La última boqueá

Una butaca en Oriente | Antonio M. Morales

 

Viernes 2 de febrero. Teatro Oriente de Morón de la Frontera.

En La última boqueá, obra dirigida por Selu Nieto (a la sazón también autor e intérprete) en escena huele a tasca antigua y a vino peleón. El serrín del encerado nos muestra a los personajes en un eterno devenir sobre un espacio que se va haciendo cada vez más pequeño. El Lorito, camarero con mandil de los de antes que regenta la tasca, se encarga de acotar el espacio cada vez que se produce un naufragio cotidiano. Los naufragios en esta obra no se producen porque los barcos se hundan, sino más bien porque los dejamos pasar. La Canija ha quedado viuda, y asistimos al velatorio de su esposo —un fiambre percogido— mientras se cumple el ritual abnegado del vino: quien va a un entierro y no bebe vino es un cochino.

La última boqueá es definida por Selu Nieto como una comedia de velatorio. Percibo el título como una paradoja, pues los personajes que habitan este espectáculo —la Canija, el Lindo, y el Lorito— agonizan como peces fuera del mar pero provocan, al mismo tiempo que se asoman al cataclismo —al menos en mí lo provocan— un deseo enorme de vivir, de que sus agonías no nos espejen, de que no dejemos pasar los barcos que algunas veces avistamos como un milagro cuando el horizonte se cansa de ofrecernos su azogue más oscuro.

En algún sitio he leído que el pez nunca descubre que vive en el agua, y su vida transcurre sin percibir el líquido elemento. De la misma manera los protagonistas de esta historia están tan acostumbrados al infierno cotidiano que conviven naturalmente con él, y llegan incluso a celebrar la ignominia de su destino amparados por el maná del vino alienador que, en una metáfora simbólica cautivadora, se cobija en la lámpara que los ilumina (una lámpara construida con botellas y cabos gruesos que es zarandeada y que nos evoca el paso del tiempo como una liturgia inevitable —a mí me recordó a los oficios del apóstol Santiago— que acabará golpeándonos sin remedio).

La interpretación de los actores se queda también en la retina. El espejo cóncavo de Valle los convierte en caricaturas de sí mismos, y la energía del tabernero Pica Lagartos y de Enriqueta la Pisa Bien puede vislumbrarse en el halo tragicómico de La Canija, interpretada por María Díaz, y en la estampa de tasquero añejo dibujada por Pablo Gómez Pando, que sustituye con solvencia a Manuel Ollero, baja de última hora.

 

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También encontramos en la obra referencias que apelan más directamente a los iconos contemporáneos: se me vino a la cabeza Torrente en alguna ocasión, salvando las distancias, porque el personaje de el Lindo, interpretado por Selu Nieto, tiene más aristas que el personaje creado por Santiago Segura. Quizás la semejanza resida en el vestuario, que acerca a ambos personajes peligrosamente.

El universo poético de Selu Nieto y de su compañía Teatro a la plancha bebe de muchas fuentes reconocibles, desde el esperpento de Valle al teatro existencialista de La Zaranda (el cadáver en proceso de descomposición dialoga con La puerta estrecha de Eusebio Calonge), pasando por el teatro de la muerte de Tadeusz Kantor o la poética del fracaso de Samuel Béckett.

Asimismo percibimos un guiño a la corriente creacionista del lenguaje iniciada por Vicente Huidobro en el gusto por el juego fonético —«para qué/ paraíso/ paraíso/ para qué»— (discúlpeme el autor si escribiendo de memoria he cambiado el juego de palabras original).

Son muchas las razones para que no se pierdan esta obra que nos interroga (y que nos hace reír, eso tampoco debemos olvidarlo) desde una representación precisa de un tiempo —el movimiento pendular de la lámpara y algunos hitos de la acción nos ilustran el eterno retorno de Zaratustra— donde los protagonistas ya están inmersos en su trajín cuando el espectador irrumpe en el patio de butacas y cuyos actores no saludan tras el unánime aplauso final por si acaso no nos ha quedado claro que somos nosotros mismos quienes vemos los barcos pasar desde nuestra renuncia a sabernos finitos.
 
Antonio M. Morales.
 

 

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