«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Extraños maridajes

El pan-óptico | Antonio M. Morales

De entre todas mis tentaciones, hay una confesable: me gusta saber qué libro lee mi vecino; también qué película ve, qué música escucha y a qué función de teatro acude. Y como llevo años intentando leer distraídamente por encima del hombro los títulos que leen mis congéneres en el metro, en el parque o en la oficina, voy a expiar mis culpar llevando a cabo una crónica mensual de todo aquello que culturalmente ha ensanchado mi universo, alimentando mis ganas de continuar leyendo, escuchando o mirando. Pretendo hacerlo a manera de maridaje cultural. Mejor que explicarme, paso a la acción aferrándome a una máxima teatral infalible: somos más lo que hacemos que lo que decimos.

Mi querido maestro Alfredo Sanzol se dejó caer por el Central de Sevilla con La valentía, una obra en la que no abandona su primigenia ternura para mostrarnos el universo de Guada y de Trini, dos hermanas que han heredado una casa familiar con una autopista a cinco metros de la entrada. Guada quiere conservar la mansión, pero Trini no está de acuerdo y contrata a dos hermanos que trabajan dando sustos (los Spectrum) para hacerla cambiar de opinión. Qué alegría da salir del teatro y descubrir en la puerta a un público que parece haber salido de una convención de bolas chinas, con esa cara de satisfacción que se le queda a quien ha encontrado al fin un paréntesis para ser feliz, aunque haya sido a base de ficción.

 

 

Conduciendo de vuelta no puedo dejar de oír en mi memoria la risa de Guada (Estefanía de los Santos) y fantaseo con invitarla a ver Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008), una peli de vampiros cuyo protagonista es un joven que tiene en común con ella el acoso a que se ve sometido por parte de su entorno: extraño maridaje el que acabo de trazar, lo reconozco, entre una fábula de vampiros y una comedia sanzolesca. No sé si a Guada le gustaría ver esta película, porque ella es muy miedosa. Quizás le venga mejor a su hermana Trini. Pero si viene Trini no la dejaremos que traiga las palomitas: cuando vean (o lean) la obra conocerán el motivo de esta imposición.

Tras tanto ajetreo decido pasar a la poesía para relajarme un poco. Recuerdo que aún tengo en la maleta Anarcadia, poemario del poeta onubense Miguel Ángel Feria editado impecablemente por Árdora Ediciones. Me topé con este libro en la Biblioteca de Babel, librería mesiánica del barrio antiguo de Palma donde los libros que necesitas te interpelan en el momento oportuno. Conocía del autor La conspiración del otoño, que ya me había dejado tocado del ala. Pero con Anarcadia reconozco que me he perdido para siempre por los laberintos yuxtapuestos de un autor que levanta un edificio de belleza desde lo agramatical convocando en la misma mesa a Lorca, a Baudelaire, a Carlos Edmundo de Ory, a Hernández o a Víctor Hugo. «Al revés los diarios leía mi abuela», dice el poeta mientras resuenan en nuestros oídos las voces de todas las abuelas del mundo.

 

 

Tras el breve e intenso intervalo de poesía vuelvo a leer teatro, que a veces es lo mismo. Lo pueden comprobar leyendo la obra de la que ahora voy a hablarles: La felicidad, de Javier Berger. La palabra pesa en ella. «La vida es leve, insoportablemente leve, porque no se repite, porque solo ocurre una vez», dice Kundera. También afirma que «el tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Este es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir». Y si la felicidad es el deseo de repetir, yo repetiría lectura de este monólogo kunderaniano sin lugar a dudas.

Porque lo bueno, si doble, dos veces bueno.

 

Antonio M. Morales.


 

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