Javier Salvago (II). El cuándo y el porqué

De frente y de perfil | Eduardo J. Pastor

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Con el paso del tiempo ya pude ponerle cara a Javier Salvago. Fue en la Casa de las Sirenas en la presentación de uno de sus libros, que además me dedicó. También conocí allí a su madre y pude comprobar cómo se puede querer a un pueblo y a su gente después de llevar ya muchos años viviendo en la capital.

Su poesía me atrapó, pero lo que me arrebató y me hizo suyo para los restos fue su prosa. Los dos libros de memorias —Memorias de un Antihéroe y El Purgatorio— y el libro de relatos cortos El Miedo, la Suerte y la Muerte son un ejemplo de prosa limpia y brillante. Sujeto, verbo y predicado. Como mandan los cánones clásicos y que no pasan de moda. El primero lo leí de una tumbada un fin de semana de verano en El Puerto de Santa María. El segundo también del tirón, pero más al oeste. En Sanlúcar de Barrameda.

La poesía de Javier, por su lado, tiene un no sé qué de dejadez y de cuidado extremo a la vez. Es como esos árboles que parecen descuidados pero que a lo tonto tienen un trabajo detrás importante. Una poesía natural e interior, en la que se trata mal a él mismo, pues nunca le gustó ni su ombligo ni la imagen que le devuelven los espejos.

 

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Hace unos meses nos llevó Amada a nuestro hijo Antonio y a mí a ver a Javier Salvago. Había preparado la cita con Ana Calderón, la madre de éste, y una tarde fría y lluviosa de domingo nos encontramos. Yo quería ver al héroe —al antihéroe— de cerca. Escucharlo, oír sus palabras.

Desde siempre, Amada me hablaba de Javier pues lo había conocido cuando ella era pequeña, cuando entraba y salía de su casa de la mano de la hermana de él, Goreti, y de Miguel, el marido de ésta.

Al final de la cita nos hicimos una foto y me fui con varios libros suyos dedicados cariñosamente y con la certeza de que mi hijo le había caído a Javier mejor que yo.

Otra vez será.

 

Eduardo J. Pastor.

 

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