La tragicomedia del Gallo de Morón. Entre la samba y el flamenco

Raúl Cortés | Memorias del destierro

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Escribo desde Florianópolis, una isla al sur de Brasil (estado de Santa Catarina) que, otrora, respondiese al nombre de “Nuestra Señora del Destierro” o “Destierro”, a secas. Aquí consagré mis pasos, guiado por la poesía: cuando uno pierde sueños y paisajes, horizontes y castillos, se le pone al alma el gesto desterrado… y el lugar de los desterrados es el Destierro.

 

Florianápolis

 

Cuando escribo cumplo ya mi tercer mes aquí, el tiempo es el vuelo de un pájaro, un instante, nada. De los tres, los últimos dos meses han sido de intensas, torrenciales e ininterrumpidas lluvias; si la resignación no las hubiese convertido ya en una costumbre, sería desesperante. Escribo la semana en la que, en esta isla, se ha asesinado a un inmigrante haitíano, por ser inmigrante y negro; apenas tenía mi edad. Escribo la semana que la policía brasileña me ha denegado la ampliación del visado (ley de reciprocidad, dicen; esto es, el Reino de España contrae deudas por el mundo que, luego, saldan sus súbditos, aunque estén desterrados). Escribo, pues, letras clandestinas que al nacer se echan al monte. Cuidado, lector, tal vez le acusen de complicidad y encubrimiento en el próximo párrafo.

 

Mientras planteo mi intervención sobre la crisis del drama, en el I Congreso Brasileiro de Escritura Dramática, que organiza, a mediados de noviembre, la Universidad Federal; y preparo, para finales de mes, un seminario intensivo de dramaturgia y una conferencia titulada Poéticas devastadas: hacia una dramaturgia de la derrota, para la Universidad Distrital de Santa Catarina; estudio con pasión el portugués, luminoso y curvo hasta la exaltación en la variante brasileña, y escribo obra teatral nueva. Pero, sobre todo, mi mayor dedicación se concentra en el proyecto dramatúrgico de la Leyenda del Gallo de Morón.

 

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Hace algo más de año y medio, y como uno de los emblemas de El Castillo de las Artes, Trasto Teatro convocó a un ramillete de conspícuos escritores locales, para abordar la difícil y excitante tarea de convertir la leyenda del Gallo de Morón en una pieza teatral. Tal cometido fue encomendado a Mila Guerrero, Toni Morales, Jesús Mateo, José Carlos Valverde y Marcos Martínez, junto a Alonso Amaya y el que firma; siempre con el consejo y la sabia inspiración de la única autoridad viva en el asunto: Juan José García López. También fue convidado al obrador de dramaturgia otra notable referencia moronera, Pedro Luis Vázquez, quien, al poco tiempo, declinó la invitación; el trabajo colectivo es cuestión de fe, pero también se puede entrar en crisis en esta materia y las dudas son, siempre, respetables. De cualquier modo, es un honor que figura tan ilustre haya formado parte de la matriz del proyecto y, ahora que avistamos el final, agradecemos su concurso y el generoso esfuerzo de suplir sus carencias dramatúrgicas con admirable tesón documental, en aquellos primeros días.

 

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Por sí solo, ya era grande el desafío de teatralizar la Leyenda del Gallo, pero aún más grande ha sido de este modo. Ocho creadores comprometidos con una sola idea: trabajar en común, para hacer del arte un oficio de consenso. Y aquí las dificultades han aflorado de manera natural y casi por definición: desde algo tan elemental como conciliar los tiempos y los ritmos de trabajo, hasta el minucioso empeño de maridar estilos, pasando por las diferencias en la interpretación de la historia o su tratamiento como material mítico, y las largas sesiones de debate que ello generaba. Por esto mismo, todo el proceso era de tan frágil arquitectura que descansaba sobre una sola columna: la abdicación de los egos. Esto es, contención propia del impulso de patrimonializar la creación y respeto y confianza plena en el otro como creador.

 

Escritores-as

 

Ahora sí se puede decir, ahora que encaramos el quinto y último acto, superado el año y medio de un trabajo lleno de entusiasmo e incertidumbres, entre Morón y Brasil, la Leyenda del Gallo será teatro escrito a finales de este mismo año. Y, con certeza, será teatro vivo a lo largo del próximo 2016.

 

Un extracto de este texto ha sido publicado en la revista impresa Agenda Atalaya # 102 noviembre 2015.

 

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