«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

La ternura en el Teatro Central

Una butaca en Oriente | Antonio M. Morales

 

Obra: La ternura.
Lugar: Teatro Central de Sevilla, 16 de febrero.
Compañía: Teatro de la Ciudad.
Texto y dirección: Alfredo Sanzol.
Música: Fernando Velázquez.
Intérpretes: Paco Déniz, Elena González, Natalia Hernández, Javier Lara, Juan Antonio Lumbreras, Eva Trancón.

 

Algunas veces uno acude al teatro con miedo de que las expectativas no se cumplan. La ternura, de Alfredo Sanzol, no alimenta ese miedo. Todo lo bueno que pueda decir de esta obra será nada comparado con su contemplación. Con La respiración, la anterior obra de este autor —que consiguió, por cierto, el Premio Nacional de Literatura Dramática— el listón quedó tan alto que se prometía ardua la tarea de intentar superarlo. Pero no hay retos difíciles cuando lo asumen autores arrojados que se crecen con el vértigo. Y esta obra está escrita por uno de ellos.

Alfredo Sanzol es un autor que basa su inteligencia dramática en la sabiduría para producir humor sin pensar que el público es menos inteligente que él. Al analizar la obra tras la función, me doy cuenta de que el dramaturgo (renunciando quizás a uno de los consejos básicos de los manuales) no ha dosificado su maestría para generar humor, sino que la ha utilizado siempre que lo ha considerado necesario para servir a la trama y al carácter de los personajes. Quizás ese sea uno de sus secretos como autor; y quizás el otro sea no permitirse las digresiones, tan comunes en la comedia contemporánea, tan extemporáneas a veces, para provocar la carcajada.

 

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Desde el primer minuto hasta el último de las dos horas que ha durado la función, aseguro sin miedo a equivocarme que ha tenido lugar en nosotros toda la amplia gama de sensaciones que se despliegan entre la sonrisa y la hilaridad; dos horas de magia, de burbuja, de tiempo sin tiempo, de catarsis, de reivindicación casi chamánica de la risa.

Sin entrar en las referencias explícitas a las comedias más conocidas de Shakespeare, en el planteamiento encontramos reminiscencias de La isla de los esclavos, de Marivaux. Si en aquella cuatro personajes —dos sirvientes y dos señores— naufragan en una isla donde deben intercambiar sus roles, en ésta tres mujeres, huyendo de un mundo de hombres que las tiene hastiadas, se dan de bruces con tres especímenes que abominan de las mujeres: un padre y sus dos hijos; cuando comprendemos que el planteamiento puede llevarnos a maniqueísmos absurdos o a fábulas almibaradas, sentimos pavor. Pero pronto constatamos que la obra que estamos presenciando no va a caer en el error fácil, porque está tramada por un artesano, y como un canasto de enea, cada trama es una hebra que sujeta a la hebra anterior al tiempo que se sujeta a ella misma: un artefacto potente que resiste todas las miradas.

 

 

Una de las bazas de este canasto de enea es el juego de las falsas identidades; las mujeres, una madre y sus dos hijas, se ven obligadas a travestirse para que los hombres no las reciban como a enemigas. En ese acto de travestismo se sustenta, a mi entender, una gran dosis de la ternura que reivindica la obra; porque, como afirma Butler, «los límites del cuerpo son también los límites de lo social»; y el horizonte de expectativas amables se amplifica cuando unos hombres de pelo en pecho sienten su pulso acelerarse ante quienes parecen tener tanto pelo en pecho como ellos, y lejos de oponer resistencia, la masculinidad se va revelando, siempre a través del humor, como un estado que no excluye la sorpresa; los brutos tiernos son encarnados con precisión por Paco Déniz, Juan Antonio Lumbreras y Javier Lara (qué gustazo ver en escena cómo transmite este último la atracción que siente por la mujer, ese monstruo que su padre y su hermano le habían pintado con piel de serpiente e intenciones de Medusa); y la réplica perfecta la encuentran en Elena González, Natalia Hernández y Eva Trancón, encarnando a esas mujeres que huyendo de los hombres se topan con unos seres atípicos que nada tienen que ver con los soldados de la Armada Invencible a quienes han dado calabazas provocando un naufragio con sabor a pólvora.

Sobre la tarima, la precisión de la luz hace visible lo invisible para un público que entiende a la primera las convenciones creadas al efecto; con una sencillez pasmosa, mediante el espacio lumínico y sonoro, lo imposible se vuelve viable y los objetos pueden darnos la clave para el viaje a dimensiones desconocidas sin que tengamos sensación de artificio, por más que todo lo que sucede delante de nuestros ojos parezca un milagro. Y cuando ese milagro llega a su fin, el Teatro Central se levanta al unísono por bulerías. El título de la obra prometía canastos rebosantes de ternura. Y uno comprende que cuando al público se le da lo que se le promete, éste devuelve —generoso y sin pensarlo dos veces— espuertas de gloria bendita.
 
Antonio M. Morales.

 

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