«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Entrevista a Manuel Catato

«Aprendí a cantar flamenco bebiendo Cola Cao»

Me llamo Manuel Gil Núñez. Nací en el año 1955, un 17 de febrero en la calle Nueva de La Puebla de Cazalla. En ese barrio viví mi infancia, donde los chavales jugábamos con una pelota de trapo.

Estuve en la escuela hasta segundo de Bachillerato. Mis padres hablaron con los profesores, pero no me vieron mucho futuro ahí. Empecé a trabajar con 14 años más o menos en la profesión de toda mi vida, la escayola y el yeso. Con 17 años monté una empresa con dos socios, un primo hermano de José Menese y otro trabajador de Paradas, Antonio Blanquilla.

Mi padre era panadero. Mi madre cantaba. Estoy enamorado del cante desde que tengo conocimiento. Lo mío es parido, he nacido con el veneno este por dentro, y la única debilidad que he tenido en la vida ha sido el flamenco.

 

¿Cómo era La Puebla de tu infancia?

En aquellos entonces no podíamos juntarnos más de cinco en una esquina a hablar de lo que fuera. Y cuando salíamos de paseo o íbamos al cine, se ponían los municipales en la cola, pendientes de la conversación.

Yo empecé a cantar en las tabernas, con mi cortita edad.

La primera donde entré ya no existe. Estaba en la Plaza Cabildo y se llamaba bar Pachón. Enfrente estaba, y está, el Central; allí nos metíamos los domingos en una habitación y, como no tenía edad de beber alcohol, cantaba bebiendo Cola Cao. Nos juntábamos a cantar con los hermanos de José Menese y el hermano de Manuel Gerena, que tocaba la guitarra y era muy flamenco.

Entonces se podía cantar en las tabernas, no como ahora que ponen el cartel de «Prohibido el cante», y en los cuartos echábamos para afuera lo poquito que sabíamos.

Entonces se podía cantar en las tabernas, no como ahora que ponen el cartel de «Prohibido el cante», y en los cuartos echábamos para afuera lo poquito que sabíamos.

Escuchaba mucho cante y sigo escuchando mucho cante. Me es imposible contarte las joyas que tengo en mi casa. Tengo documentos flamencos desde mi niñez.

 

¿Hiciste teatro con Salvador Cabello?

Sí, con Salvador Cabello estuve en La petenera que la llevamos por muchos puntos de España. Él montó esta obra con una serie de amigos. En un momento determinado, el actor principal tenía que cantar una petenera. Salvador conocía a mi familia y que yo tenía esa cosa del cante desde chiquitito. Con todo mi respeto al elenco, a Salvador le cambió la cara cuando debuté. Me escuchó ejecutar y decidió que hiciera yo todos los cantes de la obra tras las bambalinas.

Salvador Cabello era una criatura con una sensibilidad fuera de lo común, una facilidad para escribir y para hacer letras de cante… Me acuerdo ahora de una: De Feria de Ronda vengo, y te he comprado, Soleá, un mantoncillo de flecos, con florecillas bordás.

 

¿Cómo fue creciendo tu afición?

En aquellos momentos era muy difícil aprender. Hoy está casi todo en internet. Pero hay algo básico, fundamental: que seas un enamorado del cante.

Teniendo eso, te pones en contacto con criaturas que te dicen «fulano tiene una cinta de tal cantaó», y recopilas, grabas reuniones, de aquí y de Jerez, y escuchas y aprendes. También mi madre me compró un tocadiscos y yo tenía lo necesario para poder escuchar las cintas aquellas. Y de VHS también. Lo tengo todo guardadito, lo que pasa es que no me gusta verme porque soy muy exigente y me saco muchas faltas.

Me acuerdo de una criatura que murió hace muchos años, le decían El Colorao Viejo, y cantaba muy bien por malagueña. Me acuerdo de Antonio Crujera, un cantaor que hay que pararse y escuchar. Pero donde yo realmente me formo de verdad es al lado de Francisco Moreno Galván. Ahí ya muero. A mí me tocó la lotería con Francisco. He tenido la suerte de aprender con él.

Estando yo con mis colacaos y venga cantar, me habla un día Salvador Marín, dueño de la panadería donde trabajaba mi padre, «mira, Manolo, que te llamo porque Francisco ha preguntado quién era el chavalito que estaba cantando». Y entonces me presentó a Francisco que me dice «ah, tú eres hijo del Catato, ¿no te importaría darte una vueltecita por aquí, por el Central, que yo te escuche?». Allí se juntaban Rafael Herrera, Salvador Marín, Fernando de Vito, Fernando del Central… todas esas criaturas que quitan el sentío. Y ahí empezó el contacto de Manolo Catato con José Menese, que se partió las carnes conmigo cantando y fue muy generoso. A más de un concurso me llevó él con su coche a cantar. Y en Madrid nos abría su casa cada vez que íbamos.

 

¿Por dónde te parece empezar a escuchar cante?

Por Antonio Mairena, por ejemplo, que es tan extenso. Mairena se enteraba que había un aficionado en cualquier sitio cantando bien algo, y allá que se iba a escucharlo para trincarlo y expresarlo luego a su manera. O irte a escuchar a Caracol, que es totalmente distinto. Pero Caracol para aprender; para meterte no, que es un imposible. Quien se meta en el mundo de Caracol se estrella contra un muro. Y te hiere más que Antonio.

 

¿Cómo fue la primera vez que cantaste en la Reunión?

En 1981 gano un primer premio en la Peña La Platería de Granada. Entonces aquello era sonao y te daba cierto reconocimiento en este mundo. Empiezan a oírse voces aquí de que quieren meterme en la Reunión, y yo: «ay, Dios mío, que no se les ocurra», porque estaba verdonato, conocía mis limitaciones, y estamos hablando de Reuniones con El Gallina, Fernanda, José de la Tomasa, Chano, Lebrijano… Con 24 años, para cantar en Cuenca sí, pero en la Reunión no. Sería faltarle el respeto a este arte. Y fue Francisco quien me convenció, cuatro años después del premio en La Platería, de que había llegado el momento. No te imaginas cómo me preparé. No salía a la puerta de la calle para nada. De noche y de día en el estudio hasta el lunes que me iba a trabajar. Y en el estudio tenía una camita para una persona, ¡y estaba casado ya, y con mis niños! Cuando me agotaba, me echaba un rato y al despertarme, más cante. Llegó un momento en que mi mujer me preguntó: «Manuel, ¿tú te has casado conmigo?».

Francisco me aconsejó mucho. Me impuso sonar distinto, me corregía la vocalización, metí letras que hizo expresamente para mis cantes y cuando una se me resistió y quedaba aquello paticojo, me enseñó, rebelao conmigo, a pelear con el cante.

Llegó la hora y me dijo, «Manuel, tú eres aquí el último y el primero en abrir. A cantar como sabes: a pérdidas o ganancias, a entregarlo todo», y él detrás del escenario.

Me encantaría que escucharas la presentación, escrita por Francisco, que me hizo Bernícola en 1985, para que comprendas su sensibilidad. Se me caen las lágrimas cuando la vuelvo a oír. Me gusta más la presentación que los cantes que hice. Entonces era tan joven… que no entendía, como comprendo hoy, lo que Francisco veía en mí.

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