El Saucejo

Viaje a los pueblos del entorno de la Vía Verde de la Sierra

El Saucejo en Agenda Atalaya

 

Hasta El Saucejo el viaje es relativamente tranquilo, y aunque el paisaje sigue alardeando de su grandeza, ya el sendero se hace más seguro y más cómodo. En El Saucejo, como en Algámitas, los restos hallados se remontan al Paleolítico. Cuando Roma dominaba el mundo, se emplazó aquí la ciudad de Irni, y de Irni, de un paraje llamado el Molino Postero, procede la copia más completa de la Ley Flavia Municipal, tallada en bronce, y que de estar expuesta en cualquier fallada ocuparía una extensión de nueve metros por sesenta centímetros. Esta ley Flavia hallada en El Saucejo, actualizaba la anterior de Augusto, la Lex Iulia Municipalis. Es también internacionalmente conocido El Saucejo por el hallazgo de otro escrito, igualmente en bronce: el senadoconsulto de Cneo Pisón padre.

El Saucejo, llamado así por los bosques de sauces que en la antigüedad crecían en sus campos, estuvo enclavado justo en la frontera con el Reino de Granada, lo que se llamó Banda Morisca, y no es de extrañar que por estos parajes circulen leyendas de bandoleros románticos, de sangrientos encuentros entre moros y cristianos, de fortalezas imaginarias nunca encontradas, porque el escenario, lleno de grutas y escondrijos, riscos inexpugnables y cañadas sombrías, se presta como él solo a la trama. Si el viajero recorre a caballo o en bicicleta alguna de las rutas que al efecto se han trazado en los alrededores de la villa, andará por ellas con el ánimo inquieto, como si el pasado se impusiera al presente, como si anduviera por territorio de fantasmas más que de vivos, aguardando siempre el alto de un bandolero en un repecho, el galope de una avanzadilla mora de almogavareo por los caminos de la frontera. La vista, el silencio, la paz de los campos, espolean sin compasión la fantasía del viajero.

 

El Saucejo en Agenda Atalaya
El Saucejo. Fotografía de Turismo El Saucejo.

 

De El Saucejo fue Pedro el Temerario, lo cuenta Florencio Luis Parreño en una novela del XIX que aún en 1942 se publicaba y vendía con notable éxito. De esta fecha data la vigésima edición. Pocos escritores tienen el privilegio de ver convertido en leyenda a uno de los personajes nacidos de su imaginación, si es que en verdad nació de ella, pues también pudo ser que Parreño hubiera transmitido una antiquísima leyenda oral y, contándola al estilo del XIX, desconsiderando el rigor de los componentes históricos, erosionando y agigantando la historia como es típico en el género infraliterario, la hubiera transmitido por escrito, anovelada, con la intención de perpetuarla. Si fue lo uno o lo otro, nunca lo sabremos; lo cierto es que en medio de estos parajes, asido a la mano de la imaginación, envuelto en la luz de estos caminos que desgranan la Historia con paciencia y misterio, el viajero admitirá con facilidad lo segundo.

 

Pedro El Temerario libro

 

Cuentan que Pedro el Temerario tenía un castillo en el cerro que llaman de Pedro Benítez, donde ciertamente hay restos de un asentamiento de la Edad del Bronce. Hechizado por los amores de una seductora hurí a quien había entregado su alma, abrasado por los ardores de un idealismo quijotesco, dueño de un valor ciego, de una maestría sin par en el manejo de las armas y de una suerte sin parangón, el Temerario fue el terror de los moros de la frontera. Él solo tendía emboscadas, libraba escaramuzas que eran casi batallas y prácticamente mantenía a raya a los nazaríes de Granada. Desde el cerro de Pedro Benítez, en cuyas cercanías cuentan los más viejos del lugar que había cuevas y grietas tan hondas y altas que entraba un hombre a caballo, antiguo refugio de bandoleros, el Temerario oteaba el horizonte y era una especie de atalaya humana, siempre al acecho de los traidores movimientos del enemigo. Tiene visos de leyenda la historia del Temerario, sin duda, y de hecho lo es en el pueblo de El Saucejo. Si la leyenda surgió después de la novela o la novela después de la leyenda, ya no lo sabemos.

Pasear por las calles de El Saucejo no cansará al viajero. Acompaña a la vista el equilibrio de las casas y de las calles y el recogimiento de las plazas, algunas muy pequeñas, sombreadas, con asientos donde reposar, y sin duda el saucejeño se volcará llamativamente con el viajero. En este pueblo los habitantes son amables y hospitalarios hasta el extremo, y basta con esbozar una pregunta, con insinuar el desconocimiento de un camino, para que alguien se preste voluntariamente de guía. Esa fragancia inconfundible de la Andalucía sencilla y generosa la percibirá el viajero en El Saucejo, y la llevará impregnada en su piel mientras pasee por las calles y contemple las plazas.

 

Libro disponible en la Bibiblioteca Municipal de El Saucejo "Escultor Juan Sanchez"
Libro disponible en la Biblioteca Municipal “Escultor Juan Sanchez” de El Saucejo.

 

La biblioteca se encuentra en una avenida ancha, en un edificio humilde y funcional donde los libros y las palabras comparten la comodidad y el sosiego con el visitante. Juan Román, el bibliotecario, que ha escrito con romántico rigor sobre Navarredonda y Mezquitilla, lleva tiempo también estudiando los pormenores de Pedro el Temerario y la desbordante fantasía de Parreño. Habituado a la firmeza y a la disciplina del estudio histórico, que sobradamente demuestra en sus dos libros, no tiene dudas al respecto.

—No, —asegura convencido mientras briega con el ordenador y la fotocopiadora, dispuesto a facilitar la información de que dispone—, primero fue la novela y luego la leyenda. Por desgracia no vive Parreño para contarnos de dónde la sacó, y desconocemos el vínculo que lo unía a El Saucejo. Lo que ocurre es que de su novela quedan muy pocos ejemplares. En El Saucejo sólo hay dos que están en manos de particulares. Al ser una obra antigua y poco leída en el pueblo, el contenido se ha ido difundiendo de boca en boca a lo largo de los años, y eso ha dado cuerpo de leyenda a lo que no es más que una obra literaria del XIX.

—Parreño aporta datos incuestionables —le digo—, enclaves geográficos, descripciones paisajísticas…

—Sí, —contesta con una mueca de escepticismo en los labios—, pero es poco riguroso con la Historia. Seguramente todo salió de su imaginación. Pura ficción en el marco de ese género subliterario que algunos autores abordaron con éxito en el XIX.

 

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Manantial en Morón Tataki de lomo Restaurante Villalón

 

Juan Román habla de El Saucejo con la ilusión contagiosa con que hablan los que conocen la Historia, las raíces y la realidad cultural y social del lugar donde viven. Al abandonar la biblioteca, el viajero llevará bajo el brazo una carga considerable de documentación en torno al pueblo. Cualquier plaza es buen lugar para ojearla a la sombra de los árboles, mientras reposa la imaginación y la vida del pueblo sigue su placentero discurrir a la sombra de la sierra. Parece mentira que un pueblo tan pequeño tenga tantas cosas que ver y que contar.

Aquí está la Iglesia de San Marcos, que data del s. XVIII, en una plaza limpia y despejada, acompañada de árboles, humilde, pintada de blanco y albero. De tres naves, con un recio campanario de piedra a su derecha, guarda en su interior un retablo barroco que es digno de ver. Aquí se venera a la Dolorosa, a un crucificado también del XVIII y a Jesús Nazareno. Para este templo trabajaron artistas contemporáneos de la talla de Illanes, Castillo Lastrucci y Cristóbal Ramos. En la aldea de Navarredonda está la ermita de San José, del mismo siglo que la anterior, restaurada por el saucejense Antonio Gracia, quien ha puesto la guinda de su trabajo introduciendo una novedosa imaginería que asombrará al visitante. También en la aldea de Mezquitilla hay una ermita preciosa y pequeña de obligatoria visita para el viajero que disfrute con la sencillez de las formas y el recogimiento de los templos. En sus inmediaciones se han hallado tantos restos de origen árabe que probablemente la ermita fuera en el pasado una pequeña mezquita. En su interior se Venera a la Virgen de los Dolores.

 

Iglesia San Marcos en El Saucejo
Iglesia de San Marcos. Fotografía: Ayuntamiento de El Saucejo.

 

En la aldea de Mezquitilla el viajero debe detenerse en el Cerro de la Cruz, donde podrá respirar bocanadas de aire puro, admirar el paisaje desde las alturas, embriagarse con el aroma del tomillo y del romero y recoger hierbas curativas para diversas dolencias. En este cerro hay una pequeña cruz que data de los tiempos de la guerra de Cuba, puesta allí por una familia de lugareños en agradecimiento a Dios por devolver a sus hijos vivos de una guerra tan sangrienta. En el mes de mayo los vecinos le llevan flores puntualmente y rezan en el lugar. Pero antes de partir, el caminante debe saciar su sed en la fuente del Moro y pararse a descansar mientras se embriaga de naturaleza con la grandeza de las vistas y el sosiego de los campos, donde crecen lustrosos y sanos los olivos y los espárragos. Detenerse en el camino y probar los higos chumbos que aquí se dan, es conocer o recordar uno de los sabores más ancestrales de la tierra andaluza, un sabor que sacia la sed y el hambre y colma la memoria de remembranzas infantiles.

En el mes de abril, los saucejenses celebran sus fiestas patronales en honor a san Marcos. Ese día lo sacan en procesión y lo llevan hasta la hacienda de San Pedro, del s. XVI, en las afueras de la localidad, donde dicen que vivieron familiares del duque de Osuna. En la ermita de esta hacienda, san Pedro está encadenado por haber robado hortalizas para comer, por eso san Marcos lo visita cada año y por eso la tradición manda que ese día se coman alcachofas. Aquí se regalan a las novias, y cuanto más grande y más lustrosa sea la alcachofa, mayor será el simbolismo fálico del obsequio. Y si el día de san Marcos alguien entra en el huerto del vecino en busca de una buena hortaliza, puede tener la seguridad de que el dueño mirará hacia otro lado.

 

Romería El Saucejo de elsaucejo.es
Romería. Fotografía de Ayuntamiento de El Saucejo.

 

Pero la fiesta más popular de este singular pueblo de la Vía Verde es la del Domingo del Santísimo. Por bula del papa Pío VII, el domingo después del Corpus las patronas de las aldeas acuden en procesión a El Saucejo a encontrarse con Nuestra Señora del Rosario, y todas juntas procesionan por las calles, que los vecinos han alfombrado de flores y adornado con altares. Es digno de ver el colorido de este pueblo y el ambiente de sus calles, con los balcones engalanados y los saucejenses festejando el encuentro de las patronas. Es como si la villa y sus aldeas alardearan anualmente de estar unidas por el vínculo de las tradiciones andaluzas más arraigadas en el pueblo.

También en las aldeas se celebran singulares fiestas patronales que hunden sus raíces en el pasado más lejano de la sierra y que despertarán la curiosidad del viajero. En Navarredonda, en marzo, se celebra La Zumbá, y sobre la mesa donde se preparan los festejos de San José y de Nuestra Señora de la Encarnación, los vecinos arrojan dinero con fuerza siguiendo un rito que se pierde en la memoria; en Mezquitilla, la víspera de la fiesta de la Inmaculada, los vecinos amontonan ramajes formando una torre que llaman El Castillo a la que se prende fuego durante la noche. Tradiciones inmemoriales, cargadas de misterio y alegorías, las de estas aldeas de El Saucejo: el fuego, el oro, el alimento, la fe, la naturaleza, la alegría… El viajero perderá la cuenta de los símbolos y querrá ahondar en su significado, pero sus sentidos se embriagarán de historia, su razón se disipará en la memoria de los tiempos y disfrutará enfebrecido con las costumbres serranas más profundas y misteriosas.

 

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Por si fuera poco, en El Saucejo se celebra también el Día Mundial de la Música y, como todo es arte, hasta los carteles son dignos de ver, elaborados con tanta paciencia y talento que la consonancia de los colores rivaliza con el equilibrio de las notas musicales. Y también se hace aquí el Festival de Cante Grande Antonio Álvarez, porque no podía faltar en la sierra, en las ancestrales lindes de los reinos antiguos, aquí donde batallaba Pedro el Temerario y los bandoleros pasaban a la intemperie las noches del verano, bajo las estrellas, entre los riscos, acunando sueños y consolando derrotas, el arte sabio y arraigado del flamenco. En este festival, será porque las leyendas de la sierra le prestan amparo, el cante suena como más viejo, la piel se eriza de otra forma y las emociones galopan por la sangre a otro ritmo.

En El Saucejo, donde la naturaleza y la tradición se mezclan de una forma singular, las recetas tradicionales tendrán para el viajero un sabor especialmente serrano. La sopa de espárragos y la de tomate son inolvidables, como lo es el pan del pueblo. Elaborando una receta tan simple como las croquetas, lo saucejenses son maestros, y haciendo lomos rellenos con ingredientes de sus huertas y carnes de los animales crecidos en el albedrío de las sierras, son maestros. La mar de buenas están las gachas de leche, los flanes de huevo con café y los guisos de membrillo, que se meten por los ojos y conquistan para siempre los sentidos. También hacen roscos, tortas de pellizco y muchos otros dulces tradicionales que el viajero degustará con fruición.

 

Calle Navarredonda .El Saucejo
Navarredonda. El Saucejo.

 

En el restaurante El Lío hacen porras y carnes a la brasa; en El Puente unos postres caseros para chuparse los dedos; en Los Sauces las carnes ibéricas y la paletilla de cordero, y en el Aragón, donde el alojamiento es cómodo y a buen precio, el solomillo a la pimienta y los pinchos de gambas. Para guisos caseros, el restaurante El Chorrillo. También puede llegarse el viajero a la Peña Bética, al Bar Botones, a La Chivera, a La Fonda, al Ancá Manolo, al Canuto… Cualquier cosa que pruebe estará impregnada del más inconfundible sabor serrano.

El Saucejo bien podría ser el último de los pueblos en la ruta de la Vía Verde de la Sierra, puesto que cerca cae Almargen, el destino final de aquel ferrocarril que quiso partir de Jerez y que nunca llegó a construirse. Aunque también podría ser el primero, según como el viajero aborde la ruta, si hacia la sierra o desde la sierra. En realidad, ninguno de estos once pueblos es el primero ni el último. Todos quedarán para siempre en la memoria del viajero, que tendrá la impresión conjunta de haber recorrido un círculo mágico impregnado de naturaleza y tradición, un círculo de sabiduría ancestral, honda y andaluza; un círculo misterioso y envolvente que nunca podrá desentrañar por completo. Por eso el viajero tendrá siempre la tentación del retorno, y querrá volver a la Vía Verde y rescatar aquello que creyó dejar en sus caminos, que tal vez fue lo mismo que se llevó: la fragancia inolvidable de los misterios, de la historia, de la naturaleza.

 

Fuente: La trastienda de la memoria. Un viaje por los pueblos del entorno de la Vía Verde de la Sierra, de José A. Illanes (Ed. Consorcio Vía Verde, 2008).

 

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