo que se esconde tras la puerta, no dudes en acudir a Teatro de Barrio: puede que sea un espejo o puede que seas tú.

Abre y me lo cuentas.
 

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