Entrevista con Margarita Miranda, poeta nómada

«Puse mi ancla en el aire»

1984.-Verbena-Pantano-1-ar-Rdez-Cala

 

Nacida en Morón, prefiere no desvelar su edad ni su figura. Permítanle la coquetería. Son sus versos casi inéditos, flamencos, tan apátridos como fraternos, los que dan su verdadero rostro humano y contienen la vieja semilla del encuentro.

Agenda Atalaya / Fotografías de Antonio Rodríguez Cala.

 

Como entonan Los Chanclas, Alonso Amaya desea preguntarte «¿y tú de quién eres?»

Soy hija de un moronero y una inglesa que se conocieron en la isla cuando el éxodo hostelero. En realidad mi madre estaba de vacaciones.

Por motivos laborales andas siempre viajando alrededor del mundo.

Sí, viajo mucho. He atravesado muchas fronteras. Incluso tuve que atravesar la frontera de género. Hoy no me reconocería mucha gente a la que conocí siendo niña. Ese ha sido mi gran viaje.

¿A qué te dedicas profesionalmente? ¿Trabajas por vocación?

Mi madre está muy vinculada al mundo de las Artes en Reino Unido. Yo paso grandes temporadas junto a ella recorriendo mundo. He sido afortunada. Trabajo de freelance por puro gusto. La acompaño en sus viajes y vivimos confortablemente. Soy nómada desde que tengo uso de razón.

¿Cuál es tu vinculación con este territorio?

Mi origen moronero me une a la familia de mi padre. En realidad, hasta que se separaron mis padres, yo venía a Morón en contadas ocasiones. Mi vínculo con Morón es más grande que el de mi familia. Y se lo debo a mi madre, no a mi padre, que desapareció muy pronto de nuestras vidas. En verano, mi madre me mandaba con una familia que yo casi desconocía para que no perdiese mi raíz. Entonces ellos ya se habían separado, y los amigos  de mi madre vivían en una colonia británica de El Saucejo. Compraron allí una casa porque los timó una empresa, y pensaban que El Saucejo estaba en Málaga y tenía playa. Cuando llegaron se enamoraron del pueblo. Todavía mantienen allí su hogar. Ellos se encargaron de llevarme a Morón porque tenían allí unos amigos americanos que vivían en La Ramira. Y con ellos conocí la feria, la Verbena del Pantano, el flamenco y un ambiente que me enamoró para siempre. Me levanto pensando en el Castillo de Morón. Y algunas veces tengo pesadillas con la Sierra de Esparteros y sueño que ha desaparecido.

El 5 de junio de 2016, en el centro mismo de Trafalgar Square, «sentí un pellizco en el estómago» y quisiste volver a tus raíces. ¿Qué te hizo percibirte así?

En Trafalgar Square puedes esperártelo  todo. Pero jamás hubiese imaginado lo que vieron mis ojos y sintieron mis oídos: un japonés tocaba la guitarra y de pronto ante mí sonó la falseta de Diego del Gastor que yo había escuchado siendo pequeña en una grabación casera de mi padre. Puro realismo mágico. Entonces comprendí que Morón estaba más adentro de mí de lo que me imaginaba.

Esa plaza conmemora la batalla de Trafalgar, en la que la armada británica venció a las armadas francesa y española. ¿Por qué batallas tú y cuáles son tus armas?

Mi batalla es acompañar a los míos en esta aventura por el mundo. Mis armas son creer que los míos son todas las personas con las que cruzo una mirada. No quiero dejar de ser nómada. Puse mi ancla en el aire.

¿Cuáles son tus referentes literarios, las fuentes de tu poética?

La lírica popular primero, con el flamenco. Y después la culta. La poesía hay que ararla. Ya lo dijo un poeta de Morón al que admiro muchísimo: Julio Vélez: «La palabra labra la palabra». Hay que poner el oído en los clásicos. Y a los clásicos hay que verlos venir: no son solo los que aparecen en los libros de texto.

La presencia del mar en tus poemas es notoria. ¿Quizá porque, como Serrat, tengas alma de marinero?

Sí. Soy nómada y me gusta serlo. Pero mucho cuidado. Sé que soy una privilegiada porque he elegido mi forma de vida. El éxodo de las personas me duele mucho. Es una vergüenza lo que está sucediendo ante nuestras propias narices.

Para Machado, la poesía nace del silencio y muere con él; es el agua y la fuente, y no necesita a nadie. ¿Qué es para ti?

No seré yo quien le enmiende la plana al maestro. Si Machado lo dijo, eso será. Pero permíteme decirte que no concibo la poética sin la ética, ni la estética sin la política. El problema es que la ética y la política permiten visiones subjetivas de la realidad. Por lo tanto, cualquier definición de la poesía pasa por los ojos de quien la escriba y de quien la lea (también esto es muy machadiano). Y para mí, subjetivamente, la poesía significa «encuentro» en su más amplio sentido, con una misma y con los demás. Y ese encuentro ha de tener algo revelador, misterioso, ritual. Debe huir de lo prosaico. Al final me puse seria, ¿ves tú?

Llevas más de veinte años fuera. ¿Cómo era el Morón de tu infancia y juventud?

Era un Morón mítico, en el que los gitanos me regalaban una soleá y yo era rica de momento. Recuerdo un cólico en la verbena de El Pantano, porque cuando me di cuenta de que todas las puertas estaban abiertas y de que podía comer lo que me diera la gana sin que nadie me lo prohibiera, me hinché de caldito del puchero, que era difícil de pillar en mi casa. Creo que soy la única persona en el mundo a la que le ha dado un cólico de caldito del puchero.

 

Por más que hemos buscado, no encontramos tus obras publicadas en ninguna biblioteca.

Recorro las bibliotecas de medio mundo escribiendo poemas. Por ahora no he sentido el deseo de publicar nada. Aunque no niego que el contacto con los lectores a través de las redes sociales está haciendo que me replantee la posibilidad de editar. No me gusta la fiesta social a la que se vincula la presentación de un libro. Quizás eso me aparte de los círculos en los que debiera estar para publicar algo. Pero nada es para siempre. Ya se verá.

El soneto que comienza con «Si un año más es siempre un año menos» gustó mucho a nuestros lectores. ¿Por ventura fue un soneto de repente o sólo el primero de los que vendrán?

Me encantan los sonetos. Habrá más. Vuestra revista me está ilusionando. No sé cómo me habéis prestado atención. Me permite editar sin tener que aparecer públicamente. Si me dais continuidad, vendrán más sonetos. Así que dependerá de vosotros. Ahí lo dejo.

La poesía debe ser un poco seca, para que arda bien, afirma Octavio Paz. ¿Estás de acuerdo?

Uy. Es difícil. Tampoco me gustaría enmendarle la plana a Octavio, a quien tuve el gusto de conocer. Pero aquí sí me mojo. La poesía no debe estar vinculada a ninguna obligación (esta frase es padadójica, lo reconozco). Puede haber quien prefiera leña húmeda.

 

Una más desde Casa Paca. Sabemos que te gusta la gastronomía. ¿Cuándo leeremos un poema con aromas de la campiña, las marismas, el monte, el olivar, las salinas, el mar?

No me lo puedo creer. Si supieras que estoy escribiendo una «Oda a la tagarnina»…  En cuanto la tenga te la envío.

 

Un libro. Una forma de vida, de Donn E. Pohren.

Un lugar. La imaginación: desde allí siempre puedo mirar al castillo de mi pueblo.

Un olor. A ventana abierta en El Pantano.

Un plato. Tagarninas esparragadas.

Un defecto. La distancia.

Una película u obra de teatro. Cualquiera de las que Lorca no escribió porque lo asesinaron.

Una afición. Estudiar a los gatos.

Un disco. Omega, de Morente y Lagartija Nick (1996).

Un recuerdo. El vendedor de cisco en la calle.

Una obra plástica. Cualquiera de Rothko.

Un verso. Volveré a Morón, de Julio Vélez.

Un sueño. Hacer realidad ese verso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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