Hieráclito y la reinvolución

Matando el tiempo | Juan Antonio Del Río

Rana heráclita

En el ámbito de la Filosofía, tan amplio que abarca todo lo que sabemos o creemos saber, es aplastante —como suele suceder en el aún más extenso universo humano— el peso de la tradición, las estrategias con las que seguimos una corriente establecida o nos rebelamos contra ella. No es sólo una cuestión de egos revueltos, todavía más determinantes en otros ambientes culturales, sino de aceptar o no los lagares comunes. A fin de cuentas y, como venía a decir con modesto orgullo en su selfie nuestra mayor influencia hasta la fecha, el portugués António Machado —siguiendo a una santa poetisa mexicana que lo asevera literalmente— yo pago lo que bebo. Aunque:

Yo no soy yo.
Tú sabes bien quién soy:
Un impostor.

 

Hogar de la rana

 

Se trata, en todo caso, de no caer en caras e inútiles operaciones estáticas que plastifican nuestra percepción de la diversa realidad sin devolverle realmente su perdida tersura, ni de perdernos en estruendosos sturm und drums al son de tambores huecos, porque hay otras formas mucho más vitales de practicar el ramonticismo:

No es tarde, porque nunca fue temprano.
Sueño con que aún esté en garantía
La vida que me han dado.

Unas formas más prudentes y menos hartisonantes. Plantón y Tomos de Aquino, muchos tomos a partir de Aristocles, impusieron sus implecables desertaciones y reverencias de tono apocadíctico, basadas en reinvoluciones y rezoluciones del lenguaje, hasta postregar el pensamiento de nuestro mayor activo filosófico y embalsamarlo como Hieráclito. Un caso distinto es el de Augustín de Hipona, siempre tan a gustito.

 

Hogar dulce

 

Se aseguraron así un buen palco en la postreridad, que no deja de ser la consumación de los restos del último plato, y no del primero o segundo, relegando la levedad de los alados aeromitos a la espontrariedad, a una espera estupepaciente de muchos siglos. Y eso, más allá de la Filosofía y del lenguaje, es terrotismo.

Desde este lugar en el que escribo, que me quiten lo aislado, no pretendo reinvidicar una rivailvidad contra el individealismo o, aún peor, el individuelismo, que me es ajena. Pido simplemente que no nos dejen caer en la pretentación porque, en el fondo y en la forma, se trata de vivir:

Es mejor que estar muertos
Y por eso vivimos.

El próximo día escribiré sobre unas encarnaciones muy cercanas, las pretentaciones ideológicas.

 

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