Amparito, el perfil del Palomar

De frente y de perfil | Eduardo J. Pastor

«Amparito, el perfil del Palomar»
Eduardo J. Pastor | De frente y de perfil

 
Desde niño conozco su cara y su voz. Sus cosas. La conozco yo y la conoce todo el mundo. Ayer la vi pasear por las calles tranquilas del pueblo. Con su mirada noble y una sonrisa en los labios. Así es Amparo López Ojeda. Así lo fue y así lo sigue siendo.

Porque su mirada y su sonrisa son el espejo de su alma, del alma de pueblo antiguo. Del alma del pueblo del campo. Y con ellas —con su mirada noble y su sonrisa ancha— ha regado las arenas del Palomar y ha fregado el mostrador del puesto de la Plaza. Con ellas por bandera ha sembrado de saetas los balcones de Paradas para rezarle a las Vírgenes que lloran bajo un techo de palio en primavera. Con ellas por bandera ha repartido honradez a fuerza de trabajo duro y callado a lo largo de todos los días de su vida.

Amparito es el perfil de El Palomar, el oasis del pueblo que sirve de contrapunto, con su arboleda y su sombra, al terrón seco de la campiña. El perfil de Amparito es viña y es pino. Su perfil es rumor de eucalipto y también el viento solano. Las arrugas que surcan su perfil son los regajos de las fuentes del Caíque y sus chumberas, de la de las Palomas y el Duque y sus verdes imposibles. Perfil de huerta con tomates, pimientos y alcauciles. Perfil de higuera junto a la alberca, de perrenge con pátina de verdina fresca. Amparito es arenas y frescor de sombrajo. Ella sola es el perfil del Palomar.

 

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Y cuando abre la boca, la nobleza que le asoma a los ojos se convierte en cante grande. Un cante de compás de campo. Sin más escuelas que el zumbido del viento y el canto de una cigarra. El compás de su cante es como el agua, como la lluvia, para el campo: ni mucha ni poca, la justa. Compás justo de yunta y verdeo. Compás de fandango clásico y saeta natural y ceñida al alma. Cantar hablando, transmitiendo.

Desde niño conozco su cara y su voz. Sus cosas. Ayer la vi pasear por las calles tranquilas del pueblo. Con su mirada noble y una sonrisa en los labios. Me alegró la mañana, lo que quedaba de día. Acaso sea por el recuerdo de mi sangre pasando antes del alba por el camino carretero. Seguro que es por las cosas del pueblo de campo que todos llevamos dentro.

Eduardo J. Pastor.

 

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