ENTREVISTA Nº 50

Si para Antonio Machado la infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, para Miguel Ángel Rivero... la infancia son encendidos atardeceres entre olivares, los que se ven en la salida de la carretera de La Puebla a Morón, donde yo me crié. Es un paisaje que de niño me estremecía y que siempre he tenido presente, sobre todo cuando he vivido fuera. La vivencia de ese bellísimo paisaje marcó hondamente mi sensibilidad.
¿Hay algún morisco que no haya estado alguna vez en Baleares? Supongo que pocos. Yo hice una temporada en Ibiza, para pagarme mis estudios de doctorado en Salamanca, y fue duro, por las condiciones de trabajo y por cómo vivíamos allí, en los sótanos del hotel, con una calor y una humedad brutales, comiendo las sobras de los clientes…
Fue mi particular temporada en el infierno, que diría Rimbaud, aunque resultó una experiencia de la que aprendí mucho; y también lo pasé bien, sobre todo gracias a la acogida que me hicieron la familia de los Pichachi, emigrantes de La Puebla asentados allí y que en los días libres me daban vida.
Ahora das clases en la facultad de Filosofía ¿cómo te va, se ven las cosas muy distintas desde la tarima? Me va bien, salvo por mi contrato, que es de lo más precario. Puede parecer un farol, pero es el trabajo que peor me han pagado. Lo compensan mis compañeros de Departamento, que son una gente fantástica, y los alumnos, con los que intento mantener una relación cercana y de los que aprendo mucho.
Preséntanos Unamuno en pocas palabras. Te lo voy a sintetizar con un par de citas del maestro: El escepticismo, la incertidumbre es el fundamento sobre el que la desesperación del sentimiento vital ha de fundar su esperanza. Y esta otra: La lengua es la sangre de mi espíritu. A Unamuno hay que leerlo y dejarse herir por su verbo, cuyo objeto era agitar conciencias y despertar al dormido.
Hagamos un poco de turismo local. Supón que tienes que recibir a forasteros que llegan para la Reunión de Cante. Esto no me coge desprevenido porque todos los años traigo a gente de fuera a la Reunión, de modo que te reproduzco mi itinerario. Al mediodía vamos a tomar unas cervecitas bien tirás a la taberna de Diego Palazón, y luego a comernos unas tapitas en El Central y disfrutar de la magia de Fernando. De ahí a la siesta, que en La Puebla en verano casi huele a sulfuro del calor que hace. Luego podríamos ir al Museo de Arte Contemporáneo y dar un paseo por la Plaza de Andalucía, la Plaza Vieja, la Ermita, la Plaza Nueva, donde está el monumento a la Niña de la Puebla, la Plaza Francisco Moreno Galván… Y a reponer fuerzas, en la Taberna de Juan Ortiz o en El Perry, que tienen ese sabor flamenco que buscan nuestros visitantes, y donde además se come de escándalo. Podríamos cerrar la noche tomando unas copas en La Cantina y rematar en el Zeppelin, que es uno de los bares con más gusto y mejor música en que haya estado.
¿Qué compañía buscarías para que tus huéspedes se llevaran un buen recuerdo de la gente de La Puebla? Primero quedaría con mis amigos Patricio, el Valle y el Awita, que son buenos embajadores moriscos. En la Taberna de Diego nos veríamos con mi padre y con algunos otros parroquianos, entre los que se encontraría en estas fechas el fotógrafo Pepe Lamarca, que tiene ahí su particular galería. Luego, en el Central nos encontraríamos a Fernando, a Pepe El Cachas, a Cristino Raya…, que también darían una imagen representativa de lo que es La Puebla en su punto más jondo. Y en fin, La Puebla está llena de grandes personajes, que irían apareciendo y desapareciendo de la escena, como El Chumi, Servando, José Luis Reina Palazón, Fidel Meneses, Juan Diego Martín, Ana Ruiz, Toni Tienda, el Santi, el Pani del Zeppelin… También haría todo lo posible para que conocieran a Gema Atoche, que es una pintora morisca excelente.
¿En qué puede mejorar la Reunión de Cante de La Puebla? En algunas cosas. Yo no cambiaría cierta ortodoxia flamenca que se mantiene como Reunión de Cante Jondo, pues otros festivales de la provincia que se han abierto a las nuevas corrientes del flamenco, a mi juicio, no han mejorado. Quizás habría que recortar el tiempo, pues la gente ya no está por la labor de escuchar cante hasta las cinco de la mañana. También habría que salir de la endogamia en que se está cayendo últimamente, pues el público se queja de que siempre hay muchos de La Puebla en el cartel. Esto es una señal buenísima de que La Puebla sigue dando buenos artistas, pero quizás habría que dosificar su presencia y traer a más cantaores de fuera a los que la gente no ha tenido la oportunidad de escuchar. La estética del cartel también habría que cuidarla un poco más, aunque manteniéndonos fieles al espíritu de Francisco Moreno Galván y su énfasis por el arte de la cartelería, que en estos tiempos anda tan en declive.
Un lugar La Habana y la Junta de los Ríos (entre La Puebla y Villanueva). Un libro Del sentimiento trágico de la vida, de Unamuno. Un plato Las croquetas de gambas de mi madre, que deberían ser Patrimonio de la UNESCO. Un defecto Los momentitos de mal genio. Una película 8 y medio, de Federico Fellini. Una afición La lectura, ir al monte y la charla con los buenos amigos. Una canción o disco Animals, de Pink Floyd. Una bebida la cervecita bien tirá. Un recuerdo los atardeceres de mi infancia, entre los olivares de la carretera de Morón. Una cita «Pues bien sí, me contradigo, me habitan muchedumbres» Walt Whitman. Un personaje Don Quijote. Un sueño Un mundo más justo, más libre y menos ambicioso.


