La casa morisca de Bernarda Alba

Fidelidad al texto original en la interpretación del grupo Con permiso del director

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Los pasados días 25, 26 y 27 de octubre tuvo lugar la representación de La casa de Bernarda Alba llevada a cabo por el grupo de teatro aficionado Con permiso del director,  en el recinto teatral de las bodegas Antonio Fuentes, de La Puebla de Cazalla.

Qué lejos de la realidad queda la idea de muchas personas de que el teatro aficionado no puede pretender llenar las salas, objetivo a veces incluso incompatible con montajes profesionales. La casa de Bernarda Alba ha conseguido llenar tres días consecutivos, demostrando a quien todavía lo dude que la revisión de los textos clásicos es necesaria, pues siguen perteneciendo a la memoria colectiva de un pueblo que se reconoce en sus iconos y los incluye dentro de  su contemporaneidad.  Y Bernarda Alba es un icono contemporáneo. Hay muchas Bernardas Alba en nuestro día a día. Hay mucho luto impostado y mucha doble moral apuntando al centro neurálgico de nuestra vida cotidiana.

 

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El director, Fidel Meneses,  ha apostado por una puesta en escena que rinde pleitesía al texto de Federico García Lorca, que lo revisita para habitar sus palabras y sus silencios, sus luces y sus sombras, sin intentar una focalización extraña del núcleo de convicción dramática de la obra: el conflicto abierto entre el anhelo de libertad y la autoridad castradora.

La fidelidad al texto es reverencial también en la parte técnica. Un ejemplo de ello es la iluminación, que sigue a pies juntillas las acotaciones,  reflejando el degradado que va desde el blanco prístino, “blanquísimo”,  de la habitación interior en el acto primero hasta las “paredes blancas ligeramente azuladas” del acto tercero, pasando por las paredes simplemente “blancas” del acto central. Sin duda la iluminación es uno de los grandes aciertos de esta propuesta. En el movimiento que se produce desde la luz del mediodía hasta la opaca oscuridad de la noche, se intuye el progresivo aislamiento de unas mujeres acuciadas por un deseo invisible, que se llama Pepe el Romano y que acude a las rejas para echar más sal en la herida de la clausura.

 

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En los objetos que salpican la escenografía también se observa el aliento del autor: los objetos para Lorca son actantes del carácter de los personajes, y en esta versión el bastón de Bernarda contribuye a mostrarla más como patriarca que como matriarca, el abanico de Adela acerca a nuestro rostro la brisa de su rebeldía, vestida de verde frente al negro imperante de su cohorte de plañideras, y las flores en la cabeza y en el pecho de María Josefa nos hablan de un amor fecundo, refrendada la imagen por el cordero que porta entre sus brazos y que, en un ejercicio de ironía trágica majestuoso, convierte a la abuela de la casa en el personaje de apariencia más fértil y fresca. Todas estas indicaciones del autor las asume el director y consigue el milagro de provocar que la hora y media de duración de un espectáculo que quien más y quien menos ya conoce transcurran sin que se observen en la platea miradas distraídas al reloj o repentinos ataques de tos advenediza.

 

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La única concesión que se hace el director, Fidel Meneses, para mostrarse en el texto, es la incorporación de un fragmento fílmico al principio de la obra. En él se muestran unos exteriores exuberantes, frondosos, con manantiales rebosantes de un agua cristalina y milagrosamente catártica. Sin duda alguna, por contraposición con la lobreguez del cautiverio, nos parece un acierto el efecto conseguido.

 

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Para concluir dejamos una mención especial al grupo de actrices. No destacamos a ninguna en particular, porque si tuviésemos un premio a mano se lo daríamos a todo el elenco. Consiguen en todo momento aportar verosimilitud a la historia desde unas interpretaciones más que dignas. No debemos olvidar nunca que estamos hablando de un montaje llevado a cabo por aficionados al teatro. Y la verdad de su afición se percibe encima de las tablas. En una entrevista concedida a Agenda Atalaya dice Alfonso Zurro que «hay dos asignaturas muy pendientes en nuestra cultura teatral. Una de ellas es la integración del teatro a la enseñanza primaria. Y la otra es el teatro aficionado. En Inglaterra, Francia o Alemania son fundamentales. El teatro aficionado es el que te crea la pasión y te crea el público».

Montajes como éste se encargan de demostrar que Zurro no abre la boca para decir obviedades, y que los grupos de teatro aficionado oxigenan la escena teatral desde unas propuestas que nacen del más puro amor al arte.

 

Texto de Antonio M. Morales / Fotografías de Juan Gutiérrez.

 

 

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