Entrevista con Ana Ramírez «La Yiya», premio Candil de Oro Flamenco 2017

«Me gusta soñar despierta, nunca cierro mi ventana ni mi puerta».

La Yiya. Foto de Fidel Meneses

Conversar con La Yiya (La Puebla de Cazalla, 1983) significa constatar que el flamenco se instala siempre en personas tocadas por la luz de lo jondo. Su palabra nace de una sabia cotidianidad, lejos del artisteo epidérmico y casposo que a veces se desliza por los sumideros del arte. En su voz se detecta un timbre especial que nos habla del resurgimiento de una mujer que es capaz de construir sus alas con las cenizas de un cante por siguiriya.

Antonio M. Morales / Fotografías de Fidel Meneses.

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¿Cómo te sientes con ese Premio Candil que vamos a compartir contigo muy pronto en El Saucejo?

Me sorprendió cuando me lo comunicaron. Y me alegré mucho. Recibir un premio es como un reconocimiento a tu carrera y, claro, lo recibo con orgullo, como una señal de que se valora tu trabajo y de que haces las cosas bien.

¿En qué situación se encuentra tu último disco?

Pues aún en el horno. Por circunstancias de la vida está un poco parado pero, si Dios quiere, el segundo disco de La Yiya va a salir a la calle y espero que no tarde mucho. Por supuesto, será un trabajo en mi línea de cantaora clásica. Eso no quita que el flamenco deba tener su actualidad, como todas las músicas que están vivas.

 

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Si el flamenco ha de tomar el pulso a la actualidad, ¿por qué palo flamenco le cantarías al mundo de hoy?

Por todos, porque cada situación tiene un palo. Había una cantaora, Tía Anica La Piriñaca, que decía que cuando cantaba por siguiriya la boca le sabía a sangre. También dicen que te tienen que pasar cosas en la vida para cantar con más sentimiento, y en mi caso es verdad. Soy muy joven, pero desgraciadamente me han pasado muchas cosas, y me siguen pasando. Así que cuando canto por seguiriyas, lo que hago es concentrarme y agarrarme a esas cosas para expresar lo que siento.

 

Mira, hace poco mi niña, que está en el colegio, me dice: «mami, yo quiero hacer una entrevista, ¿a quién se la puedo hacer?». Házmela a mí, le dije. «Pero si tú eres mi madre». Soy tu madre, pero puedes hacérsela a La Yiya, como cantaora. Y me pregunta: «¿qué sientes cuando estás en el escenario?». Y es eso: siento que puedo expresar lo que llevo dentro, como cuando tienes un amigo al que le puedes contar todo para quedarte más aliviaíta. El flamenco es para mí esa amistad que te escucha y en la que puedes confiar.

 

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¿Puedes ilustrarme eso con una letra de seguiriya?

(Cantando). «Qué pena tan grande que no cambie el tiempo, y que no se mueva una nubecita que acabe con esto».

Al hilo de esa letra, ¿se mueve algo nuevo para la mujer en el flamenco?

Afortunadamente, sí. Desde hace cincuenta años para acá estamos despuntando muchas cantaoras, como puede verse en los festivales o en las redes sociales. Creo que hay más mujeres cantaoras que hombres cantaores, y en los contratos no hay machismo. En el flamenco la mujer está igual que el hombre, al menos yo lo vivo así.

 

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¿Le podrías poner adjetivos a tu voz?

Encuentro mi voz muy personal. Dicen que mi voz se parece a la de Carmen Linares, una pedazo de cantaora, aunque la verdad es que no he sido nunca una gran seguidora suya. Me gusta, pero mis referentes han sido otros.

Fernando Iwasaki dijo que formabas parte «de la primera generación de cantaores formados simultáneamente en la tradición popular y en el rigor académico, en las vivencias flamencas y en el conocimiento de los maestros». En tu segundo trabajo, ¿has dejado algún lugar para el mestizaje, para la innovación?

Insisto, La Yiya es una cantaora clásica, por supuesto. Pero ya en Morisca, mi primer disco —con la producción de Chemi López, de La Droguería Music, y que se publicó en 2014— hice dos tangos donde metí bajos, piano… Eso musicalmente, porque si le das al mute y te quedas con la voz, escuchas tangos clásicos. No modernos como se dice ahora, si no clásicos. En el segundo disco hago algo un poquito más renovado, porque hay que ir para adelante, no para atrás como los cangrejos. Pero siempre con el sello de la cantaora que soy.

 

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¿Cómo es La Yiya antes de salir al escenario?

Tengo manías, creo que todos los artistas las tenemos. Me tengo que persignar tres veces seguidas y pisar el escenario con el pie derecho. Claro, antes hago voz. Los siete gatos en el estómago no hay quien te los quite, por el respeto que se le tiene al público. Te voy acontar una anécdota. Pepe Marchena fue a cantar a un teatro un día de mucha lluvia. Como sólo había un hombre en el público se quiso suspender el espectáculo, pero Marchena dijo que no, «este hombre ha venido a escucharme esta noche, ha salido de su casa lloviendo, y yo voy a cantar para este hombre». A mí me ha pasado también, con Manolito Herrera, en un bolo de Diputación, lejísimos. Dos personas en el público. El responsable de Diputación nos propuso hacernos la foto y volvernos, pero dije que no, y canté para esas dos personas, porque eso ya es un placer.
 

¿Qué te aporta esa afición que hay en La Puebla por ti?

Al contrario de lo que se suele decir, yo sí me siento profeta en mi tierra. No se me olvidará nunca la Reunión del año pasado —que canté en el lugar de Menese—, porque yo estaba ya a punto de parir, y recuerdo que el día del festival, por la mañana, me decían «ay, por Dios, cómo vas a cantar… no aprietes mucho se te vaya a salir el niño». Esa noche me dio la enhorabuena mucha gente, porque era un papelazo cantar en el sitio de Menese, una responsabilidad muy grande. Entonces, si me llaman para una sustitución tan importante es que en La Puebla se valora mi trabajo. Aquella noche fue especial. Date cuenta que José Menese es mi padrino artístico. Sí, hace años iba yo muchas veces a la Viña, donde vivía José, a que me pusiera letritas por soleá y otros palos. Tendría catorce o quince años entonces. Mi madre y su hermana Virginia son íntimas amigas, como hermanas, y yo pasaba muchas tardes con él. Una tarde me dijo que iba a Madrid a dar un recital en el Teatro Carlos III de San Lorenzo de El Escorial, y me preguntó si quería cantar con él, que me quería apadrinar. Le dije que sí, por supuesto, y ese día me puse nerviosísima. Canté, y cuando me metí para dentro —lo recuerdo muy bien— rompí a llorar.

En tu trayectoria por el mundo de la mano de Cristina Hoyos, ¿qué has aprendido?

A convivir. Convivir, porque yo era muy chica, tenía 17 años cuando entré en la compañía de Cristina. Y responsabilidad también, porque había veinte bailaores y yo era la única cantaora de Yerma. Si la cagaba yo, la cagaban todos. Dos o tres mil personas delante, sólo veía cabezas. Conocí mundo, hice amistades… fue una época muy bonita y una oportunidad muy grande que me dio Cristina —una pedazo de artista y de bailaora— que jamás olvidaré.

 

La Yiya. Foto de Fidel Meneses

 

¡Qué paradoja! Dejas Yerma porque te quedas embarazada.

Cierto. Esa nana que canté embarazada no se me olvidará en la vida. Supe que lo estaba aquí en La Puebla —entonces vivía en Galicia— porque vine tras una actuación en Madrid. El mismo día que lo supe tenía que cantar en el Falla. No le dije nada a la compañía y esa noche canté yo la nana… pero que me salió del alma… porque sentía una emoción inmensa de ser madre con 21 años. Fue muy bonito, con su lado triste por saber que me tenía que despedir de la compañía para disfrutar mi embarazo. Estuve cuatro año sin cantar.

Se escribe y se canta fundamentalmente al amor, a la vida y a la muerte.

Cada cante es diferente. Al amor, por ejemplo, le cantaría yo con una milonga, con una vidalita, una malagueña… (Recita) «Por buscar la flor que amaba yo entré en el jardín de Venus. Por buscar la flor que amaba, y encontré la lis morena, que era la flor que yo buscaba, y ella me quitó las penas. A la muerte, que no quiero verla ni en pintura, canto una letra por siguiriya que me gusta mucho y dice: «Dejadme que yo llore, que quiero llorar, que se me ha muerto mi hermana Araceli y no la veo más». Esa letra… uff… ya la voy haciendo, pero cuando… No podía. Y a la vida, una de mi disco: «Me gusta soñar despierta. Por eso yo nunca cierro mi ventana ni mi puerta».

 

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