«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

El juglar y el rapero

Los micromonólogos de la boquita prestada | Antonio M. Morales

Juglar soy: un cualquiera, un tirado, un sembrador de tempestades para algunos; para otros tan solo soy un necio espantanublados. No conocí la Corte, pues escribir tan solo supe la o con un canuto en el lodazal de mi mezquina existencia. Canté al pueblo para distraerlo, y cuando morí, quise dejar mi epitafio bien refulgente contra el tiempo. Este es mi epitafio, el epitafio de Vitalis: «Imitaba yo el rostro, los gestos y el habla de mis interlocutores, de modo que se creyera que eran muchos los que se expresaban por una sola boca… En esto andaba cuando el fúnebre día se llevó conmigo a todos los personajes que vivían en mi cuerpo».

Entreteniendo al vulgo hallábame sin cuidado cuando mi cuerpo se encontró de bruces con la silenciosa Parca, que me reclamaba dando por entendido que yo ya me lo había comido y bebido todo, y llevando razón más que nos pese a Satanás y a mí.

Reí, folgué, canté, y destrocé el silencio con gárgaras de vino cuando los grajos contaminaban el aire de funestos presagios. Llegado el carnaval me destrocé las manos sacándole el compás con los nudillos a las piedras del suelo, y luego, en la azarosa tarde del crepúsculo, aprendí a distinguir las raíces profanas que iluminaban el rostro del auditorio embelesado, con hambre de pan pero también con hambre de coplas.

 

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Y sin embargo ahora que llegan los fermosos mesteres de cuaresma, esos que decía Gonzalo de Berceo que eran fermosos precisamente por no ser de juglaría, ahora que han muerto los juglares de las carnestolendas y el pueblo se distrae con las futuras reinas entregadas a la pública degustación de la sopa caliente, ahora que muchos bardos de la Corte publicitan los toisones de oro, prefiero la distancia y la ignominia. Que mi nombre produzca repulsión y se olviden de mí los cortesanos, porque yo, que ni siquiera aprendí a leer, le seguiré cantando desde el lugar de mi destierro al destino torcido de la salamanquesa en el cristal, y beberé con delectación —si no el vino de ayer, tal vez el vinagre de mañana— para brindar por la suerte triste de las buganvillas en otoño.

Que mi verso se ensucie de pueblo mientras los palacios celebran la muerte del juglar. Que la princesa siga tomando su sopa caliente mientras en la calle, desfallecidos, los plebeyos desahuciados buscan el calor al abrigo de los cajeros automáticos donde todavía no saben algunos que duele más la soledad que la gasolina. Y si algún muchacho piensa y canta que la sopa, por robada, debe ser compartida, que lo encarcelen o que lo cuelguen, vaya a ser que con su rap los juglares modernos desluzcan el fulgor de la Corona. Y aunque después del público escarnio nada suceda y el silencio devenga en ley, habéis de saber que si como decía Vicente Aleixandre «para morir basta un ruidillo / el de otro corazón al callarse», entonces vosotros estáis muertos.

Sordos y muertos quizás tanto como yo.

Antonio M. Morales.
 

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