«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Entrevista a Madame Duval, exiliada española

«La verdadera identidad de Madame Duval», de Antonio M. Morales, es una obra para teatro editada por Ediciones Irreverentes

 

«Logré escapar apoyada en una red de amistad entre mujeres que jamás me dejaron en la estacada»

 

¿Por qué motivo ocultaba usted su identidad, Madame Duval?

Con el estallido de la Guerra de España en 1936, me vi obligada a escapar al exilio. Mientras marchaba hacia la frontera, tuve que hacerme cargo de muchos huérfanos que la guerra había dejado desprotegidos.

Tras meses en París peleando por visados y salvoconductos, gestionando el acomodo en albergues y familias de toda Francia de centenares de niños refugiados, llegó un momento en que comprendí que mi vida corría peligro, porque mi militancia política me puso en el punto de vista de las urracas fascistas.

Llegó la primavera de 1940, y renuncié a salir del país camino de un exilio más seguro en América. El imperativo moral que ha presidido toda mi vida me obligó a permanecer hasta el final en mi puesto de la embajada española en París. Mi único documento de identidad era un pasaporte diplomático sellado por la República, que en aquellas circunstancias, como podréis imaginar, significaba más bien una orden de fusilamiento o de prisión que un salvoconducto.

Una oscura noche de octubre de 1939, unas directivas de la Cruz Roja me advirtieron de que debía buscar refugio, porque mi vida peligraba. Y con una pequeña maleta donde guarda lo imprescindible, me encaminé a la Embajada de Méjico, donde un vigilante montaba guardia mientras que el personal diplomático dormía. Pude pasar la noche en territorio mejicano. Escapé de la GESTAPO y de la policía franquista, puesto que aquella misma noche, y con qué intenciones, las fuerzas de seguridad irrumpieron en mi antiguo domicilio para detenerme.

 

«La amistad entre mujeres teje unos lazos muy sólidos, de los que quizás los hombres debieran aprender»

 

¿Permaneció mucho tiempo en la Embajada?

Permanecí nueve meses en la Embajada. Pero las cosas se complicaron, y la ocupación militar alemana así como el establecimiento del gobierno colaboracionista de Vichy, convirtieron la situación en insostenible por los mejicanos, que vieron cerrada su embajada por los nazis. Y así fue como tuve que buscar otro escondite de urgencia donde guarecerme, asediada por la GESTAPO y por las tropas de Franco.

 

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Háblenos de Pedro Urraca, el policía franquista que le seguía la pista.

Pedro Urraca fue un policía que existió en realidad y cuyo nombre si fuese personaje de ficción no podría estar mejor puesto. Urraca es una sombra siniestra que me persiguió durante toda mi vida.

Para librarme de él, mi amistad con Adèle —una de las fundadoras de la Cruz Roja en París— fue providencial. Cerca de los Campos Elíseos y del Bosque de Bolonia encontró un amplio apartamento donde pude ocultarme sin levantar muchas sospechas. Allí viví de manera clandestina hasta el final de la ocupación, sin apenas salir a la calle para no ser reconocida y detenida. Pedro Urraca sin embargo, después de todo el mal que causó, volvió a España tras la ocupación de París, y allí continuó su vida tan tranquilamente como policía hasta que se jubiló en 1969. Yo solo pude volver a España de visita, y tuve que esperar a que se diesen las circunstancias para que no me asesinasen.

 

«Calificaron la ayuda que presté a los refugiados como deslealtad a la patria»

 

Tuvo que ser difícil mantenerse en la clandestinidad de París.

Hablaba algo de francés, pero no con la suficiente soltura como para ocultar mi condición de extranjera. Eso me hizo ser cautelosa. Me constaba que Francia era un país lleno de delatores. El cambio en mi vida fue brutal. Tuve que pasar de ser una mujer pionera en muchos ámbitos de la vida a ser una anónima ama de casa francesa, bajo el nombre de Madame Duval; solía llevar un pañuelo anudado en la cabeza y permanecía siempre vigilante a los movimientos de la escalera y a los murmullos de los vecinos. Toda la cautela era poca porque las autoridades franquistas habían abierto un proceso judicial en mi contra, amparándose en las temibles leyes de Responsabilidades Políticas y de represión de la Masonería y el Comunismo.

La lealtad a un régimen democrático se convirtió en traición. La defensa de la legalidad fue interpretada como subversión, y la ayuda a los refugiados fue calificada como DESLEALTAD A LA PATRIA. ¡Toda una acerba lección de una justicia al revés!

Desde su guarida, ¿era posible seguir la actualidad de la Guerra?

Sí. Mis amigas me mantuvieron bien informadas. Adèle además me proporcionó un destartalado aparato de radio con el que pude seguir las noticias de los Frentes Militares; también tuve conocimiento de cómo iban muriendo en suelo francés símbolos de la España traicionada, como el dimisionario presidente de la República Manuel Azaña o el mismísimo Antonio Machado.

 

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Parece mentira que usted consiguiese salir con vida de todo aquello.

Logré escapar apoyada en una red de amistad entre mujeres que jamás me dejaron en la estacada, y que incluso se jugaron la propia vida para hacerlo: la amistad entre mujeres teje unos lazos muy sólidos, de los que quizás los hombres debiéran aprender.

¿Quiénes fueron aquellas mujeres?

No puedo hablar de ellas sin emocionarme. De Adèle ya hemos hablado. Sin ella no hubiese podido sobrevivir en París. En París también fue muy importante para mí mi querida Neus. Trabajaba de portera en el bloque de apartamentos del Bosque de Bolonia donde yo me ocultaba. Le perdí la pista cuando me marché a México. Ya en Estados Unidos mi amada Louise Krane me hizo más soportable la existencia. Cuando la conocí supe que ya ningún destierro era posible.

¿Cree que han cambiado mucho las cosas?  ¿Cómo ve la lucha de las mujeres en la actualidad?

Hay muchos sectores de poder que están manipulando las palabras intentando que suenen rancias. Pero no  tenemos que consentirlo. Lo que es verdaderamente rancio es que dejemos que las consignas machistas de una sociedad de rancio abolengo nos afecten. Debemos denunciar al patriarcado, tejer redes de sororidad para empoderarnos. Nos quieren hacer creer que estas palabras están gastadas, y no es verdad.

El día 14 de abril pudimos oírla en Granada, en el Palacio de Carlos V, de la Alhambra ¿Qué sensaciones tuvo?

Con las voces de Maru Gutiérrez y Estefanía Sánchez, de Coda Soul, y bajo la dirección de Sara Molina, mi historia llegó a la Alhambra. En aquella ocasión me pareció que los astros se confabularon para propiciar un episodio de justicia poética: hablar de memoria histórica y de República en un palacio real ubicado en la tierra del poeta Federico García Lorca, símbolo por antonomasia de las personas asesinadas en la Guerra de España que todavía ocultan las oscuras cunetas del franquismo.

A una amiga, que se ha puesto en su piel, le gustaría saber de dónde sacó la fortaleza para vivir en aquellas circunstancias.

Seguramente la fortaleza nazca de la necesidad de generar un cambio social que parta del mismísimo coño: el origen de todo.

 

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