«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Enigma

Los micromonólogos de la boquita prestada | Antonio M. Morales

Soy Alonso de Proaza, corrector medieval que está en el trance de elegir entre comerse un pollo con higos o leer un ejemplar de la que algunos dicen que ha de convertirse en una obra muy sonada.

Te voy a dar pistas suficientes para que averigües de qué obra se trata.

Y al final si es que decides llegar conmigo hasta él te haré una pregunta. Espero tus respuestas para saciar mi sed de logaritmos.

En este mismo instante he de elegir, y tengo hambre.

En la encimera puedo ver, bien doradito, un pollo asado con sus higos maduros que hace que tiemble al contemplarlo este que les habla por la famélica necesidad que le acompaña siempre en tiempos de carestía.

En el escritorio, un manuscrito me depara una aventura prístina de letras y silencios para vaciar el tiempo de su pulso intrigante y malicioso: leer o comer es el dilema, y debo decidirlo pensando con esta cabeza que se empeña en imaginar el sabor del manjar maravilloso.

El pollo lo ha preparado mi señora, la misma que me grita diciendo que si no me lo como de una vez se lo echará a los cerdos (y juro que lo hará, pues su mal carácter es leyenda). Y el libro que debo leer me lo ha puesto en la mano un escritor afanoso y ocupado que afirma que su obra, de nombre largo y mal sonante, ha de pasar a la posteridad, como pasan las obras que viajan a través de los cielos transportadas por el eco de las aves migratorias.

Debo decidir entre comer o leer.

En este mismo instante el escritor me acucia con su lengua afilada, pues asegura que de no ser yo quien dé amparo a su criatura, esta ha de quedarse perdida en el limbo de los tiempos. El editor, si no se lo lleva bien anotado esta misma tarde, ha jurado darle largas: es un espécimen orondo, malhumorado y cumplidor de su palabra.

Y echando un ojo al prólogo muy claro lo he tenido: «Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla, dice aquel sabio Heráclito». Así comienza el mamotreto. Ahora sí que me comen los demonios. Lo tengo decidido. Dicen que entre comer y leer, lo primero es menester. Si yo viviera en vuestra época lo tendría bien claro: devoraría el pollo, pero antes lo retrataría para que lo pudiese ver todo quisqui humeante en las redes sociales. Porque leer, lo que se dice leer, parece que  os gusta más bien poco. Y no me extraña. Puedo jurar que he conocido a cientos de escritores que no han leído más libros que su ombligo. Y eso cansa a quienes los leen a ellos.

Entiendo que estéis hartos.

Porque ahora lo que mola es ser influencer.

Y como influencer tengo una pregunta para ti: ¿cambié al final mi lectura  por un pollo con higos, o llegó a tiempo el libro a su editor?

Es tiempo de respuestas y esperando estoy la tuya.

Antonio M. Morales.

 

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