«El bosque de Grimm», de La Maquiné

Una butaca en Oriente | Antonio M. Morales

La Maquiné. «El bosque de Grimm»
Jueves 2 / Marchena

El pasado miércoles 1 de noviembre, la compañía La Maquiné subió a las tablas del Oriente su espectáculo familiar El Bosque de Grimm. Con ella, entre otros reconocimientos, la compañía obtuvo el premio Max 2014 al mejor espectáculo infantil.

Un teatro repleto de niños ya es en sí un espectáculo magnífico. En el ambigú, adornado con escenas que ilustraban los cuentos de toda la vida, una chiquilla mostraba a sus padres (que no daban crédito al prodigio) el dibujo que había realizado en clase festejando la visita al teatro. No debe caer en el olvido la estupenda labor de colaboración entre los maestros y los gestores culturales de la extinta Fundación Fernando Villalón.

 

El bosque

 

Nada más comenzar la función, unos efectos visuales portentosos nos pusieron un hada, con su rémora de Luz (con mayúsculas, qué maravilla de iluminación), en el mismo  centro de la escena, provocando la magia del silencio en un auditorio hechizado por el misterio de unos efectos inefables. «¿Cómo es posible?».«¿Cómo lo hacen?». Las preguntas en runrún se extendían por el patio de butacas ante cada milagro presenciado en la tarima: el asombro también es un espectáculo en sí mismo, y poder observarlo en los ojos de los niños lo multiplica hasta el infinito.

Y ese asombro del que hablamos se creaba desde las imágenes imposibles: una mariposa que se desvanece en el aire convertida en pétalos, un Pulgarcito pugnaz que le disputa un mendrugo de pan a una gaviota, el pie de un gigante que cae sin contemplaciones sobre un enanito rezagado, una gran cabeza azul con arrogantes  ínfulas de príncipe o  la capa de Caperucita utilizada como pantalla donde el lobo aparece como por arte de birbibirloque, precipitando la trama en un bosque sembrado de amapolas rojas, dibujando una escena donde las artes plásticas, la música, la expresión corporal y el títere se integran en la búsqueda de un espectáculo global.

En ese espectáculo global,  subraya siempre la acción la música de Maurice Ravel, quien compuso Mamá Oca (obra para piano que incluye piezas inspiradas en algunos de los cuentos de Perrault que dan lugar a este montaje);  sin lugar a dudas un piano en directo hubiese engrandecido la función.

 

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A modo de revisión, como decimos, de los cuentos recopilados por Perrault y los hermanos Grimm (Pulgarcito, Blancanieves, Caperucita Roja y La Bella Durmiente), El bosque de Grimm es una invitación (con formato de álbum escénico) a la aventura de leer; una loa a esa imaginación liberadora que ningún lobo puede fagocitar del todo: el acto de leer quizás nos salve de sus fauces.

Hacia el nudo de la obra, el lobo, antagonista total, logra engullir a cuantos personajes encuentra en su camino.  Nadie se salva en su cruzada contra los habitantes del bosque. Cuando consigue incluso devorar a Caperucita, el auditorio no da crédito: y es que nadie se acostumbra nunca a que mueran del todo los protagonistas de los cuentos.

Quizás por eso unas tijeras oportunísimas (Deus ex machina) se hacen gigantes en manos de Caperucita, solucionando el entuerto y consiguiendo liberar  a todos los personajes cuando el lobo aún no había comenzado a hacer la digestión.

 

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El final se precipita en una obra que todos hemos disfrutado mucho. Uno tiene la impresión de que el público infantil, tan exigente la mayoría de las veces, se queda con ganas de más. Pero hay que tener en cuenta que el trabajo físico de las actrices, tanto en el manejo de los títeres como en el de sus propios cuerpos, debe de ser agotador.

Así que nos vamos a casa con la sensación de que no faltaremos a la próxima cita con La Maquiné; y con ganas de que se produzca pronto.

 

Antonio M. Morales.

Fotografías de La Maquiné.

 

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