El teatro de Julio Vélez en las Cillas

Julio Vélez Sainz / Instituto del Teatro de Madrid & Universidad Complutense de Madrid

medidas: 985 x 1484tamaño: 4 MB formato: TIFF

 

Los Expedientes de Censura de Teatro pertenecientes a la Dirección general de cinematografía y teatro nos permite reconstruir la actividad teatral de Las Cillas, alrededor de la agrupación teatral Talía (al menos ese es el nombre con el que aparecen los documentos) que estaría conformada en el Centro “Las cillas” por una serie de miembros (Julio Vélez, Paco Guardado, Rogelio Cantero). Estas incluyen los índices censores para las obras: El Amante de Harold Pinter (Caja 73/09574 / Expediente 0343/66), Égloga para tres voces y un toro ante la muerte lenta de un poeta de Rafael Alberti (Caja 73/09692 / Expediente 0001/69), y Las guitarras chillan (Caja 73/09576 / Expediente 0008/67) y El guitarrista del sol de Julio Vélez (Caja 73/10213 / Expediente 0435/77).

Entre los materiales de censura de El amante se aportan unos bocetos escenográficos en forma de cuadros de carácter abstracto expresionista con símbolos de dollar ($) (vid. Lámina 1); la descripción indica que se trata de “teatro del absurdo” y la sinopsis argumental que “juega Pinter con la metamorfosis de amante y esposo, de prostituta y esposa, bajo una visión de pura y exacta economía. Son personajes vistos bajo el triste crisol de la materia”.

La Égloga para tres voces y un toro ante la muerte lenta de un poeta de Rafael Alberti es un buen ejemplo de teatro político surrealista. Su sinopsis argumental indica: “es un poema en el cual Alberti nos da su visión de las interioridades de un hombre (el toro) representante de un pueblo. Las voces, voces de 3 poetas, lo que piensan de este toro-pueblo. Abstracto, terriblemente abstracto, en el que se mezclan en ocasiones el lenguaje pictórico con el poético. Poema narrativo con tendencia al surrealismo”. La temática y la tópica de las obras que presentaban mayor interés para la agrupación teatral Talía partían de las directrices del teatro abstracto, surrealista, y su orientación estaría cercana a la del teatro del absurdo.

Las guitarras chillan se enmarca claramente dentro de esta tendencia teatral: es una obra escrita con rabia, con una clara intencionalidad de denuncia social y que refleja perfectamente la lucha de clases. La trama es anecdótica: un mendigo ciego pide una limosna de “amor” en la calle. El ciego rememora cómo se quedó con los personajes que le rodean en momentos concretos de la obra (un grupo de chicos que salen de los bares del fondo bailando la Conga y cruel), una pareja que sale de un bar y rocía el cadáver del mendigo con Whisky. Según las acotaciones, la escenografía callejera de la obra representa una “calle cualquiera” de un “pueblo cualquiera” (vid. Lámina 2), por lo que se trasciende el conflicto entre el ciego y el conjunto de la sociedad: es un ejemplo más de lucha de clases. Si bien su mendicidad lo hermana con los representantes del proletariado lumpen antirrevolucionario según la definición dada por Carlos Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte (cap. V, par. IV), su ceguedad lo emparenta con la tópica del wise fool o loco que ve más allá, y la sociedad que aparece con rasgos de crueldad, de sinsentido. Vélez utiliza la confrontación clásica entre el personaje dramático (el mendigo ciego pudiera ser un Edipo en colono) y un grupo social dominante que aparece descrito con rasgos bestializadores. La obra, pese a tratarse de un texto de juventud, nos indica, pues, algunos de los rasgos que caracterizará su poética, sobre todo la etapa neomítica del Laocoonte. Por ejemplo, su temática prefigura la del Laocoonte (1978) pues éste se articula alrededor de una figura de resonancias clásicas: Laocoonte, único personaje troyano de la Ilíada que descubre el engaño del famoso caballo diseñado por Ulises. Técnicamente también encontramos el germen de la poética del Laocoonte, en cuanto, por ejemplo, desarrolla el tropo de las repeticiones rítmicas: frente al “¡Amor, amor, den un poco de amor a este pobre ciego!” de Las guitarras chillan, el Laocoonte utilizará “Urraca de bien vivir / cuánto cuesta concebir / hijos de mal morir”. El texto dramático también avanza el telos ideológico y estético del poema posterior: un uso contestatario de una situación clásica por medio de una estética vanguardista.

El guitarrista del sol es un texto posterior (la entrada en el archivo de la censura remite a 1977, el cuento está dedicado a la memoria de Diego del Gastor muerto en 1973) y que varía mucho con respecto a Las guitarras chillan. Se trata de un cuento infantil en prosa con algunos poemas intercalados. Posiblemente esté pensado para ser representado o recitado, lo que explicaría su situación en los expedientes de censura teatrales. De cualquier modo, posee la performatividad propia de los cuentos infantiles, lo que permite recitarlo a varias voces. Nos encontramos ante un texto diseñado como complemento de su tratado sobre el flamenco (Flamenco, una aproximación crítica) como representación musical de una tradición popular de solidaridad humana y de lucha contra el poder establecido.

Este texto, aunque de carácter no abiertamente teatral fue, más que posiblemente, diseñado para ser representado en el mismo espacio. Las costumbres escénicas del teatro del momento, por ejemplo, en los términos del teatro independiente así lo parecen confirmar. Recordemos las giras de la compañía Esperpento en la provincia de Jaén o la compañía de teatro La Cuadra de Salvador Távora. El guitarrista del sol se alinea con Quejío o Andalucía Amarga de Távora, en cuanto obra comprometida y revolucionaria, en las que se entrevé libertad, diálogos libres y juegos con palabras, cuadros y canciones.

A continuación presentamos los dos textos procedentes de los archivos de la censura. Transcribo Las guitarras chillan, obra en acto único, más que posiblemente puesto en escena en Las Cillas a partir del texto de copia que guardaban los censores proveniente del Archivo General de la Administración, Expedientes de Censura de Teatro, Dirección general de cinematografía y teatro: Caja 73/09576: Título: Las guitarras chillan. Expediente 0008/67.

El segundo texto es un cuento titulado El guitarrista del sol, editado a partir de la copia del Archivo General de la Administración, Expedientes de Censura de Teatro, Dirección general de cinematografía y teatro: Caja 73/09576: Título: El guitarrista del sol Caja 73/10213 / Expediente 0435/77.

 

PUBLICIDAD

 

LAS GUITARRAS CHILLAN
ACTO ÚNICO

La escena nos muestra una esquina cualquiera de un pueblo cualquiera donde un mendigo cualquiera puede pedir limosna cualquiera. Una luz violácea nos indica que son alrededor de las nueve del mes de agosto. En escena un mendigo, con barba de días y un perro a su lado. Al fondo en unos letreros luminosos se puede leer “Tuenty Seven”, “El Dorado”, “El Caballo de Vapor”, “Las Mariposas”, etc. Los letreros guiñan con fuerza. Una estrepitosa música de guitarras eléctricas inunda la escena de vitalidad.
***

MENDIGO: ¡Amor, amor, den un poco de amor a este pobre ciego! ¡Amor, amor, den un poco de amor a este pobre ciego! (UNA CARCAJADA BRUTAL SALE DE UNA CUALQUIERA DE LAS MÚLTIPLES SALAS DE FIESTAS QUE HAY AL FONDO). Se ríen como bestias. Son auténticos bestias. ¡Amor, amor, den un poco de amor a este pobre ciego! (SILENCIO) ¡Nada! ¡Nadie aparece! (SEÑALANDO AL PÚBLICO) ¡Egoístas! Eso es que sois. ¡Egoístas! ¡Amor, amor, den un poco de amor a este pobre ciego! (SE TIENDE) Estoy cansado. Me siento flaquear. Me voy muriendo poco a poco. (CON FUERZA DE FLAQUEZA) Me gustaría tener una casa. Y un fuego. Y una mujer. Y trabajar. Y poder dormir. Y… (SIENTE PASOS) ¡Amor, amor, den un poco de amor a este pobre ciego. (LOS PASOS SE ALEJAN) Es inútil. ¿Quien se va a acordar de un ciego? ¡Soy un lisiado de la sociedad! ¡Sociedad! ¡Qué acumulación de defectos bajo ella! ¡Puaf, me da asco! (LA MÚSICA AHORA ES COREADA POR CARCAJADAS ESTRIDENTES) Ellos tienen de todo. Amor, caricias, besos…. Tienen de todo. Una casa. Un coche. Un ventilador. Yo nunca tuve un ventilador. Ellos ven el sol, a las estrellas, a la luna. Yo era pastor, la última vez que vi la luna estaba redonda como un queso y tan colorada como una sandía. ¡Qué bonito era el campo! Había espigas. Y aire. Mucho aire. Y árboles altos como el cielo. Y risas. Muchas risas. Tanto como ríos. ¡Qué bonito era el río por la noche, parecía un perrillo manso. (LAS LÁGRIMAS VAN AFLORANDO A SUS PUPILAS) Una vez me enamoré. Se llamaba Adela. Era rica y yo pobre. Me dijo que no y por poco me muele a palos. Tenía un deportivo rojo. Un día salió. Yo estaba al lado de la carretera. Iba a cruzar, cuando…. (SE OYE UN DEPORTIVO RUMIANDO CON FUERZA. UN GRITO. UN FRENAZO. SE VEN COMO LOS FOCOS SE CRUZAN. SE ILUMINA LA ESCENA DE HUMO Y DE UN ROJO INTENSO. EN MEDIO DEL ESCENARIO ESTA EL MENDIGO LLENO DE SANGRE) ¡No! ¡No! ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡por favor auxilio! ¡Vengan! Vengan. Socorro por favor auxilio. ¡Vengan, vengan! (INTENTA INCORPORARSE PERO CAE AL SUELO DE NUEVO) ¡No veo! ¡No veo! ¡No veo! Auxilio por favor. Auxilio. Socorro. ¡No veo! ¡Vengan! ¡Vengan! Me muero. Les daré mi jornal. Por favor. Me muero (UNA SIRENA, VOCES)

VOZ 1ª: ¡Es una mujer! ¡Vamos corre!

VOZ 2ª: ¿Qué ha pasado?

VOZ 1º: ¡Si es la hija de don Luis! Rápido. Se muere.

MENDIGO: Por favor, corran me muero. Auxilio. Socorro.

VOZ 2ª: Date prisa. Se desangra.

VOZ 1ª: Llama al hospital que preparen el quirófano. Es urgente. (SE OYEN ALEJARSE LOS PASOS. POCO A POCO DECRECE EL RUIDO Y LA ESCENA TOMA EL ANTERIOR COLOR Y FORMA. LA GUITARRAS CHILLAN CON EXHAUSTIVIDAD)

MENDIGO: La tragedia es como vino que nos empapa. Se nos filtra como una esponja. Nos hace vomitar con fuerza. ¡Oh qué alto está el cielo! ¡No se alcanza! Se nos escapa. (DESCANSA AGOTADO POR LOS RECUERDOS) (SE INCORPORA) ¡Amor, amor, den un poco de amor a este pobre ciego. Amor, amor, dé un poco de amor a este pobre ciego. (DE UNAS DE LAS SALAS DE FIESTAS DEL FONDO COMIENZAN A SALIR PAREJAS COGIDAS DE LA MANO Y COREANDO LA CONGA. LAS MUJERES DAN GRITOS HISTÉRICOS Y TONTOS PINTARRAQUEADAS CON TONOS VIVOS. ELLOS PANTALONES CAMPANA, CAMISA DE COLORES LLAMATIVAS, ESCLAVAS…)

CORRO: ¡A la conga del galisco todos van a jugar. A la conga…. (RODEAN AL MENDIGO, LA ESCENA TOMA COLORES ALTERNATIVOS. ENFOCANDO LAS PIERNAS DE LAS MUJERES. LA CARA DEL MENDIGO Y LOS PANTALONES CAMPANA)

MENDIGO: ¡Amor, amor, den un poco de amor a este pobre ciego. ¡Amor, amor! (LO COGEN Y COMIENZAN A MANTEARLO ENTRE GRITOS Y RISAS) Dejadme estúpidos, dejadme. Soy ciego. (SE OYEN VOCES DE VALIENTES TRANCA, BUENA ZURDA, etc.) Yo quiero ver la luna. Y el campo. Y tener una casa. Y una mujer. Y un ventilador. Dejadme, dejadme. Soy ciego. (LO DEJAN CAER EN EL SUELO. DE SU CABEZA MANA UN CHORRILLO DE SANGRE. LE LANZAN UNA MONEDA QUE LE DA SOBRE EL ROSTRO. ÉL LA BUSCA CUANDO LA ENCUENTRA LA LANZA CON FUERZA HACIA EL GRUPO QUE, DE LA MISMA FORMA QUE HA APARECIDO, DESAPARECE) ¡Amor, den un poco de amor a este pobre ciego! (ALZA LA MANO COMO INTENTANDO APRISIONAR TODO EL CIELO CON ELLA) Dios, dios, ¿dónde estás? ¡Ven soy ciego! ¡Soy ciego! ¡Soy ciego! Amor…. amor….. den…. un….. poco….. de….. amor…… a….. es…… te…. po….. bre….. cie…. go. (CAE AL SUELO MUERTO NUEVAMENTE LAS GUITARRAS CHILLAN BERREANDO UNA MÚSICA HISTÉRICA E INSÍPIDA. POR EL MISMO SITIO DEL FORO SALEN DOS. EL Y ELLA COMPLETAMENTE BEODOS. ELLA LLEVA UNA BOTELLA DE WHISKI EN LAS MANOS. RÍEN. AL VER AL MENDIGO SE PARAN.

ELLA: ¡Ea amigo, buena turca. Eh, sí señor así se coge. (LE ROCÍA)

EL: (DESPECTIVAMENTE, MIRANDO AL PERRO QUE LLORA) ¡Es un mendigo. ¡Imbécil¡ ¡Qué trabaje, hombre, que trabaje! (SE MARCHAN MÁS SE BESAN FUERTEMENTE. SUS CUERPOS SE CONVULSIONAN DE PASIÓN MIENTRAS AUN MÁS FUERTE SUBEN LAS GUITARRAS Y LAS CARCAJADAS. LENTAMENTE CAE EL TELÓN).

[¿1960-1970?]

 

PUBLICIDAD
Siete Revueltas Rumbas y Sevillanas

 

EL GUITARRISTA DEL SOL

A la memoria viva y al vivo recuerdo de Diego del Gastor

 

Diego había caminado mucho antes de llegar a Montesangil; siempre iba andando con su guitarra al hombro, y cuando era fuerte el viento sus cuerdas vibraban:

EL BORDÓN ES UN TAMBOR
LA PRIMA ES UNA TROMPETA
ECHA VINO
EN EL JUBÓN
QUE MIS PIES VAN A PISAR
OTRAS TIERRAS

Y Diego siempre se iba. Llegaba a los pueblos y se iba. Cuando llegó a Montesangil, cuentan los mayores, no se movió más.

Se sentó en un banco de los jardines; solo iba a una bodega a beber y comer y siempre seguía allí hablando con los niños que se le acercaban. Estaba viejo y cansado de andar. Lo único que sabía hacer era tocar la guitarra y cantar cosas bonitas.

Recuerdo que un día, al toque de las campanas le vi como temblaba un poco; nos dijo que las campanas tenían vida al ser tocadas, que el pueblo entero se llenaba de música y las notas, jugando unas con otras formaban casitas para que los niños entráramos en ellas. Decía cosas que los mayores no entendían, pero los niños sí que nos las creíamos.

Era un gran músico; sólo tocaba cuando nosotros se lo pedíamos.

Me contó mi padre que vinieron de Madrid unos señores para que fuera a cantar allí.

Se quedó pensativo y dijo que su sitio era éste: el pueblo. Que los únicos que entendían su música eran los niños. Que él antes había tocado muchas veces para ganarse la vida, y siempre que le pedían que tocase le daban monedas, pero que sólo los niños después de tocar le dábamos un beso o nos lo quedábamos mirando sin saber qué hacer. Mi padre terminó diciendo que no lo entendía muy bien, que Montesangil era pobre y Diego podría ganar mucho dinero.

Él siempre seguía allí, con su guitarra sentado en los jardines frente a la fuente. Así pasaba horas y horas. Hablaba con los pájaros y con los peces cuando tocaba a solas. Nosotros le mirábamos sin que él lo supiera, y hablaba con los pájaros del jardín. Los peces se asomaban quietos cuando él tocaba.

Diego debía de ser un gran mago, pero la verdad es que igual que todos tenía una cabeza y unos brazos, tenía manos y piernas; comía y bebía. En los libros de cuentos siempre ponían que los magos usaban un enorme sombrero y túnicas celestes. Pero Diego usaba pantalones y camisa. No tenía sombrero. Sólo que cuando tocaba parecía que él mismo fuera la música… ¡Eso! … Diego era la música. Las notas esas que él decía que se convertían en casitas para que los niños jugáramos, se habían hecho hombre en lugar de casas y al unirse unas con otras habían formado su cuerpo. Sólo sus ropas eran viejas y usadas, sus ojos tenían el mismo brillo que los peces, y su guitarra era un nido de pájaros. Por eso debía hablar con los pájaros de “Los Jardines”. El invierno fue crudo y debió pasar mucho frío, pero nunca se quejaba ni pedía nada. Los domingos, después del cine nos íbamos siempre con él. Le llevábamos castañas calientes, y un día hasta le llevamos chocolate. Diego hablaba poco, y cuando lo hacía siempre nos miraba a los ojos. Se sabía todos nuestros nombres y algunas veces nos decía que no dejáramos de ser niños nunca. Nosotros no sabíamos muy bien lo que él quería decir. Nosotros queríamos ser mayores para poder ir tarde a casa; ir a los bailes y al cine de la noche. Pero él no quería decir eso, nos quería y no le importaría que fuésemos a los bailes. Además nunca podíamos ir a la Sierra porque nuestros padres no nos dejaban, y siempre decían que éramos pequeños.

Un día nos dijo que nos iba a contar una historia que le había pasado a él hace mucho tiempo y que entenderíamos muchas cosas, pero que era un secreto, y tuvimos que prometerle contarla sólo a los niños, que eran – nos dijo – los únicos que la entenderían.

Por eso hoy, que ya tengo más edad, os la cuento a vosotros, niños que me leéis, para que vosotros se la contéis a vuestros amiguitos, y entre todos recordemos un poco más a Diego, que sin ser mago ni ser pequeño, aún después de muerto continúa siendo niño.

Se nos quedó mirando y abrazando entre sus manos la guitarra, nos preguntó:

-¿Sabéis la historia de esta guitarra?

Nosotros le contestamos que no y él dijo:

-¡Os la voy a contar! Cuando tenía vuestra misma edad no vivía en ningún pueblecito como vosotros, sino que vivía en un campo. Mis padres eran pobres y trabajaban mucho para poder darnos de comer a todos. Éramos muchos hermanos; nueve en total. Joaquín era el mayor, y junto con Ernesto y Luis trabajaban ya con mis padres en las faenas del campo. Después venían Margarita y María que ayudaban a mi madre a preparar la comida, a fregar, a limpiar la casa. Bueno, esas cosas que suelen hacer las mujeres, aunque María siempre protestaba y decía que todos deberíamos ayudar un poco siempre en la casa. Luego estaban Fede y Julio. Ya, por fin, mi hermana Mata y Yo, que como sabéis me llamo Diego.

De pequeños, Mata y yo, solíamos jugar y ayudábamos un poco en la casa. Íbamos a comprar a una tienda que no estaba lejos de donde vivíamos y de vez en cuando íbamos con mi madre y con Joaquín al pueblo, cuando necesitábamos comprar algo que no estaba en el campo.

Nuestra casa era pequeña, y como éramos tantos, teníamos que dormir en la misma habitación más de uno. La cocina no era como las de ahora que son muy limpias y tienen butano, electricidad o gas, sino que eran de carbón, y para que el fuego no se apagara había que estar soplándole con un pedazo de cartón. La cocina era la habitación más grande de la casa. En la pared del fondo había una chimenea que encendíamos los días que hacía mucho frío. Esos días, Mata y Yo, nos íbamos afuera porque nos gustaba ver salir el humo y mirar cómo se perdía poco a poco. En el centro había una mesa grandota de madera que era donde comíamos todos por la noche, ya que al mediodía sólo lo hacíamos mi madre, Margarita, María, Mata y yo, porque a Fede y a Julio se los llevaban por las mañanas mis hermanos y mi padre con ellos y un viejecito que sabía mucho les estaba enseñando a leer y a escribir, y así, para no tener que venir solos comían con ellos.

Mi madre era una mujer muy guapa y se querían mucho mi padre y ella.

-Los mozos– nos decía mi padre a carcajadas – nos peleábamos por verla y salir las fiestas con ella, pero no nos hacía caso a ninguno, hasta que un día, se me ocurrió al cruzarme con ella en el paseo, hacer como si me dieran mareos y me caí al suelo. Hice lo mejor que pude el muerto y vuestra madre se asustó muchísimo. Sus amigas se fueron corriendo a avisar al médico, pero cuando volvieron no nos encontraron porque al irse las amigas de vuestra madre, yo me puse bueno y le pedí que me acompañara hasta un banco para sentarme, pues allí se me pasaría antes. Así fue como nos conocimos y a los dos años nos casamos.

Mi padre nos solía contar muchas cosas. A Mata y a mí, nos sentaba a cada uno en una rodilla y mi madre siempre decía al final que no nos contara esas cosas, que íbamos a ser tan sinvergüenzas como él, que nos estaba mal educando. Y siempre hacía como si se enfadara, pero todos sabíamos que no, que lo decía por decir algo, que ella era la primera que se reía mientras nos lo contaba.

Después nos íbamos a dormir, Luis y Ernesto a una cama, Fede y Julio a otra, y Joaquín turnándose con unos y otros. En otra habitación, separados por una cortina, nos acostábamos los demás. La cama donde yo dormía era la mayor, ya que nos acostábamos cuatro en ella. Mata y yo siempre juntos y bajo la ventana para ver el sol cuando saliera.

Un día que era domingo le preguntamos a nuestro padre:

-Papá, ¿Por qué el sol no está siempre arriba y se mueve de un sitio para otro?

Mi padre no supo qué decirnos y se quedó muy triste y callado. Mata le dijo:

-Papá, ¿por qué se esconde? ¿A dónde va cuando no lo vemos?

Mi padre nos dijo entonces que se iba a otro pueblo, que no podía estar siempre con nosotros. Pero por la noche nos acordamos de que un día fuimos al pueblo y el sol estaba allí. No entendíamos muy bien lo que mi padre nos había dicho.

La noche no nos gustaba.

El sol es más bonito, y además, cuando él estaba podíamos jugar fuera de casa y montarnos en Lucero que era un borriquito muy bonito. Lucero se sabía muy bien los caminos, por eso nos dejaban montarnos en él.

Aquella noche pensamos que en cuanto volviéramos a ver el sol, correríamos detrás de él para ver dónde tiene su casita. Mata decía que no podía estar lejos. Detrás de los árboles es dónde se esconde, y si preguntamos en la pensión del pueblo nos dirán dónde vive:

¿DÓNDE VIVE EL SOL?
¿DÓNDE VIVE?
¿DÓNDE SE ESCONDE?
¿DÓNDE SE ESCONDE?

EL SOL VIVE DENTRO
DE LOS HOMBRES.
EL SOL VIVE DENTRO
DE LOS HOMBRES.
SI EL SOL SE ESCONDE
ES QUE LOS HOMBRES MUEREN.
QUE MUEREN LOS HOMBRES.

¿DÓNDE VIVE EL SOL?
¿DÓNDE VIVE?
¿VIVIRÁ EN EL CAMPO
O EN LA NIEVE?

¿POR QUÉ SE PONE TRISTE EL SOL,
POR QUÉ SE ENTRISTECE?

SI EL SOL SON LOS HOMBRES,
QUE LOS HOMBRES SEAN SOLES
QUE NUNCA MUEREN.

 

PUBLICIDAD
Ángela Centro de Estética
Fisioterapia Cantarranas 21 en Morón

 

III

Apenas pudimos dormir durante la noche. Mata me abrazaba y, hablando los dos muy bajito, sólo deseábamos que amaneciera y poder ver de nuevo el sol para correr tras él. Teníamos que estar atentos y aprovechar que nuestro padre y nuestros hermanos salieran para irnos después. Ellos se levantaban antes de que saliera el sol. Así que en cuanto ellos salieran nosotros esperaríamos un poquito y nos iríamos.
Durante toda la noche pensamos si nos llevábamos algo de comida para el camino, pero Mata dijo que no hacía falta, que con comer frutas del camino sería suficiente. Tuvimos un momento de duda cuando oímos que se marchaban, pero duró poco.

Haciendo el mínimo ruido posible nos vestimos y salimos fuera.

El sol despuntaba ya, y poco a poco se fue iluminado todo. Al irnos bebimos un vaso de leche y llenamos una botella con el agua del pozo. Para no armar ruido le atamos una cuerda y la llenamos muy despacio, y siempre mirando hacia la puerta, esperando que alguien apareciera de pronto y nos descubriesen. Pensamos en decirles algo por escrito para que no se preocuparan, pero como aún no sabíamos escribir, no pudimos hacerlo. Yo había visto a mis hermanos hacer soldados, carros y juguetes con las hojas de las chumberas; aprovechando estos conocimientos, pensé recortar un redondel con una navaja de la cocina e hincándole unas espinas representar el sol. Después hice dos niños y los puse por detrás. Cuando se levantaban lo verían y se darían cuenta de dónde estábamos. Si nos perdíamos, o querían algo, si seguían al sol darían con nosotros.

Los pájaros ya se paseaban contentos por las ramas e iban llenando con sus trinos al aire. Nos dimos la mano y comenzamos a caminar. El sol se filtraba entre los olivos. La mañana se iba abriendo como un melón jugoso. Hacía un poco de fresco, pero era agradable andar. Nuestros zapatos de vez en cuando se llenaban de la arena del camino y nos los teníamos que quitar para seguir andando. Al rato que nos sentamos a descansar un poco. Mata apenas hablaba y sólo miraba al sol, pero apartaba la vista porque le molestaba mirar de frente. Yo lo hice a mi alrededor y vi como los pájaros pasaban de un árbol a otro. Entre unas ramas me llamó la atención ver un nido de pájaros y me acordé de que yo en casa los cogía y se los llevaba a mi madre, pero me decía que no lo hiciera, que allí dentro había un pajarito y que no se debía matar a los pájaros. Yo nunca lo entendí porque ella cogía los huevos de la gallina y los freía, pero no le pregunté nada por si se enfadaba.
Me levanté y fui al nido, al acercarme salió volando un pájaro que estaba encima de unos huevos. Tendí mi mano para coger el nido y cuando iba a enseñárselo a mi hermana, un cascarón comenzó a romperse sin que yo lo tocara. Vi como, poco a poco, se partía en dos y apareció un pajarillo muy chiquitito y sin apenas plumas. Era muy bonito y recordé lo que mi madre había dicho. Llamé a mi hermana y al acercarse y ver el pajarito me dijo que lo soltara y le dejase volar, que yo era malo y no me querría si no lo hacía. Cogí el pajarito y lo solté, pero como era muy pequeñito no podía volar, entonces mi hermana se dio cuenta de que yo tenía un nido en la mano y me dijo que la perdonase, que yo era bueno y que el calor del sol hace que nazcan, que se lo había dicho Joaquín. Me dio un beso, y al soltar el nido en el suelo los otros dos pajaritos rompieron el cascarón y nacieron.

Mata había ido por el primer pajarito que después de intentar volar varias veces estaba agitándose en la tierra. Lo cogió y lo puso en su hombro. Yo hice igual con los otros dos y nos sentamos para jugar con ellos. Mi hermana dijo que les teníamos que poner un nombre para llamarlos cuando fuesen mayores y que vinieran para jugar con nosotros. Después de pensarlo mucho y desechar muchos nombres, decidimos ponerle al primero de ellos “Mañana”, y a los otros dos “Higo Chumbo” y “Pozo”. Con los pajarillos nos habíamos olvidado del sol, pero “Mañana” intentó volar, y al mirarle, lo volvimos a ver y nos acordamos que estábamos buscando su casita. Como los pájaros eran muy pequeños los volvimos a coger y le dije a Mata que ellos también venían con nosotros. Ella dijo que bueno, pero que el sol seguía alto y que no íbamos a alcanzarlo nunca. “Mañana” que nos oyó empezó a trinar con fuerza y nos dijo:

EL SOL ESTÁ LEJOS
PERO LO VEMOS,
PERO LO VEMOS.
EL SOL CALIENTA LAS MANOS,
EL SOL CALIENTA EL CUERPO.
SI EL SOL NOS CALIENTA,
NO ESTÁ TAN LEJOS,
NO ESTÁ TAN LEJOS.
LA TIERRA ESTÁ CALIENTE,
CALIENTE EL TRONCO DEL OLIVO
Y EL SOL ESTÁ LEJOS
PERO LO VEMOS
PERO LO VEMOS.

EL AGUA DEL POZO ESTÁ FRIA
ESTÁ FRIA LA SOMBRA DEL ÁRBOL,
DESDE ALLÍ NO SE VE EL SOL,
AL SOL NO LO VEMOS,
AL SOL NO LO VEMOS,
AQUÍ TENEMOS CALOR.
CALOR AQUÍ TENEMOS,
EL SOL NOS DA EN LA FRENTE,
EL SOL CALIENTA NUESTROS CUERPOS.
LEJOS ESTÁ EL SOL
PERO LO VEMOS,
PERO LO VEMOS.

El pajarillo empezó a volar y se cayó al suelo, pero mirándonos continuó adelante. Mata me miró y yo le asentí con la cabeza, nos dimos la mano y continuamos andando. “Higo Chumbo” venía en mi hombro derecho y mi hermana llevaba en las manos a “Pozo”, que de vez en cuando le picoteaba en los dedos.

Anduvimos un buen trecho sin hablarnos, pero todos íbamos contentos y alegres. “Mañana” se había cansado y además como andaba muy despacio nos obligaba a ir a su paso, así que lo coloqué en mi otro hombro y seguimos buscando el cruce de la carretera que nos llevaría al pueblo. Al remontar una pequeña loma, vimos un riachuelo y ¡Allí! ¡Quieto! ¡Estaba el sol!, parado y tranquilo sobre las aguas del arroyo. Comenzamos a correr y Mata gritaba:

-¡Dieguito, allí está, allí está, ahora nos podrá decir por qué se esconde por la noche!
Yo corría delante de ellos y el corazón parecía que se me iba a salir por la boca. “Higo Chumbo” y “Mañana” trinaban con fuerza y el sol parecía no habernos oído porque seguía allí quieto. Entonces me paré y le dije a Mata:

-Mejor que vayamos al otro lado por si duerme.

-Bueno- dijo Mata – pero sería mejor que le rodeáramos y así no se escapará. Tú, con “Mañana” e “Higo Chumbo” te vas por la derecha, “Pozo” y yo por el otro lado.
-De acuerdo- le contesté – entre los cinco lo cercaremos y, cuando yo diga: ¡Ya!, los cinco nos tiramos encima de él, pero con cuidado para no hacerle daño. A partir de ese momento me fui de puntillas con “Mañana” e “Higo Chumbo”, yéndose Mata con “Pozo”.

Cuando llegamos al arroyo, el sol seguía allí, tranquilo. Dejé allí “Mañana” y le dije que se quedara hasta que oyera la señal, y él me dijo que sí. Un poco más allá dejé a “Higo Chumbo” y yo me alejé otro poco. Miré a mi hermana y ella con un gesto me indicó que estaba preparada; pero antes miré a los tres pajarillos que movieron sus alitas diciéndome que cuando quisiera. Ya no esperé más tiempo y grité con fuerza:

-¡Yaaa….!

Los cinco nos lanzamos como uno solo, pero… ¡plum, plum, plum,…!

Allí sólo había agua, intentamos coger el sol, pero no podíamos. A cada manotazo nuestro, el sol se escapaba, y luego, con las ondas que hacíamos volvía a aparecer. Mata lloraba ya cansada de dar manotazos y los tres pajarillos estaban con ella; se salió del arroyo y “Mañana” fue el primero en mover sus alitas para sacarlas.

Mi hermana lloraba como cuando en casa le pegaban y con las manos cogió sus faldas y comenzó a retorcerlas para que saliera el agua y se secaran. Yo seguí de pie en el arroyo viendo como el sol seguía allí. Entonces Mata gritó entrando otra vez en el agua:

-¡Debajo!, miremos debajo. A lo mejor tiene su casita debajo del agua.

Los dos nos metimos bajo el agua pero por mucho que tocábamos y mirábamos allí sólo había agua y piedras; también algunos peces que no miraban entre asombrados y asustados, como diciendo que estábamos locos.

Cansados nos salimos del arroyo y nos quitamos la ropa para que se secara. “Mañana” revoloteó un poco y se subió a mi hombro, triste empezó a darme picotazos en la cara. Mata lloraba y lloraba.

Cuando terminamos de quitarnos la ropa la tendimos en un árbol. Nos sentamos al fin los cinco llorando. Mata entre hipos decía: -Ya nunca veremos la casita del sol, ya no la veremos nunca.

Yo permanecía callado y volvía la cara para que no vieran como secaba mis lágrimas. Cuando pasó un buen rato sin que habláramos, dije: – La ropa ya estará seca, vamos a ponérnosla.

Nos dirigimos al árbol y cuando fui a coger mi camisa, vi como unas hormigas andaban en hilera por encima de ella. Iban desde el bolsillo hasta un huevo que tenía el tronco. Cada vez salían más y como en un desfile, una tras otra, llegaban al bolsillo, cogían una pequeña carga cada una y volvían de nuevo al tronco.

Yo otras veces cuando había visto hormigas las había aplastado con el pie o había jugado con ellas. Pero aquel día no tenía ganas de jugar porque estaba triste, pero pensé que las hormigas tendrían hambre y metiendo mis dedos al bolsillo de la camisa, saqué unas hormigas y para ahorrarles trabajo, yo mismo se la introduje en el tronco del árbol.

Las hormigas, al darse cuenta de que no quedaban más migajas, fueron volviendo poco a poco al hueco donde debían tener su casa. Estaba tan triste que pasé un buen rato mirándolas. Cuando ya todas habían entrado, salieron cinco hormigas y se me quedaron mirando, treparon por mi mano y oí como unos susurros, entonces puse la mano a la altura de mis ojos y cuál no sería mi sorpresa cuando me di cuenta de que era a mí a quién hablaba.

Eran negras y tenían unas alitas así como un vientre blando y voluminoso; era la primera vez que veía hormigas con alitas.

Y me dijeron: Gracias niño por ahorrar trabajo a nuestras hermanas las obreras. Gracias a tu fuerza hemos adelantado bastante la jornada de hoy. Por eso hemos decidido hacer una fiesta en tu honor. ¿Quieres entrar en nuestra casa?

A mí me costaba creer lo que mis ojos estaban viendo y sólo acerté a decir:

– ¡Gracias!, pero soy muy grande para entrar en vuestra casita.

Sólo ahora parecieron darse cuenta y consultándose unas con otras me dijeron: -Es verdad, eres muy grande para entrar en nuestra casa, pero no importa, celebraremos aquí la fiesta.

-Es que- les dije –está conmigo también mi hermana y tres pajaritos que hemos encontrado en el camino.

-Bueno- dijeron las cinco a coro – que también asistan tu hermana y los tres pajaritos.

Dicho esto, una de ellas cogió una ramita seca y hueca y llevándola a sus labios comenzó a soplar con fuerza. Del interior del tronco comenzó a oírse un sonido grave de tambores y en hileras de cinco comenzaron a aparecer hormigas. Delante no llevaban a ningún capitán con sable como en los desfiles que normalmente vemos, iban todas juntas y no llevaban fusiles, sólo una banderita muy pequeña. Sus cabecitas eran grandes y tenían unos ganchos que les salían como antenitas. Al ritmo de los tambores siguieron su desfile, cuando todas habían salido se pararon en seco.
Mata y yo nos sentamos juntos, mientras a nuestro alrededor se sentaron las cinco hormigas y los pajaritos.

El tambor comenzó de nuevo a zumbar con fuerza y las hormigas se abrieron en círculo. Después formaron dos largas hileras para más tarde formar dos circunferencias, una dentro de la otra. La primera comenzó con tesón a pisar con los pies la tierra al ritmo del tambor, mientras la del interior comenzaba a dividirse en dos hileras que se pusieron unas frente a las otras. Sus ganchos las hacían chocar con las de enfrente como dos espadachines, todo con un ritmo perfecto, el tambor marcaba con su sonido los choques.

Las hormigas en círculo iniciaron entonces un canto:

CANTO GUERRERO,
CANTO GUERRERO,
UNO, DOS,
UNO, TRES,
SOMOS LAS HORMIGAS
QUE DEFENDEMOS
EL HORMIGUERO.
UNO, DOS,
UNO, TRES.
INSECTO QUE QUIERA
ROBAR,
INSECTO QUE PRENDEREMOS.
UNO, DOS,
UNO, TRES.
EL HORMIGUERO
ES LA CASA NUESTRA
EN ÉL VIVIMOS
BAJO LA TIERRA.
EN LOS ARBOLES
Y EN LAS ARENAS.
SOMOS HORMIGAS,
HORMIGAS GUERREROS.
NUESTRA CABEZA GORDA
Y NUESTROS GANCHOS
DEFIENDEN EL HORMIGUERO.
UNO, DOS,
UNO, TRES.
CANTO GUERRERO,
CANTO GUERRERO.
DEL HOMBRE QUE PISA
NUESTRA CASA
NOSOTROS NOS DEFENDEMOS.
CONSTRUIMOS PAREDES
EN NUESTRO HORMIGUERO.
SOMOS HORMIGAS;
HORMIGAS GUERREROS.
UNO, DOS,
UNO, TRES.
SOMOS LAS HORMIGAS
QUE DEFENDEMOS EL HORMIGUERO.

Comenzamos todos a aplaudir fuertemente. La tristeza que sentíamos, poco a poco, la íbamos olvidando. Mientras aplaudíamos, las hormigas se habían vuelto a poner en hileras de cinco y poniéndose frente a Mata y a mí, alzaron sus ganchos en señal de agradecimiento por nuestros aplausos, y rompieron filas riéndose y bromeando unas con otras hasta ponerse a nuestro alrededor.

Una de las cinco hormigas con alitas nos dijo entonces que ellas eran las reinas del hormiguero y que su trabajo consistía en poner unos huevecitos para que siguieran naciendo más hormigas. Que eran las únicas que tenían el vientre tan voluminoso y blando, así como alitas, al igual que los machos y que estos dejaban un ácido en su cuerpo para que las reinas pusieran los huevecitos de donde nacerían las demás hormigas.

Mata estaba contenta y “Pozo” picoteaba sus dedos entre trinos alegres. Se adelantaron unas hormigas y se subieron sobre un montículo, la cáscara de una nuez partida por la mitad les servía como enorme tambor. Unas cañitas eran las flautas y el sonido de la guitarra lo imitaban con sus propias antenas. ¡El circo había llegado!

¡TARARA-TACHIN! ¡TARARA-TACHIN!

-Queridos amigos- dijo una hormiga a toda voz – este es el circo de las hormigas obreras. En él vais a tener ocasión de ver a… ¡la hormiga trapecista! Y a… ¡la hormiga domadora de caracoles! Vais a ver a… ¡las equilibristas! Y a… ¡las hormigas payasos! Y ahora atención, porque empieza la función.

La música arrancó con fuerza nuevamente y del tronco del árbol comenzaron a salir hormigas dando graciosas volteretas y una de ellas montada sobre un caracol.

¡HORMIGAS Y HORMIGUITAS
AMIGUITOS Y AMIGUITAS
LA FUNCIÓN ACABA DE EMPEZAR!
EL CIRCO DE LAS HORMIGAS
HA LLEGADO A ESTE LUGAR.
VEAN A LA HORMIGA TRAPECISTA
PASANDO DE FLOR A FLOR.
SIN REDES NI TRAMPAS,
SIN MÚSICA NI TAMBOR.
LA HORMIGA TRAPECISTA
PASANDO DE FLOR A FLOR.
¡HORMIGAS Y HORMIGUITAS,
AMIGOS Y AMIGUITAS,
LA HORMIGA TRAPECISTA
VA A DAR UN TRIPLE SALTO
EN DERREDOR.
SÓLO ELLA Y EL TRAPECIO,
SÓLO ELLA… ¡HALE, HOP!

Los aplausos se multiplicaron después del triple salto mortal, mientras desde el centro la hormiga trapecista saludaba.

De pronto, el sonido de la cáscara de nuez y…

¡LA HORMIGA Y EL CARACOL!
EL CARACOL QUE LLEVA SU CASITA
UNA HORMIGA LO AMAESTRÓ.
VEAN COMO SUBE LA ESCALERA,
COMO DA VUELTAS Y VUELTAS
EL CARACOL
COMO SALUDA AL PÚBLICO
Y JUEGA AL BALÓN.
COMO SALTA Y SALTA
EL CARACOL.
¡LA HORMIGA DOMADORA
TERMINA SU EXHIBICIÓN!

Después de un redoble de tambor la música paró unos instantes y aparecieron las hormigas payasos. Iban pintadas y simulaban el baile de las hormigas guerreros. Se quedaron mirando al público mientras una de ellas decía:

-¡Popy! ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué es esto? ¿Por qué no estamos trabajando como siempre?

-No sé Fofa- le contesté – estarán trabajando otras.

Las risas llenaron el ambiente de alegría, porque Fofa al decirlo se quedó mirando a las reinas.

-No sé Fofa- dijo Popy – pero es muy raro. Yo en adelante voy a usar esto (sacando unas alitas).

Las risas volvieron a estallar cuando Fofa y Popy, imitando el vuelo nupcial de las reinas, comenzaron a pegar saltitos y vuelos, mientras se iban de la cancha. Las cinco reinas estaban coloradas como un tomate. La hormiga presentadora continuó:

¡HORMIGAS Y HORMIGUITAS,
AMIGUITOS Y AMIGUITAS.
YA LA FUNCIÓN VA A TERMINAR.
PERO ANTES DE IRNOS,
TODOS Y TODAS JUNTOS,
TODOS VAMOS A CANTAR.

Formaron un corro alrededor de la cáscara de nuez y empezaron a cantar:

SOMOS LAS HORMIGAS OBRERAS,
GUERREROS HORMIGAS SOMOS.
Y CUANDO CANTAMOS SIN PARAR
SOMOS LA LUZ DEL SOL
QUE ALUMBRA TODO EL LUGAR.
SOMOS LAS HORMIGAS OBRERAS,
GUERREROS HORMIGAS SOMOS.
¡LA FUNCIÓN HA LLEGADO
A SU FINAL!

Todas las hormigas dando saltos de alegría comenzaron a hablar unas con otras. De pronto, Mata se puso de pie y dio unos pasos. Yo me acerqué a ella y vi que estaba llorando. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que la canción le había recordado al sol y que estaba triste porque lo habíamos perdido en el arroyuelo. No supe que contestarle y al volver la cara comprobé que todas las hormigas se habían quedado paradas y no hablaban. Se me acercó una hormiga reina y me preguntó si nos había gustado la fiesta, entonces yo le dije que no era eso, que su fiesta nos había gustado mucho, que había sido muy bonita, pero que estábamos buscando la casita del sol y la habíamos perdido en un arroyo y que nunca más la veríamos. Que por eso estábamos tristes. Nos contestó que era bueno que buscásemos el sol, que nos calienta y nos da luz, que siempre lo buscáramos y que lo encontraríamos. Hay dos soles. Uno es el sol de arriba, el sol de la naturaleza. El otro está en el corazón de los hombres. En los corazones alegres y tristes como una guitarra. Que siguiéramos adelante que lo encontraríamos. Que el sol somos todos unidos.

GRANO A GRANO SE HACEN
LAS MONTAÑAS; GRANO A GRANO
SE ALZAN CON VIENTOS
Y MADERAS.
GRANO A GRANO LOS HOMBRES
HACEN SUS CASAS.
GRANO A GRANO VUELAN
LAS MARIPOSAS ALTO.
GRANO A GRANO Y SIN APENAS
NOTARLO, EL SOL ESTÁ
EN NUESTRAS MANOS.

“Mañana”, “Higo Chumbo” y “Pozo” saltaban contentos. Mi hermana y yo nos miramos volviendo a cogernos de las manos mientras el sol brillaba con fuerza.

 

PUBLICIDAD
Gran Café Central

 

IV

 

Cada vez nos encontrábamos más cansados. El camino estaba rodeado de olivos. El cruce no se divisaba y ante nuestro cansancio decidimos descansar un poco y después seguir. Buscamos una sombra bajo un árbol y nos recostamos sobre su tronco. Los ojos se nos iban cerrando.

Cuál no sería mi cansancio, amiguitos- nos dijo Diego -, allí en “Los Jardines”, recostado sobre su guitarra que nunca soltó mientras nos contaba esta historia- que me quedé profundamente dormido y tuve un sueño precioso:

Una hermosa guitarra brillaba como el sol. Las manos de un niño la tocaban y la tocaban. Su sonido era ardiente como la arena del desierto y suave como una playa. Las manos tocaban y tocaban la guitarra, a su sonido acudían hombre con piel negra y hombres con piel blanca. Hombres con piel amarilla y hombres con piel cobriza. Acudían hombres y hombres, mujeres con niños al hombro, animales, plantas, hormigas… La guitarra seguía emitiendo ese sonido. A veces parecía una flauta, otras un piano. Los hombres al oírla volaban y volaban. Las manos, que eran de niño, pertenecían a un cuerpo que era de viejo. Todos los animales y plantas, todas las mujeres y hombres, tenían manos de niños. El viejecito tocaba la guitarra y brillaba como el sol. Unos niños con manos de hombre querían maltratarlo, pero el decía que, aunque sus manos no toquen, la guitarra sí que existe. La guitarra brillante como el sol existe y suena, sonará siempre en el corazón de aquellos que sean niños. Se hizo entonces el horizonte un horizonte de guitarras, miles de manos repartían guitarras. El viejecito antes de morir me dio la suya. Los hombres y las mujeres, los animales y las plantas lloraban mientras tocaban. Mata apareció de pronto, llevaba una gran diadema blanca sobre su cabeza, llevaba una túnica y reía. Reía mientras cantaba y cantaba. Sus ojos brillaban y decía: ¡Existe el sol! ¡Existe la guitarra! Después apareció un caballo blanco y todos nos montamos en él cantando. Cantando mientras el caballo recorría el mundo. Entraba en los pueblos y en las ciudades. Y nosotros cantando:

NO SON COSAS DISTINTAS,
LA GUITARRA Y EL SOL,
NO SON COSAS DISTINTAS, NO
QUE SON LA MISMA COSA
LA GUITARRA Y EL SOL.

LA GUITARRA ES UN CAMINO
Y EL SOL ES UN VOLCÁN.
UN VOLCÁN LLENO DE FLORES
Y UN CAMINO PARA SEMBRAR.

LA GUITARRA ES DE MÚSICA,
DE MÚSICA PARA CANTAR,
¡PARA CANTAR TODOS LOS HOMBRES! NIÑOS

Y UN CAMINO PARA SEMBRAR.
EL SOL ES UNA RUEDA
QUE RUEDA SIN PARAR
SIN PIEDRAS QUE LO PAREN
Y UN CAMINO PARA SEMBRAR

LA GUITARRA ES UN CAMINO
Y EL SOL ES UN VOLCÁN,
UN VOLCÁN LLENO DE FLORES
Y UN CAMINO PARA SEMBRAR.

Cuando me desperté, cuál no sería mi sorpresa al ver entre mis manos una guitarra. Al abrir los ojos vi a Mata con una diadema de flores silvestres.
Aquel día, amigos míos, me hice muy niño. Mucho más niño que el niño que era. Sin más volvimos a casa.

[1973-1977]

 

Texto de Julio Vélez Sáinz / Fotografía cabecera: Detalle de la fachada de la Cilla de los Canónigos o Cilla de la Cruz Dorá, de María Luisa Melero, procedente del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico.

 

PUBLICIDAD
Clínica Dental Begoña Sevillano

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *