Entrevista con el poeta Juan Peña

«Vivimos al borde de un abismo, algo tan fascinante como terrorífico»

2007-Juan-Peña-en-Granada

 

Dice Germán Yagüe – babab.com que en la obra de Juan Peña Jiménez (Paradas, 1961) no hallaremos nada de la farragosa imaginería expresiva que habitualmente caracteriza a la poesía. En sus poemas se nos habla en voz baja, discretamente, sin relumbrones ni palabrería. Poesía de depurada y honda sencillez, de revulsiva y ácida lucidez contra el pensamiento perezoso y adocenado.

Versos que cuestionan lo que creíamos incuestionable, que nos muestran, sin afeites, ni galas, ni abalorios, la pura y desvalida (y tramposa) belleza de la vida.

 

Agenda Atalaya / Fotografías cedidas.

 

¿En qué entorno familiar has crecido?

Mi padre era carbonero, y con lo que ahorraba fue comprando algunas tierras de olivos. Uno de mis primeros
recuerdos, y acaso mi primer aprendizaje poético, tiene que ver con eso: me veo de la mano de mi padre, que me
llevaba a ver una tierra que había comprado muy cerca del pueblo. Cuando me preguntó si me había gustado,
yo le contesté que no porque tenía muchas piedras. No son piedras, son terrones, me dijo él. Y recuerdo la
extrañeza, la confusión que me creó aquella palabra. Terrones eran para mí, invariablemente, terrones de
azúcar. Si digo que fue mi primer aprendizaje poético es porque luego aprendí que la poesía consiste en gran
medida en crear esa extrañeza, en romper los límites de las palabras.

Desde pequeño me veo enredando en las faenas del campo, al principio como un juego, claro, pero ya de
adolescente era habitual ir con mi padre y con mi hermano a hacerle los cuchillos a los garrotes, y a coger
aceitunas, y a llenar seras de carbón. Soy, como se ve, hijo de campesino. John Berger, un escritor inglés, dijo
que los hijos de campesinos somos, en este siglo XXI, el último eslabón de una cultura campesina ya extinguida.
Nunca me he propuesto, al menos de manera consciente, salvar nada de ese mundo, pero una atmósfera rural
es constante y evidente en mi poesía. Cuando me dicen que en mis poemas hay mucha melancolía pienso que
acaso se deba a esa atmósfera de un tiempo ya acabado.

 

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Diego Peña (d), padre de Juan Peña, con las seras del carbón.

 

¿Cómo vivía un niño en los años sesenta estas fechas navideñas? ¿Eras de cantar villancicos y pedir el aguinaldo o de poner petardos?

Los petardos los detesto. No recuerdo que en ese tiempo se tirasen petardos en mi pueblo. Tampoco me es
familiar el aguinaldo. Los villancicos, sí, claro. Y el portal de Belén que montaba mi primo Evaristo en casa de
mi tita Catalina, disfrazando unos indios y pistoleros de plástico. La única figurita real era el Niño Jesús. Y las
palomitas de aguardiente dulce. Me fascinaba ver cómo se rompía la transparencia del aguardiente cuando se
mezclaba con el agua, la turbiedad de aquella claridad opalescente. La luz del amanecer siempre me recuerda
a aquellas palomitas.

 

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Juan Peña en el corral de su casa, con su hermana Lugio y su prima Inma (1966)

 

Varias décadas después, en 2011 y en La Comarcal, hiciste una Glosa de la Navidad.

Fue un año en que la podredumbre de la corrupción política nos salpicaba todos los días desde los periódicos.
Frente a eso quise destacar el mensaje de la limpia pobreza que resplandece en el Portal de Belén, su ejemplo
de una pobreza digna frente a una avaricia y riqueza miserables. Quise recordar también la labor que un grupo
de chavales paradeños, en los años setenta, llevaron a cabo para ayudar a las personas más desfavorecidas de
nuestro pueblo. Crearon una Asociación Juvenil contra la Pobreza. Y lo más sorprendente es que la mayoría de
esos muchachos no tenía más de 16 años. Uno de ellos llegó a ser alcalde de Paradas, y quise hacer ver en eso
que hay una pureza en la solidaridad y en la ayuda a los demás que puede perdurar más allá de los ideales
juveniles.

Por último hice mención, aludiendo a una anécdota familiar, a un sonido que me evoca la felicidad: el del papel de celofán. Era el sonido de los caramelos que me traía mi padre, y es el sonido que tantas veces envuelve los regalos.

 

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Juan Peña en 1968.

 

¿Has pedido algo este año a los Reyes?

Ser yo un regalo para los demás. Nunca lo consigo.

 

Tenías 16 años cuando las primeras elecciones desde la Guerra Civil y el referéndum sobre la Constitución.

Sí, tenía 16 años, una edad siempre un tanto atolondrada. No recuerdo sentir ninguna euforia de libertad. Supongo que por aquel tiempo mi corazón sangraba exclusiva y ciegamente por el amor a una muchacha.

 

También fue, en relación con la palabra, el tiempo de la canción de autor o protesta.

Mi generación no fue revolucionaria ni contestataria. Tuvo más que ver con el ambiente festivo de lo que se
conoce como la Movida. Pero sí recuerdo las canciones de Víctor Jara. Siempre que alguien sacaba una guitarra
cantábamos Te recuerdo, Amanda, una canción tristísima y luminosa.

 

El proceso autonómico andaluz también te alcanza de lleno, quizá en la Facultad.

El nacionalismo andaluz ha sido siempre un sentimiento de baja o nula intensidad. Antes que de nacionalismo se habla de la universalidad de Andalucía. La singularidad de Andalucía, la valía de esa singularidad, consiste en no tener que proclamarla, en no tener que reivindicarla. El movimiento autonómico se debió, más que a un sentimiento nacionalista, al agravio comparativo que pudo provocar aquel reparto que exigía café para todos.

 

¿Y la noche del golpe de estado de Tejero, en 1981?

Estaba en mi piso de estudiantes en Sevilla. Era mi primer año en la universidad. No tuve ningún sentimiento
de que ocurriese nada grave. Más tarde supe del peligro que sí hubiesen corrido mi hermano y mi padre, que
eran comunistas militantes. Yo recuerdo haber visto a mi padre alguna vez escondiendo el Mundo Obrero entre los cascotes de carbón. Yo, en cuestiones políticas, seguía viviendo en la inopia.

 

1965-Isabel,-Juan,-Pepe,-Lugui
Isabel, Juan, Pepe y Lugui Peña (1965)

 

Desde tu experiencia actual como profesor, ¿cómo fue tu educación primaria y secundaria?

No tengo malos recuerdos. Sí recuerdo al maestro con la regla paseándose entre las bancas, y dándonos alguna
colleja, pero no me recuerdo con miedo. Al contrario, algunas madrugadas asaltábamos el colegio en busca
de un examen. Hacíamos aquello por afán peliculero, la búsqueda del examen no era más que el macguffin de
aquella película de emboscados que nos montábamos. No soy de los que se quejan por lo que pueda empeorar
el comportamiento de los alumnos. Ya en la antigua Grecia los moralistas se quejaban del carácter desvergonzado
de la juventud. Se ve que la situación es siempre la misma. Por regla general mis alumnos no son peores de lo que pudiéramos ser nosotros, ni en modales ni en conocimientos.

 

¿Le debe algo tu vocación de escritor a esa primera etapa formativa?

Me recuerdo desde muy niño en la azotea de mi casa, con una libreta y un lápiz escribiendo cursilerías de
todo tipo. No sé bien qué me impulsaba a aquello. Sí recuerdo que un primo mío, mucho mayor que yo, Antonio
el Mellizo, el Pintor, me recitaba poemas de Bécquer cada vez que se topaba conmigo por la calle. Los recitaba
de memoria, y yo lo escuchaba embobado. Yo no entendía nada, pero la música de aquellas palabras…
Recuerdo también a un maestro, Don Antonio Jiménez, que era primo de mi madre, y fue juez del pueblo. Tenía
la afición de hacer pájaros de madera, que colgaba de las paredes de la clase. A veces nos sacaba del aula
y nos llevaba al campo, nos hablaba de la naturaleza, de leyendas patrióticas. No recuerdo qué aprendí, pero
sí recuerdo la fascinación que me creaba todo aquello. Las selvas y los mundos lejanos que me evocaban los
colores y plumajes extraños de aquellos pájaros. Ya en 8º de EGB, mi profesor de lengua, Don Jesús Romero,
me enseñó, o acaso mejor, me contagió el rigor y la vocación al estudio de la lengua.

 

¿Cómo te parece bien, y mal, animar a la lectura?

El poder de la literatura debiera bastarse por sí mismo. No debería ser necesario animar a la lectura. Debe ser
necesario facilitar el acceso a los libros. Pero leer acaba siendo un acto de absoluta libertad. No me empecino
en convencer a nadie de las bondades de la lectura. De lo que el ser humano se ve realmente necesitado es de
ficción. Antes la ficción sólo se hallaba en la literatura; ahora la ficción también se encuentra en las películas.

 

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Isabel, Carmen, Juan, Lutgarda, Diego y Pepe Peña (1967)

 

¿Qué relación tienes con otros escritores paradeños, como Javier Salvago o Máximo López?

En el caso de Javier y Máximo tengo la suerte de sentir afecto por escritores a los que además admiro. Javier
ha sido siempre inmensamente generoso conmigo; de él he aprendido cuestiones esenciales no sólo sobre la
poesía, sino sobre algo más elemental e indispensable: la escritura. Javier asentó en la literatura española una forma de poesía que no existía antes de él. Javier no solo es uno de los grandes poetas de la literatura española, Javier ha sido un maestro, un faro.

Máximo es indiscutiblemente uno de los mejores poetas de letras flamencas. Hay un episodio que muestra
que mi juicio no es caprichoso: en algunos de los más importantes certámenes de letras flamencas se le ha
pedido que no participe porque acaba llevándose la mayoría de los premios. Pero hay algo igualmente valioso en Máximo que no debiéramos olvidar: durante muchos años ha escrito y adaptado y dirigido obras de teatro para apoyar causas benéficas, promoviendo en mi pueblo una labor hermosamente solidaria. También ha rescatado la memoria léxica de Paradas en el libro Voces de Don Dionís y Paradas.

 

Pedro Bohórquez ha definido tu poesía «entrañada, anecdótica, emotiva, biográfica, de revulsivas y ácidas ideas». ¿Estás de acuerdo?

Sí, en gran medida mis poemas parten de alguna anécdota, de un recuerdo. En esos casos sí busco que en el
poema quede un destello de luz que no quiero que se apague para siempre. Lo de las ideas revulsivas puede
que se deba a mi costumbre de dejar en el poema ideas que buscan retorcerle el cuello al cisne de lo consabido,
de lo políticamente correcto. En cierta ocasión, por ejemplo, alguien me llamó machista porque en un
poema digo que me gusta lo que las mujeres tienen de objeto bello. No se dio cuenta de que en ese mismo poema
yo hablaba de mi deseo de ser considerado también un objeto. De que en determinados momentos nos gusta,
cuando nos maquillamos, por ejemplo, crearnos la ilusión de ser objetos, no sujetos que sufren y mueren.

 

Tengo especial predilección por estos versos tuyos: «El hombre siempre buscando y no sabe lo que busca. Va buscando una respuesta y no sabe la pregunta».

La vida es compleja, incierta, precaria, azarosa, un magma, un revoltijo. Qué hacer con la vida, hacia dónde
dirigir nuestro esfuerzo, qué hacer para gozarla al máximo, en qué consiste gozar, qué es lo que más me
importa. Es difícil encontrar la pregunta cuya respuesta nos dé una solución definitiva a tanta inquietud. Y eso es al mismo tiempo angustioso y maravilloso, porque en esa complejidad, en ese no saber, está la infinita riqueza
de la vida. Buscamos la serenidad, por ejemplo, pero el motor de la vida es la insatisfacción. Cómo armonizar
entonces insatisfacción y serenidad. Quizás no nos queda otra que aceptar que vivimos al borde de un abismo,
y eso es fascinante pero también terrorífico.

 

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Juan Peña y su hermana Lutgarda en El Palomar, Paradas (1969)

 

¿Existe alguna relación entre Juan Peña Jiménez y Juan Peña Fernández El Lebrijano?

No existe ninguna relación familiar, que yo sepa. Tampoco lo conozco personalmente. Sospecho que a mis
libros de letras flamencas muchos lectores habrán llegado creyendo que se hacían con un libro de El Lebrijano.
Y supongo que en esa confusión mis libros habrán salido ganando.

 

Paradas tiene una afición flamenca enorme. ¿Tiene alguna importancia el cante en tu poética?

No soy aficionado al cante. Claro que aprecio la grandeza del cante, pero, curiosamente, es mi devoción por
la letra flamenca lo que me ha apartado del cante. Me explico: cuando escuchaba cante flamenco, a lo que yo
atendía era a la letra, y la voz quebrada, rasgada, los quejíos, los melismas, oscurecían y retardaban la letra.
Al final acababa abriendo el libro de Demófilo, por ejemplo. Allí estaban, clarísimas e inmediatas, aquellas
letras hondas.

 

Esta mañana supimos que teníamos nuevos vecinos agraciados con Lotería. ¿Qué harías con, digamos, 97 millones de euros?

Arruinarme la vida (risas). No creas que exagero demasiado: los familiares se sentirían decepcionados, por la
cantidad de mi regalo o por el agravio comparativo que sintieran al ver lo que regalas a este o al otro. Mi hijo,
sabiendo su vida resuelta, se convertiría en un zángano, y entregado, por hartazgo de todo, al mundo de la droga.
No, 10 mil euros no estarían mal, pero 97 millones…

 

2014-JPeñaehijo
Juan Peña con su hijo en Roma (2014)

 

Supón que llegan unos amigos a conocer tu pueblo.

Paradas apenas aparece en las guías de recorridos turísticos de la provincia de Sevilla. Paradas, es cierto, no
puede presumir de ruinas milenarias, de piedras prestigiosas, sus calles tampoco tienen el encanto de esas
calles tortuosas, estrechas, laberínticas.

Hay algo sin embargo en que Paradas destaca por encima de otras localidades de la comarca. Bueno, hoy esa
singularidad ya no existe, pero en los años 60, cuando los demás pueblos no tenían más que cuatro libracos
agropecuarios en el casino del pueblo, Paradas contaba con una espléndida biblioteca. Yo no acostumbro a cantar
las alabanzas de mi pueblo, que no deja de ser un pueblo como tantos, pero sí me gusta destacar esa singularidad,
la de su insólita biblioteca, o la de alguno de sus personajes, como Modesto Rodríguez Reina, Modesto
el Ciego, que propició en Paradas un sorprendente movimiento cultural y artístico, que acabó roto con la
guerra del 36. Esa biblioteca y gente como Modesto el Ciego me llevan a pensar que tuve la buena suerte de
nacer aquí.

 

Las doce breves:

Un lugar de la Campiña – Sierra Sur y otro de cualquier parte. Las tierras de olivos, y una en concreto, El Águila, muy cerca de Paradas, junto al monte de Montepalacio, que hace llegar a los olivos un aire muy limpio de encinas y pinos. Y luego Málaga. Siempre que voy cumplo algo así como un rito: subo la cuesta de los Jardines de Puerta Oscura hasta Gibralfaro. También en Málaga voy siempre al Jardín Botánico La Concepción, uno de los lugares donde mejor me encuentro; es una mezcla de bosque, selva y jardín.

 

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Montepalacio visto desde El Águila (Paradas)

 

Un libro. Cantes flamencos, de Antonio Machado y Álvarez. De su lectura surgió mi fascinación por las letras
flamencas.

Un plato. El gazpachuelo. No recuerdo haberlo visto en Paradas en otra casa que no fuera la mía. Es un plato
típico de Málaga, de donde procedía mi padre.

Un defecto. Mi torpeza en las relaciones sociales. Eso hace que no me sienta cómodo entre la gente, pero no
porque no me guste la gente, sino porque no me gusto yo entre la gente.

Una película. El marido de la peluquera. Es un ejemplo de que también una película puede ser un poema.

 

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Juan y Rosi (2014)

 

Una afición. Va por años. Hay intereses, curiosidades que me atrapan periódicamente por azar. Decía el físico
Richard Feynman que basta mirar algo con atención para que ese algo acabe resultando apasionante. Algunas
de esas aficiones han sido la letra gótica, los aceites esenciales, las piedras, los cuencos del Himalaya, el
oud (un aceite que tiene la peculiaridad de ser carísimo y oler a establo), la fruta liofilizada, el shakuhachi (una
flauta japonesa imposible de tocar), los higos secos…

Una canción. Thick as a brick, de Jethro Tull, una canción que me provoca tristeza y exaltación jubilosa a un
mismo tiempo.

Un deseo. Alcanzar a vivir con una insatisfacción serena.

Una bebida. El vino oloroso. Lo descubrí este verano en un viaje a Sanlúcar de Barrameda. Aprecié en él algo
así como una mezcla de contrarios, de texturas suaves, ásperas, luminosas y oscuras.

 

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Isabel y Lutgarda bajo el olivo del corral de la casa familiar (1970)

 

Un recuerdo. Bajo el olivo del corral de mi casa, todos juntos comiendo tostadas y naranjas en los días soleados
del invierno.

Un verso. «Dulce es vivir aunque se goce en vano, / aunque se sufra en vano dulce es vivir». Son unos versos de
Ricardo Molina. Lo dicen todo.

Un sueño. Ay, los sueños son tantas veces el envés de las pesadillas.

 

 

Obra de Juan Peña:

La edad difícil, Pre-Textos, Valencia, 1989.
Viviendo con lo puesto, Pre-Textos, Valencia, 1995 (accésit del Premio Rafael Alberti).
Letras flamencas, col. La Veleta, Comares, Granada, 1995.
Días cansados, Pre-Textos, Valencia, 1997 (ganador del XXIII Concurso de Poesía San Lesmes Abad).
Nuevas letras flamencas, Pre-Textos, Valencia, 2000.
Los placeres melancólicos, colección Puerta del Mar, Diputación de Málaga, 2006.
Teselas, AE, Jerez, 2008.
Dura seda, Isla de Siltolá, Sevilla, 2011 (accésit del III Premio de Poesía Fundación Ecoem).
La misma monotonía (Antología), Isla de Siltolá, Sevilla, 2013.
Destilaciones, Pre – Textos (Colección La Cruz del Sur), Valencia, 2016.

 

 

3 comments on “Entrevista con el poeta Juan Peña

  1. Siento una mescla de nostaljia y alegria despues de ver las imajenes de personas de las que guardo anecdotas y buenos recuerdos y leer vivencias de un paisano y que en mi casa tambien se comia gaspañuelo y lentejas con hinojos en oaradas me alegra saber de ti un saludo

  2. Queridos lectores: Conozco a mi mejor amigo desde que nacimos. Es un buen poeta, sintetiza como pocos. Esta entrevista es maravillosa. No porque sea mi querido amigo, no, sino porque lo es. Palabra de filólogo y de crítico literario…

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