«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Aloe vera

Nuestra flora | José Pérez Dávila

Aloe, aloe ferox, aloe del Cabo.

Familia: Liliáceas.

Su nombre Su nombre proviene del árabe alloeh, que significa brillante y amargo; otros creen que viene del griego y que significa mar, por la apetencia de esta planta hacia las cercanías del mar; y algunos creen que viene del hebraico halat por su sabor amargo.

El específico vera viene del latín y significa verdadero.

Origen: Oriundo del África tropical y Sudáfrica.

Descripción: No tiene tronco, con unas 20 hojas gruesas y carnosas, dispuestas en roseta con espinas en los bordes, puede alcanzar hasta los 50 cm de altura. Su inflorescencia se presenta en brácteas blancas con flores amarillo rojizas de hasta 90 cm de altura.

Dioscórides nos la describe como que sus hojas se parecen a la de la cebolla albarrana, porque son ancha, gruesas, grasas, y corcovadas por la parte trasera.

Existen muchas especies dentro del género Aloe, como el aloe candelabro, muy utilizado en parques y jardines por su valor ornamental.

Exigencias: Es una planta común en zonas desérticas.

No le va bien el frío, por lo que en invierno es preferible tenerla en el interior, siendo su temperatura ideal de 16ºC como mínima.

Usos: Se utilizó para preservar a los animales de las picaduras de moscas y pulgas y a los vegetales de los insectos.

Se suele usar después de los afeitados y depilación para aliviar la piel irritada.

Propiedades medicinales: Su hoja se puede dividir en tres partes: la piel compuesta por una capa externa, cerosa y otra interna. La aloína de color amarillo-verdoso, de sabor amargo, es laxante. Y la pulpa o gel, transparente de la que se sacan los zumos y jugos.  

El zumo condesado de sus hojas tiene efectos medicinales.       

La medicina popular lo considera una especie de panacea (que lo cura todo)

Hipócrates lo recomendaba para el crecimiento del cabello, alivio de problemas digestivos y curación de tumores, así como para tratar problemas de la piel como psoriasis, antiacné, quemaduras, picaduras de insectos, blanquea los dientes y alivia dolores. Dolor de muelas, previene la caries y alivia la gingivitis, yagas de la boca y sarro de los dientes.

Dioscórides nos dice que es útil para el tratamiento de heridas, dolores articulares, insolación, acné, inflamación de encías, alopecia, problemas estomacales e intestinales.

En altas dosis puede resultar abortivo y aumentar la cantidad de hemorragia menstrual.

Cura heridas, artritis, cicatriza, hidrata y rejuvenece.

Por su contenido en vitamina C, antioxidantes y antraquinona, reduce el nivel de azúcar en sangre e incluso aumenta la producción de insulina, pero hay que tener cuidado pues puede provocar una hipoglucemia.

Es antioxidante por lo que es potenciador inmunológico y combate los radicales libres que aceleran el envejecimiento.

También puede provocar perdida de potasio por lo que no es recomendable en pacientes cardiacos, renales, varices y hemorroides.

En la actualidad se utiliza para el tratamiento y cuidado de la piel aunque en la antigüedad se utilizó como purgante, tónico estomacal y aperitivo.

Es tónico, purgante, emenagogo, antihelmíntico, estimula la secreción de bilis.

La savia de sus hojas se usa para aliviar la dermatitis y el eccema, cura quemaduras e incluso las provocadas por la radioterapia, herpes e infecciones de la piel. Es un buen remedio contra el pie de atleta.

Por contener principios activos que hacen que se sienta plenitud en el estómago y estimula el tránsito intestinal por lo que la ESCOP lo recomienda para aliviar el estreñimiento.

Los egipcios en el Papiro Eber de 1550 a.C. ya mencionan sus efectos antiinflamatorios y analgésicos.

Sin embargo, científicamente solo se han probado que es útil en los tratamientos de problemas de la piel y para el estreñimiento, pero no se debe aplicar a pacientes con hemorroides ni en mujeres embarazadas ni lactantes, tampoco a niños.

Componentes: Sus principios activos más importantes son los derivados antracénicos (antranónicos, antranílicos y antraquinonocos) y las cromonas.

Aloína de un 5 al 25 %

También contiene vitaminas A, C, E, B1, B2 y B3.

Minerales como calcio, magnesio, sodio, hierro y manganeso.

Resinas 10 a 20%

Historia: Ha sido considerada como planta curativa y milagrosa desde los orígenes de la humanidad.

No se sabe exactamente desde cuando se usa como planta medicinal, pero existen dibujos de esta planta en templos egipcios de 4000 a.C. y antes en pinturas rupestres en distintos lugares del mundo como China, India, Arabia, Palestina e incluso en Nueva Guinea.

Se ha encontrado una tablilla sumeria de Nippur del 2100 a.C. con sus aplicaciones farmacológicas y se la consideraba una planta divina capaz de ahuyentar los demonios (enfermedades).

Fueron los egipcios los que más la usaron. La llamaron “la planta de la inmortalidad”. Incluso la usaron para embalsamar a los faraones por su efecto bactericida y fungicida, pues creían que con la conservación del cuerpo le ayudaba a alcanzar la vida eterna.

Ya desde la antigüedad fue usado como planta medicinal y se sabe que fue usado por Nefertiti, Alejandro Magno, Nerón y Cleopatra que lo uso para dar tersura a su piel.

Fue comercializado por el Mediterráneo por las naves fenicias.

En Grecia, además de por sus propiedades curativas era símbolo de belleza, paciencia, fortuna y salud.

Alejandro Magno fue curado de sus heridas con aloe y mandaba curar a sus soldados heridos con aloe y lo llevaba en sus campañas.

Antiguamente se producía su jugo en Socotora, isla del Yemen en el Océano Indico que fue un centro exportador de acibar.

Los romanos comprobaron en las guerras púnicas como los cartagineses se curaban sus heridas con él.

También es llamada “la planta bíblica” por las muchas veces que es nombrada en la Biblia, como cuando se relata que Nicodemo utilizó una mezcla de aloe y mirra para embalsamar el cuerpo de Jesús.

Fue traído a Europa para su cultivo por los árabes, a través de España que también enseñaron el procedimiento para extraer la pulpa mediante prensas o pisadas, que después secaban al sol en pieles de cabra.

En las cruzadas, los cristianos pudieron ver como sus enemigos se curaban las heridas con esta planta.

Aparece citado en documentos médicos anglosajones del siglo X y alemanas del siglo XII.

En la Edad Media tuvo gran aprecio entre los médicos, por lo que alcanzó elevados precios.

La monja benedictina Hildegard von Bingen, en el año 1100, lo recomendaba para combatir las caries, enfermedades estomacales, migrañas, ulceras e ictericias.

Se cree que gracias al aloe pudieron sobrevivir al viaje los marineros de Colon. Éste le llamó el “el doctor maceta”, incluso escribió en su diario: “Todo está bien, hay aloe a bordo”.

Paracelso lo estudio y lo nombró como “misterioso y secreto aloe cuyo jugo de oro cura las quemaduras y los envenenamientos de la sangre”.

En la China fue usada para tratar quemaduras y enfermedades de la piel, como se cuenta en la farmacopea de Li Shih-Shen (1518-1593) donde le llama “remedio de armonía”. Los médicos itinerantes usaban sus espinas como agujas de acupuntura.

Los jesuitas españoles lo llevaron al Nuevo Mundo sobre el 1590, seguramente a las Bermudas y de ahí el nombre científico de “Aloe barbadensis”. Poco después fue tan difundido que los indios americanos lo consideraron una de sus 16 plantas sagradas usándolo contra hemorragias, tos, problemas de vejiga, riñones, digestivos, picaduras, incluso creían que curaba enfermedades mentales y los jibaros le consideraron “el medico del cielo”, y  lo usaban como ungüento que les protegía el cuerpo de heridas y picaduras de insectos .

Los mayas lo consideraban una planta sagrada y lo llamaron “Fuente de juventud” y aun hoy lo colocan en hogares y comercios para que de buena suerte.

En el siglo XVII las Indias Occidentales comenzaron a producir sus derivados en gran cantidad.

En el siglo XVII se vendían procedentes de las islas Barbados y desde el siglo XVIII es el Cabo de Buena Esperanza el mayor productor.

Leyendas y tradiciones: El aloe comenzó a ser utilizado por los magos árabes que recomendaban su jugo con vinagre para evitar la caída del cabello.

Para los egipcios, era una planta mística que acompañaba en las ceremonias funerarias al faraón hasta su lugar de reposo y le indicaría el camino hacia la Tierra de los Muertos.

Existe una leyenda que cuenta que, en una ocasión, Alejandro Magno fue herido por una flecha en Gaza y se curó con un ungüento preparado con aloe que lo había compuesto su maestro Aristóteles.

En la Edad Media se mezclaba con incienso y se utilizaba como perfume para favorecer las influencias de Júpiter, especialmente los jueves en la primera y octava hora del día y tercera o decima de la noche.

Los samuráis japoneses, untaban su cuerpo con pulpa de aloe para evitar a los demonios y conseguir la inmortalidad.

En la India el libro Ayurveda (5000 a.C.)  llama al aloe “la curadora silenciosa” cree que crecía en los Jardines del Edén, se usaba en la medicina tradicional, era considerada planta sagrada y aun hoy se colocan hojas de aloe en las hogueras funerarias para el renacimiento y vida eterna del difunto.

Se cuenta que el medico sueco Dr. Yernes vivió hasta los 104 años tomando un preparo compuesto de aloe, genciana, azafrán, ruibarbo, melaza y brandi.

En África, el pueblo Galla de Etiopía, plantaba aloe alrededor de las tumbas en la creencia de que si las plantas florecían, el difunto había entrado en el paraíso.

En sanscrito recibía el nombre de “niña” por creer que daba a las mujeres energía de la juventud y era considerada planta del equilibrio.

Rudolf Steiner lo considera planta de elemento acuático mientras se libra una tensión entre el Sol y la Luna, y entre lo etéreo y lo astral.

En Lanzarote existe la leyenda de que unos jóvenes, llamados Aloe y Vera, se estaban casando cuando por una erupción volcánica cayó una roca sobre ella, matándola. De su sangre brotó una nueva planta: el aloe, y el novio lamentándose con una horca quedó como símbolo del parque de Timanfaya.

 

José Pérez Dávila.

 

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