«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

El llanto de Pleberio

Los micromonólogos de la boquita prestada | Antonio M. Morales

Pleberio soy, padre de Melibea, y la historia me trajo a mi destino un río de lágrimas, congojas y vanas esperanzas. Vivir sobre mi hija, muerta ella, me disparó las ganas de volar, ya que el orden pervertido de los acontecimientos hizo que yo mismo me arrancara los blancos cabellos. Pero ahora comienza un año nuevo. Y desde el balcón que la posteridad me ha cedido, para mi sorpresa, oigo un rap desatado donde antes vibraban las cuerdas del laúd, y comprendo que los viejos tenemos todavía el deber de soñar más allá de las obras de nuestros hijos, y por más que nos duelan sus ausencias.

Cuando me faltó mi hija, mi queridísima siempre Melibea, el horizonte tornóse negro como pluma de urraca. Y el vacío me silbó en la esquina del aire para que yo me arrojara de bruces. Y ahora que sé que la variable Fortuna os mostrará mi vuelo como ejemplo, os pido que no lo toméis, porque los días que han de venir nos brindarán falacias, pero también desalojarán el vinagre que anida en el pétalo de Eros para convertirlo en una rosa abierta al porvenir, ya sin remedio.
 
Casa-Paca en Morón

Holgad sin medida, por más que la feria no os muestre su prosperidad en los principios del cuento, porque todo año nuevo ha de arribar con las ganas de holgar intactas, como un primer rubor en el rostro de las doncellas, como un calambre en el centro, como un deseo sin cuitas ni dobleces.

Así que hoy, mirando el futuro como una posibilidad, cuando ya había dado por finiquitado el sentido de mis días, el vuelo de una estrella me ha hecho pedir un deseo para el año que se nos viene encima: ojalá a alguien se le ocurra pensar que la muerte no tiene el derecho absoluto de provocar efectos en cadena. Y si morí en el libro de Fernando de Rojas que hizo famoso el llanto de Pleberio, alguien hoy diga en mi nombre que la muerte jamás fue (jamás será) necesaria. Ni en el nombre de Melibea ni en el nombre de Dios, más que nos pese.

Folgad, hijos míos, y si es posible hacedlo respetando la etimología de la palabra. Porque el verbo folgare no necesita que nadie nos pille confesados.

Antonio M. Morales.

Ilustración procedente del Museo Smithsoniano.
 

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