«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

«Dos», de Teatro del Velador

Una butaca en Oriente | Antonio M. Morales

Tuve la suerte de colarme en el Teatro Oriente unas horas antes de la función, en esos momentos en que se intuye sobre la escena el aleteo del misterio: polvo, sombra y luz sobre las tablas. Y allí estaba el Chino con su elenco dando los últimos retoques a un espectáculo que pone todo el cuidado del mundo en parecernos evanescente, nacido en el mismo instante de la representación, performativo en esencia y raíz.

Y ese efecto se consigue en Dos con una dirección meticulosa que al mismo tiempo permite el lucimiento actoral: el elenco brilla con una frescura naturalista amparada en el quebranto de la cuarta pared. El recurso facilita que asistamos a la conversación entre una pareja y su terapeuta sintiéndonos parte actante del conflicto, interpelados desde unas situaciones que hablan de los bajos fondos de las relaciones, de la imposibilidad  de ser dos en uno, de la crisis de lo eterno quizás.

Teatro del Velador. Elenco: Belén Lario, José Luis Fernández Escudero, Juan Carlos Fernández. Dirección: Juan Dolores Caballero. Lugar: Teatro Oriente.

Hay algunas referencias explícitas en el texto que nos acercan a otras dramaturgias que sin lugar a dudas han marcado en este espectáculo la dirección de Juan Dolores. No se nos puede escapar que de los tres personajes, el único que tiene nombre es Nora (clara alusión a Casa de muñecas, de Ibsen). También es visible el influjo americano: las relaciones tormentosas, las luchas de poder entre dos personas con altas dosis de tensión sexual, cuando no de abuso y de sometimiento, me trajeron a la mente a la Oleanna de Mamet.

Puede que las reminiscencias de ese autor provengan de esa sensación que se nos queda a todos en el cuerpo de no saber qué parte del discurso de los personajes es verdad y qué parte es mentira, y que en esa aventura del descubrimiento resida lo mejor de este espectáculo: hacernos preguntas a nosotros mismos justifica con creces la ruptura de la cuarta pared, tan incómoda en ocasiones, y propicia la anagnórisis del personaje principal, que en esta función no me cabe la menor duda de que es el público, que ha sido llevado de la mano al teatro para asistir a terapia aunque él no lo sepa.

Dos es un título par para una historia impar, donde sale a la luz lo imperfecto, sorprendiéndonos que la búsqueda de lo grotesco a la que nos tiene acostumbrados el Teatro del Velador se sustente más en el mundo interior de los protagonistas que en la propuesta estética, que nos recuerda un plano secuencia —el aire cinematográfico nos lleva de nuevo a la dramaturgia americana— donde el humo de Nora hace que sintamos cerca los fantasmas que habitan en cada uno de nosotros.

Antonio M. Morales.

 

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