«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

De aquella Feria

Cavilaciones en mi azotea


 
Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo bien gracias a dios.

Hoy no se a santo de que, pues pasó hace tiempo y queda aun más para que llegue, ha venido a mi memoria “LA FERIA”, pero lo que si tengo claro es que cuando esa palabra sinónimo de diversión y alegría se refleja en mi mente, no visualizo la feria de este año, ni del anterior , ni del otro, me quedo con una feria que, aunque no puedo fijar su fecha, sí puedo recordar sus olores, colores y diversiones. Yo me quedo con esa feria con plaza de toros portátiles donde los domingos se daba una charlotá anunciada a bombo y platillo “El bombero torero y sus enanitos toreros”. Esa feria donde el viernes mi madre me dejaba con mi abuela pues se iba con mi padre al teatro de Manolita Chen. Esa feria donde olía a sardinas por doquier. Esa feria donde la comida venía en una chivata y ¡qué chivata!, filetitos empanados, jamón del blanco, chorizito y si el año era bueno hasta gambas, eso sí la bebida se pedía en la caseta. Por supuesto recuerdo esos cacharritos de antes, el guaitoma, el carrusel, la noria, el látigo y cómo no los coches-locos para mi lo mejor de la fiesta, pues con esa música a todo tronar, esas luces chillonas y estridentes y el sempiterno celador montado en una de las gomas de los susodichos coches (que no se sabía qué tenía más mierda si el celador o la goma) recreaban en mi imaginar las carreras más disparatadas y como si de un fitipaldi pueblerino se tratara me deslizaba yo y mi imaginación por esas carreteras de chapa cuadrada que componía su singular espacio. En esta feria de mis recuerdos no podría faltar las casetas de tiro en las que nadie fallaba (es que las escopetas tenían el cañón “daleao”). Otra de las cosas que recuerdo (esta con el paladar) es la casetilla de los Maños, pues como era vino dulce y ya se sabe que es bueno para las ganas de comer (aunque poca falta a mi me hacían) mi padre me inició en el noble placer de los caldos de uva. Y qué decirte de aquellas casetas, de sus eventos y actuaciones. El miércoles: el potaje, el jueves: la gente del pueblo en la caseta del PCE, el viernes: Paco Gandia con el chiste de los garbanzos en la peña bética, el sábado: La Fernanda, la Bernarda, Perrate y Turronero en la tertulia flamenca y el domingo: final de concurso de sevillanas en la caseta municipal. Ya que mi recuerdos no paran, te haré recordar a ti de esos personajes que solo se veían de feria en feria, como el hombre que rifaba una cajita de gambas utilizando el simple sistema de un corte a una baraja, el vendedor de regalos de cerámica que con su cancioncilla de “Para todos los que quieran practicar el noble arte del regalo” hacía que tuvieras en casa todo tipos de pastorcillas, pescadores, borriquillos, etc., por supuesto los puestos de turrón, los calenteros de Dos hermanas y, cómo no, algún que otro trilero que se dejaba caer por allí.
No queriéndome extender terminaré diciéndote que me gustaba, quizás más que ningún otro, el día en que la feria tocaba a su fin, pues era costumbre en casa de comprarme un rifle o dos pistolas de misto traquío que hasta JON VAINE suspiraría por ellas.

Atentamente;

El niño Gilena
Publicado en historiasdemoron.blogspot.com.es el 10 de diciembre de 2009.
 


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