Javier Salvago. El qué y el cómo (I)

De frente y de perfil | Eduardo J. Pastor

Javier-Salvago

El nombre de Javier Salvago (Paradas, 1950) empezó a decirme algo cuando cumplí los catorce o quince años y oía que había un paraeño que le escribía los guiones a Jesús Quintero. Y cada vez que tenía la oportunidad de ver o escuchar sus programas, me imaginaba a un hombre de edad escribiendo, bajo la luz muerta de un flexo, cosas que muchas veces no llegaba a comprender del todo. Luego me enteré que había estado estudiando interno, junto a una generación de paraeños, en los salesianos de Alcalá de Guadaíra, y entonces se me representaba como un joven rodeado de sotanas durante todas las horas, todos los días menos los domingos, que el padre de alguno lo llevaba a ver al Sevilla en el estadio de Nervión.

Me contaban que Javier era introvertido y raro, y que de joven se pasaba los días y los meses enteros encerrado en el soberao de su casa de la Calle Larga leyendo y escribiendo, haciendo experimentos con las palabras y soñando con espíritus y días de lluvia. Luego eché mano de sus poemas pues los íbamos a cantar en el grupo de música que teníamos por aquel entonces –La Blues Band de Paradas, qué originales, oye– y ahí, además de saber que había ganado premios de prestigio, empezaron a atraparme sus versos, que tenían una musicalidad distinta a otros que había leído con anterioridad. Recuerdo que era verano. Recuerdo que siempre iba yo con sus libros bajo el brazo desde mi casa en la calle Olivares a la Plaza de los Patos para ensayar.

 

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Después ya pude ponerle cara. Fue en la Casa de las Sirenas, en la Alameda de Hércules, en la presentación de uno de sus libros, que además me dedicó. También conocí allí a su madre y pude comprobar cómo se puede querer a un pueblo y a su gente después de llevar ya muchos años viviendo en la capital.

Y me enteré de que había viajado por toda Europa llevando de ligero equipaje una mochila, una guitarra de palo y sus sueños. Y me lo imaginé también rodando por la Sevilla fascinante de los años setenta, formado parte él de su paisaje de hippys y flamencos electrificados.

Sabía que Javier Salvago, de Paradas, era un poeta y escritor muy de la cuerda de uno y me había enterado en la calle, casi sin darme cuentas.

 

Eduardo J. Pastor.

 

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