Europa… Europa

Memorias del destierro. Raúl Cortés

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Hay un lápiz en el barro. Un lápiz sin punta, quebrado justo allí por dónde habría de empezar una historia. La historia que no escribirá ese lápiz, que ni siquiera llegará a ser historia. Hay un lápiz y una historia perdida en el barro. Y un niño con los pies mojados que mira el vuelo de una hoja en blanco que lleva el viento. Piensa el niño que así deben de ser las mariposas. Y sueña. Hay un lápiz y una historia y hojas como mariposas y un sueño en el barro. Y un niño que ya no es niño, porque tan solo es un naufragio.

 

Hay un violín sin arco junto a la alambrada. Y unos dedos sarmentosos a su lado, que se retuercen ansiosos, rebosantes de notas. Mira el viejo el estuche abollado, lo mira con sus ojos casados que, después, miran el gris del cielo y la urraca del resentimiento le picotea el alma. Hay un concierto de Faith Ben Yakoub que alguien no toca, que el mundo no escucha. Maldice el anciano en una lengua extraña y, con amargura, le pregunta al violín: “¿Qué somos ahora, viejo amigo?”, pero el violín no responde, calla. Hay toses alrededor, hay algunas protestas y el llanto insofocable de un niño asustado… El viejo mira a través de la alambrada y piensa, tal vez sueña, que los alambres son un pentagrama.

 
 

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Hay una madre que busca algo entre la confusión. Se ajusta la escasa ropa, el insuficiente abrigo. Hay un zapato pequeño en su mano derecha, solo uno. Y en la yema de sus dedos hay un morado preocupante, sentencias del frío. Hay gente que huye y gente que cae, pero la madre no mueve los pies del suelo. En los ojos un espanto y en la boca un nombre, un nombre diminuto como aquel zapato, un nombre que la madre balbucea, susurra, proclama y grita con tal desgarro que se deshielan las cumbres de las montañas y le florece un almendro en la garganta.

 

Hay unas llaves entre las piedras, las llaves de algo que una vez fue una casa. Y una cartera con unas cuantas monedas que aquí no sirven. Hay un retrato de bodas, a la deriva en el río helado. Y, bajo la nieve, una estampita de un dios olvidadizo que abandonó, definitivamente, a sus hijos. Y en medio del camino, como un testigo mudo, hay un espejito roto que partió en dos una bota; en esta mitad se ve una frontera y en la otra la vergüenza de esa canallada llamada Europa… Europa.

 

Raúl Cortés.

Ilustración: La balsa de la Medusa, de Théodore Géricault.

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