«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Nos vamos de zaranda

El pan óptico / Antonio M. Morales

Una zaranda es un instrumento que se utiliza para cernir o cribar, un cedazo que separa lo fino de lo grueso, lo sustancial de lo insustancial, lo aprehensible de lo inefable. La Zaranda (Teatro inestable de ninguna parte) consigue con El desguace de las musas llevarnos a ese lugar donde residen las cicatrices sin marca que nos dejó Ahora todo es noche, y con un cernido ancestral provoca que se queden en nuestra memoria tan solo las imágenes que la sociedad relega al olvido: el polvo en la luz del cenital o la sonrisa envuelta en lentejuelas de una musa melleta.

Partiendo de una escena trivial con una fregona como estandarte asistimos a la hecatombe de un local donde las musas se recuestan sobre los costales que apuntalan las ocres paredes de un cabaret de provincias. Las ratas se reparten un botín herrumbroso —metáfora del porvenir de una cultura cada vez más manoseada— y el autor se convierte en marioneta dibujando su sombra en las cortinas del Teatro Central de Sevilla una metáfora pavorosa y certera.

El discurso metateatral de Calonge es el de un asceta que jamás contemplará de frente la Belleza, porque prefiere detenerse en los recovecos encontrando un puerto en cada estertor, en cada agonía, en cada intuición, advirtiendo en las migajas del camino el rostro del absoluto, sin tener que dar fe de su existencia como los místicos, sino ascendiendo entre la mugre secular de las bambalinas y sacándonos a nosotros, grises mortales, de nuestro torpe ensimismamiento.

 

 

Todavía noqueado por la imagen antiheroica de las vedettes calongianas, con el coro de vicetiples y los caricatos magníficos a los que dieron vida Gabino Diego, Inma Barrionuevo, Mª Ángeles Pérez, Gaspar Campuzano, Enrique Bustos y Francisco Sánchez, me sumerjo al día siguiente en otro montaje con un cariz distinto, donde una heroína con mayúsculas dejó sin palabras al público que abarrotaba la Sala B del Central: les hablo de Iphi, la protagonista de Iphigenia en Vallecas, encarnada por María Hervás, que también se ha encargado de la adaptación del texto original de Gary Owen, Iphigenia in Splott. Lo que hace María Hervás en esta función, dirigida por Antonio C. Guijosa, no tiene nombre. He visto mucho teatro en los últimos años (incluso llegué a trabajar con María en una lectura dramatizada de una de mis obras, La rapsodia de Iphigenia, dirigida por Pilar Massa en la Sala Berlanga de Madrid), pero puedo decir sin temor a equivocarme que ningún trabajo se ha quedado tan grabado a fuego en mi retina como éste, un verdadero monumento al arte de la interpretación por el cual la actriz ha recibido ya el Premio Ercilla de Teatro y ha sido nominada al Max, que no me cabe la menor duda de que será suyo; no me duelen las prendas al decir que ningún premio tendrá la talla de su entrega al personaje, de su verdad, de su compromiso en la piel de Iphi, la joven de Vallecas, «la pedazo de guarra», «la quinqui de mierda» con cuyo sacrificio nos salvaremos todos. No temo a equivocarme si digo que estamos hablando de una de las actrices que se van a erigir como relevo generacional de las grandes intérpretes de nuestra escena.

 

 

Dejo para el final La zanja de Teatro Titzina, escrita, dirigida e interpretada por Diego Lorca y Pako Merino. El texto rememora un accidente: un camión que transportaba mercurio vertió su carga en un municipio de Choropampa, y la multinacional propietaria del líquido elemento ofreció una recompensa a quienes lo recogieran, sin advertirles de las consecuencias nefastas que aquel acto tendría para su salud.

 

 

Teatro documental jaspeado de escenas con cierto tono simbólico —propiciado por la austera escenografía— en un espectáculo que aborda las claves de la colonización histórica logrando que los antiguos invasores se miren en el espejo del presente y encuentren en él el rostro de los ingenieros contemporáneos. La destrucción del medio ambiente es un tema central en esta obra, y verla en el Teatro Oriente de Morón le dio una dimensión perturbadora, porque entre el silencio que poblaba el patio de butacas planeaba sin duda en el imaginario de muchos espectadores la silueta saqueada de la Sierra de Esparteros.

ANTONIO M. MORALES.

 

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