«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Elías, ensayo sobre el olvido, de Silencio Danza.

Viernes 5 de abril, en el teatro Oriente.


 
Tiene mucho de beckettiano el montaje que realiza la compañía Silencio Danza de Elías, ensayo sobre el olvido, obra del autor malagueño Pablo Bujalance.

Nada más entrar en el Teatro Oriente nos llama la atención sobre el encerado un viejo magnetófono sobre el que juraría que pude ver sobrevolando el polvillo de lo sagrado, trayendo a mi memoria ecos de La última cinta de Krapp. Porque cuando uno acude al teatro es inevitable que se produzca un diálogo entre todo lo que se ha visto; y no menos cierto es que a partir de ese diálogo también queda interpelado todo lo que se verá. Pero esa conversación entre experiencias artísticas interiorizadas solo sucede cuando hay un médium eficaz, un gurú competente: y en este caso Nieves Rosales, con su ejercicio magistral de danza y de silencio, de sutileza y de garra, provocó ese efecto de útero que posibilita la contemplación del arte, convirtiendo su cuerpo en la conexión perfecta con cada una de las sensibilidades que habitaban el patio de butacas.

Nieves Rosales se mueve entre el teatro y la danza invitándonos a contemplar un universo personal que nos envuelve en una burbuja hipnótica de espacio y de tiempo donde unas cajas vacías o un abrigo deshabitado se erigen como metáforas de la memoria o del olvido.

En algunos momentos podemos oír las cintas grabadas con la voz magnánima del maestro Ortiz Nuevo, y es entonces cuando más se nos viene a la cabeza el viejo Krapp de Beckett, que tenía la costumbre de grabar su diario en un magnetófono y guardar sus cintas en cajas (“Caja número tres”, “Caja número cinco”) de tal manera que llegado el momento de su vejez, al recuperarlas y oírlas, comprende que no se reconoce en su voz antigua.

 

 

Nieves Rosales, Premio Lorca de Teatro a la mejor intérprete femenina de danza flamenca en 2017 por el espectáculo Retablo Incompleto de la Pureza, obra del dramaturgo moronero Raúl Cortés, alcanza la cima de la comunicación real con el auditorio, objetivo al que debiera aspirar cualquier artista, y llama la atención cómo los niños y niñas del público que acudieron al abrigo del conservatorio de música apenas pestañearon, lo que nos hace pensar que a veces ponemos etiquetas innecesarias a los espectáculos, porque lo “universal” está por encima de lo infantil y de lo juvenil, y en ese sentido está claro que hay propuestas artísticas como Elías que no aceptan ningún tipo de franja de edad que las delimite.

Quizás la danza sea un terreno poco abonado aún para la educación transversal en nuestros centros educativos, y espectáculos como este debieran tener una mayor presencia en nuestras aulas.

Vayan a ver espectáculos de danza. Y lleven con ustedes a sus hijos y a sus hijas. Porque estoy seguro de que algunas de las miradas infantiles que pude contemplar clavadas en Nieves Rosales jamás serán afectadas por el olvido del que habla Elías. Y volverán al teatro para ser cómplices del arte.

 

Antonio M. Morales.


 

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