«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

«Fernando Villalón es Pueblo, libertad y marisma»

Entrevista con Eduardo J. Pastor

Eduardo J. Pastor Rodríguez (Paradas, 1978) ha publicado recientemente Fernando Villalón. Centauro de pena, una obra autobiográfica no autorizada sobre el poeta de la Baja Andalucía. Se trata de una conversación ficticia entre Pastor y el conde de Miraflores de los Ángeles. Pastor es un enamorado de los poetas andaluces y del flamenco. De hecho, fue director de la revista Sevilla Flamenca y hace poco presentó su libro De frente y de perfil. Retratos de flamencos (2006-2018).

Fernando Villalón. Centauro de pena está pensado y trazado a la perfección para que nos adentremos en el personaje, y con lenguaje cercano introducirnos en la
conversación. «Me interesan los personajes distintos, los que navegan a contracorriente. Y Fernando Villalón es, sin lugar a dudas, uno de ellos. Fernando ha aportado a mi vida esa frescura que yo no tengo», comenta Pastor, a la vez que afirma: «esa verdad del flamenco que solo pueden traer de la mano los artistas libres y
únicos, salvajes, como Villalón».

El volumen de 224 páginas—editado por Almuzara en su colección Memorias— se bautizó en la librería Verbo y, luego, en la sevillana Hermandad de San Bernardo; se presentará en la localidad natal de su autor, Paradas, el domingo 15 de diciembre (Peña Flamenca Miguel Vargas, 13:00 h) y también lo hará en Morón más pronto que tarde. Entrevistamos a Eduardo J. Pastor, que nos da una gran lección de historia y literatura.

Leer esta obra es pasear con Fernando Villalón mientras conocemos cómo ha sido su vida con pelos y señales. En esta charla profunda no solo descubrimos al
poeta sino también Andalucía la Baja, a la que dedicó su primer libro de poemas.

 

¿Cree que la empatía y sus vivencias como hombre de campo fueron esenciales para transmitir qué era esta Andalucía de dos polos?

Fernando conocía Andalucía y a sus gentes como a la palma de su mano. Había mamado desde niño el pueblo, el campo… En su alma de niño travieso, asustón
y libertino —siempre dentro de un orden— llevaba las señas identitarias de la tierra que lo vio nacer. Y esas vivencias las plasmó de forma brillante en su obra. La
Andalucía de la cal. La de verdad. La Andalucía impostada y falsa la dejó al margen. Pero la de verdad la dibujó perfectamente.

En su libro descubrimos que realmente Villalón no quería criar toros de ojos verdes, sino aquel toro bravo, tan bravo como el de los mitos griegos. Las primeras páginas hablan de Filosofía, ¿Cómo es de importante la filosofía para el poeta?

Fernando era una persona muy leída, muy instruida. Y si a eso le sumamos la inteligencia de la gente del campo… Desde pequeño le gustaba leer a los clásicos y desde muy joven empezó a interesarse por el mundo de la filosofía. En las bibliotecas –muy bien surtidas, por cierto- de su padre y de su tío abuelo Fernando Halcón encontró obras fundamentales de la filosofía y la literatura. Y desde ese momento comienza a aprender las fundamentos básicos de las dos. Tanto es así que empeña su vida en encastar los mitológicos toros de Gerión, los que Hércules quiso apoderarse en uno de sus trabajos. Tanto es así que el segundo libro que publica, La Toriada, es una sucesión de mitología y filosofía clásica tamizada de amor al campo y a la naturaleza.

Ha publicado una obra muy completa con datos antiguos, imágenes y un bonito lenguaje, cercano. ¿Cuánto tiempo ha tenido que dedicar a este libro?

Alguien dijo que lo que uno escribe lo que lleva en el alma desde que nace. Juan Belmonte, El Pasmo de Triana, sentenció que se torea como es. Y este libro, estas páginas, las llevaba yo cosidas a mi ser desde hace mucho tiempo pues desde siempre me he identificado con la etiqueta de poeta maldito y esquivo que Fernando ha llevado a la grupa de su caballo desde siempre. Entre trabajo de documentación y trabajo de escribir le habré dedicado unos dos años. Dos años intensos en los que he disfrutado muchísimo con las cosas de Fernando. También me he emocionado. Dos años entre risas y lágrimas.

¿Es cierto que Fernando Villalón era un teósofo y por ello que decían “Ya está Fernando con sus cosas, las cosas de Fernando”?

Hay constancia documental de que Fernando Villalón —propietario de profesión— pertenece a la rama sevillana Zanoni el 2 de febrero de 1922, aunque a finales de 1919 pronunció una conferencia en el Centro de Estudios Teosóficos junto al doctor Manuel Briode, Manuel Olmedo o Diego Martínez Barrios, por ejemplo. Su inclinación teosófica le venía de muy joven y de estas enseñanzas llenó gran parte de su obra; unas veces de forma metafórica y otras veces muy a las claras. Muchos se lo tomaron a broma, como su primo Manuel Halcón. Yo me lo tomo muy en serio. Bueno, todo lo serio que se pueda tomar una cosa así tratándose de Fernando Villalón.

¿Fue Villalón flamenco?

El flamenco es Andalucía. Y la obra de Fernando es eso, Andalucía a chorros. Su costumbrismo con su pizca de inconformismo, sus ganas de superación, ese mirar al pasado con el cuchillo entre los dientes, ese enfrentarse al futuro con la ilusión en los labios… Y el compás. El flamenco es, sobre todo, compás. Y la obra de Villalón anda sobrada de compás.

¿Tiene en la actualidad la repercusión que merece el poeta de Morón?

Rotundamente no. Fernando Villalón ha sido tildado de poeta menor, de escritor colorista y fandanguero. A lo más que se le ha llegado a reconocer es a ser un buen poeta neopopularista. Y no es cierto. Su obra —puesta en orden y en valor por Jacques Issorel, al que todos los admiradores de Fernando tendremos que estarle eternamente agradecidos— es profunda y encuadrable perfectamente en la Generación del 27, la más importante de la historia de la literatura española. Su obra es un exponente fundamental del movimiento vanguardista que coloreó las letras españolas en la primera mitad del siglo XX. Su obra no ha tenido la repercusión que merece. Pero la tendrá. Estoy seguro de ello.

Durante su juventud, mientras estudiaba en la Escuela de los Jesuitas del Puerto de Santa María, conocería a otras figuras como el dramaturgo Pedro Muñoz Seca y el poeta Juan Ramón Jiménez. ¿Qué puede decir de esta generación?

Los tres, por edad, tendrían que pertenecer a la generación el 14. Pero el único que puede considerarse como miembro de pleno derecho al novecentismo es Muñoz Seca. Juan Ramón nace como poeta en el modernismo y nunca, a mi juicio, deja esa corriente, aunque tenga al final bastante que ver con el 27, con los que no terminó muy bien que digamos. Y Fernando es del 27 total y absolutamente aunque por edad llega tarde a esta corriente, pues ya tenía cumplidos cuarenta y seis años cuando publica su primer libro, Andalucía la Baja. En 1914 Fernando andaba a lomos de un caballo por la marisma y con las botas llenas de pergaña. Pero es cierto que el Colegio de los Jesuitas del Puerto puedo presumir de haber tenido como alumnos –también estudió allí Rafael Alberti, pero en otros años- en un mismo curso a tres figuras literarias de este nivel.

¿Y la generación del Mediodía?

Es la edad dorada de la literatura sevillana. Una generación olvidada quizás por el exilio interior al que voluntariamente se entregaron los escritores que la conformaron. Pero, en mi opinión, aquellos años veinte sevillanos –aglutinados alrededor de la revista Mediodía– son la época en la que, por número y calidad, las letras sevillanas vivieron su momento más excelso, de más calidad. Nombres como Joaquín Romero Murube, Rafael Laffón, Juan Sierra o Rafael Porlán, por ejemplo, deben ocupar un lugar de privilegio en la literatura sevillana y española. Fernando Villalón empezó a escribir con la generación Mediodía pero no terminó muy bien que digamos con ellos y por eso se fue a Huelva a publicar Papel de Aleluyas con Adriano del Valle y Rogelio Buendía. Y Luis Cernuda… desde fuera.

¿Qué mensaje obligatorio nos tiene que calar tras leer la pluma roja de Fernando Villalón?

El de la libertad. Fernando fue, principalmente, un hombre libre. Y bien que sufrió en sus carnes esa libertad. La sufrió en las habladurías los de su sociedad —lo que él llamaba el hato de los lobos—, en los que se acercaron muy al hilo a su obra literaria, en los que lo despreciaron por pertenecer a otra sociedad: unos por desconfiar de él por considerarlo un señorito y otros por creer que era una amenaza para los de su raza. La bandera que enarboló durante toda su vida fue la de la libertad.

¿Podría definir a Fernando Villalón en tres palabras?

Difícil. Pero lo podemos intentar. Pueblo, libertad y marisma. O medio ambiente y gente, que está más de moda en estos tiempos.

 

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