El día que dejé de ser Raúl Cortés

Memorias del destierro

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Hasta hace unas semanas yo era Raúl Cortés, ahora solo soy un ilegal, simplemente.

La simpática policía brasileña le denegó la ampliación del visado a un simpático español como yo, por culpa del todavía más simpático gobierno del país de España. Un gobierno que no reconozco como mío, un país que hace tiempo ya no es mi país…

Que yo no tengo más banderas que las hojas del otoño y ese es un tesoro que se lleva el viento; que yo no tengo más patria que aquellos charcos, grandes como un continente, que empapaban mis diminutos pies de chiquillo; más hogar que los atardeceres lentos, que las risas de los amigos, que el temblor primero en aquellos labios inocentes que hicieron el mundo de nuevo…

Yo intenté explicárselo a los uniformes, escrupulosamente planchados sobre los rígidos cuerpos. Intenté explicarles que no, que, aunque los papeles dijesen lo contrario, mi patria no era España…

Que yo no tengo patria más sentida que el dolor de mis desengaños, solamente…

Los jóvenes anhelos diluidos,

solamente…

Las heridas que dejaron una raya negra en los ojos,

solamente…

Cicatrices que lavo en el mar, que hoy lavo como a un dios antiguo en el mar de mi memoria, mientras susurro canciones en una lengua que no es mi lengua…
 

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Hace unas semanas me arrebataron el nombre, la voz, el lugar… Desde entonces despertar, sonreír, respirar es una actividad criminal. Y como el tiempo ya no es un derecho, los segundos, los minutos y las horas tienen un precio: ocho reales por día es la pena de este contrabando que es mi vivir… ¿Pero quién es el amo del aire que silba en mis pulmones? ¿A quién se lo he robado? Un ser humano puede ser alto o rubio, médico o jornalero, despreciable, divorciado o cojo… ¿pero ilegal? ¿Cómo puede ser que los dineros y las mercancías se muevan con la libertad que yo no tengo?

 

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Hice un último intento y, en ese recién nacido portugués que me llena la boca de flores exóticas y aromáticos tropiezos, balbucí tras el mostrador: “Senhor, desculpe, as fronteiras são a errada caligrafia com que os homens escrevem sobre a terra; senão acredita em mim, pode perguntar aos pássaros e a chuva”… Pero yo hablaba de veranos y de panderos en el cielo, y ellos tan solo entendían barcos de guerra…

Lo intenté, por todos los medios. Intenté explicar todo simpáticamente a la simpática policía brasileña, pero toda simpatía fue inútil. Las leyes de aquí y las de allí tienen algo en común: las hicieron unos señores que creen que la tierra tiene dueño. Recuérdelo, caro lector, recuérdelo cuando los registradores de la propiedad, envueltos en la bandera nacional, lo quieran asustar con el hombre del saco. Cuestión de simpatía, así de fácil es “perder” los papeles, pasar la línea, estar del otro lado: un sirio en Hungría, un argelino en Francia, un mexicano en los Estados Unidos, un marroquí en España… Recuerde que, mañana, puede ser su hermano, su hija o su amigo; piense que, ya hoy, es este que le escribe: su leal convecino.

Hasta hace unas semanas yo era Raúl Cortés, hoy soy un ilegal simplemente, esto es, ni siquiera soy. Mas, a pesar de todas las aduanas, sueño; y como nadie le debe la dignidad a nadie, camino…

 

 

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