La ciénaga: el teatro de las preguntas

Isa García Morilla interpreta la obra de Almazara Teatro

Almazara Teatro. «La ciénaga»
Viernes 4 de noviembre / La Puebla de Cazalla

 

No puedes buscar la solución en La ciénaga porque en ese profundo lodazal sólo encontrarás angustia, muerte, autoritarismo… y mucha falta de humanidad. El miedo y el dinero, vallas, fronteras, alambrados electrificados y policías podridos «en la mierda» como Migra que, ataviado como un pequeño gran dictador, custodia la seguridad de una gran mentira de la que es muy consciente: no todos somos iguales. Unos somos dignos de llamarnos ciudadanos, otros solo somos extranjeros.

Lo único que nos diferencia es el lugar donde hemos nacido, o la suerte que podemos tener al ser elegidos por una familia privilegiada, como «el morenito», un personaje que lleva en sus venas sangre extranjera, a la vez que azulada y envenenada. ¡Ahora entiendo el simbolismo de la noria! ¿Es ese motivo para no tender una mano al semejante?

Aquí comienzan las preguntas, el viaje interno al que nos sumergió La ciénaga en el Teatro Oriente a finales de abril. Si te haces la primera, ya no puedes dejar de darle vueltas a la cabeza, sobre todo por sus diálogos cargados de simbolismo y de una gran verdad: «lo que se ve no existe… y lo que existe no se ve». ¿Qué estamos haciendo para cambiar esto?

 

Antonio Garabito interpreta a Hurón, un feriante que busca a su hermano.
Antonio Garabito interpreta a Hurón, un feriante que llega a la ciénaga a rezar por un hermano que perdió en el lugar.

 

Pero la venda de los ojos se cae. Algunos miran para otro lado y lavan su conciencia a golpe de talonario, pero siempre hay voces que gritan libertad. ¡Oh bendito Hurón! Su descubrimiento le costó el peor de los castigos, pero su espíritu quedó en el aire, un aire oculto detrás de una puerta con un grillete, en una extranjera, ¡sí!, en una de esas moscas —esclavas de los señoritos— que creía que el amor por uno de ellos la haría libre. Cansada ya María, decide que el futuro del hijo que lleva en su vientre será bien diferente.

El telón se cierra con el soniquete de la nana dulce clamando libertad. Y desde la butaca, en mi cabeza revolotean dos ideas: por un lado pensaba en el orgullo que debe sentir Isidoro Albarreal sentado al lado de Hurón, apostando por el ser humano en mayúsculas, e iluminando grupos de teatro como Almazara y escritores como Antonio Morales; y por otro lado me acordé de Raúl Cortés, que nos podría contar de primera mano qué es ser un extranjero. Me quedo con algo que un día me dijo: el teatro es como una semilla, cuando lo ves, la siembras en lo más profundo de tu ser, y un día lo que se queda dentro, despierta.

 

Isa García Morilla/ Fotografías de Fidel Meneses.

 

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