Contar la memoria. «Las raberas», un texto para teatro de Juan J. Ulecia

Reseña crítica de Antonio M. Morales

Las-Raberas Juan Ulecia aceituneras

 

Con Las raberas. Historias de las aceituneras, Juan Ulecia hace un sentido homenaje a las mujeres que se dejaron la vida en la recogida y en las fábricas de aceitunas. Desde el ordeño hasta el etiquetado, las mujeres de esta obra se nos muestran como deblas profanas que caminan entre las claritas del chivé y la salmuera, entre la soleá rajada y el pasodoble pinturero, entre el arrobo caliente de los churumbeles y la hostia fría del patrón, que les avinagra el rubor de su juventud en las fábricas de clausura.

 
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La obra nos presenta a unos personajes que nacen de las entrevistas que el autor realizó a un grupo de mujeres vinculadas al mundo del olivo. En ese sentido, se relaciona con el teatro- documento. Pero no todo es documento en ella. Podríamos situar la obra en un territorio de intersección entre lo político y lo poético, entre lo documentado y lo evocado, entre el teatro de los testigos y el teatro de la memoria.

 

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Los tres actos están bien delimitados por la tarea predominante en cada uno de ellos. En el primero, a campo abierto, los jornaleros y jornaleras parten temprano hacia el tajo para ordeñar el árbol de Atenea, y la observación del trasiego se une a un discurso anarco-ecologista que da fe de la dureza del trabajo y denuncia la desigualdad de derechos laborales entre los hombres y las mujeres del campo.

Llegados al segundo acto, la imagen poética de una fila de muchachas portando unos latones de carbón para calentarse las manos mientras caminan hacia su puesto de trabajo da paso a un espacio interior, la fábrica, una caverna hostil regentada por un patrón que advierte a las muchachas de que allí se pide permiso incluso para ir a mear. En la fábrica, el hombre asume el mandato y lo ejerce con despotismo, y las raberas —que a lo largo de la obra se van haciendo viejas— recuerdan desde el ejercicio de una memoria de vida pegada a las cuatro paredes del recinto sus primeras reglas, sus primeros hijos y las fatiguitas de sus jubilaciones (ya en el acto tercero), cuando se dan cuenta de que los empresarios no les han dado de alta todo el tiempo que ellas creían haber cotizado. La historia, como comprenderán, no puede ser más actual.

 
Las raberas aceituneras relleno
 

Las raberas es una obra con personaje colectivo donde late la contemporaneidad de lo andaluz, tanto en el lenguaje (maravilloso despliegue del léxico de nuestras hablas) como en el planteamiento estético, que incluye flamenco y carnaval.

El acercamiento a la historia de las raberas (quienes comenzaron a trabajar siendo chiquillas dedicadas a recoger con un cubo y una paletita las aceitunas caídas al suelo) nos pone al tanto de una realidad que no por cercana es más conocida, y a uno le da la impresión de que la desprotección que han vivido las mujeres que han dedicado su vida a la aceituna es una herida abierta aún en nuestros días; muchas de ellas reconocerán el testimonio como propio, y esa labor del autor (que pone nombre a un despropósito casi centenario: el de la impunidad de los empresarios y el de la desprotección de las mujeres) debería pasar más pronto que tarde de la página a la escena.

 
Las raberas fábrica
 

Mención aparte merecen las fotos que se intercalan entre las páginas del libro, donde algunas miradas refrendan los parlamentos del texto y confirman su génesis documental, su vocación de testimonio, su verdad con mayúsculas.

Sin lugar a dudas, con esta obra Juan Ulecia no solo ha querido contar la memoria, sino también apelar a la necesidad de un cambio, pues como dice Eugenio Barba, «en la edad de la memoria electrónica, del film y de la reproducibilidad, el espectáculo teatral apela a la memoria viva del espectador, que no es museo, sino metamorfosis».

No se la pierdan.
 
Antonio M. Morales.
 

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