«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

La urraca, el zorro y el pensionista

Los micromonólogos de la boquita prestada | Antonio M. Morales

Una vieja urraca soy. Patronio, consejero del Conde Lucanor por obra de Don Juan Manuel, me puso a horcajadas sobre el tiempo, así que ya jamás dejé de volar para cautivar con mi eixemplo al porvenir, urgido más de fábulas que nunca. Porque no dudéis, ancianos peleones de pancarta en ristre, que los políticos rastreros no serán sutiles para preguntaros a bocajarro lo que sin duda os va a ocasionar vil disgusto:

—¿Qué osáis pedir, viejos pensionistas perdularios de bolsillo vano, alcándara vacía y serrín en la mollera?

Se afanarán en ardides para procuraros mala nombradía por exigir lo vuestro, y habréis de soportar el espectáculo ofrecido por una cohorte de ministros mostrencos que tras dormir la siesta en los estrados os meterá la mano en el bolsillo con fines tan diversos como salvar sus bancos o construir autopistas que les lleven más pronto que tarde al inhóspito lugar donde marcaron con una equis el mapa del tesoro.

Ellos no querrán darse cuenta de que no pedís limosna para vosotros, ahítos ya como estáis del mendrugo y la sal, sino justicia para los hijos y los nietos, quienes ni siquiera pueden asomarse a la ventana con lozanía en la piel para cantar al futuro, tan negro como las zarpas de las alimañas que amenazan con abandonar su guarida en las entrañas del sotobosque.

 

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¿No me recordáis quizás, amados yayos? ¿Vuestra memoria es huidiza con las torpes urracas de los cuentos? Pues debéis saber que el político letrado piensa que sois como yo, y os da un tratamiento tal como si él fuese el avispado zorro: os llevaron a creer que seríais más ricos, que la vejez os haría más hermosos por necesarios, que vuestras arrugas conformarían la belleza de un universo liso y aburrido, que no precisaríais más medicina que la alianza eterna con su discurso para afrontar un mañana sin cavilación en la alacena.

Os lo creísteis. Muchos de vosotros bajasteis del árbol con el voto en la mano, de la misma manera que lo hice yo con el queso en el pico.

Y zas. Allí estaba la alimaña de la que antes os hablé, con la zarpa dispuesta y la urna como adarga para perpetrar con maestría un mandoble que ni duele ni se nota pero que te deja en el centro una cicatriz palpitante, tan honda como un precipicio.

Y parece que ha llegado el momento en que vosotros no vais a consentir más afrentas. Han de enterarse los políticos hueros de que jamás soportará Vejez los diezmos de una miseria engalanada con la avaricia de los ricos hombres; que ya no hace falta inteligencia para comprender quiénes se repartieron el tesoro ajeno con la bendición de Roma y sus ministros, necios confabulados que hicieron parte con tinajas ajenas mientras ocultaban las suyas en parajes lejanos, convirtiendo lo que antes llamábamos la tierra prometida en un paraíso fiscal e inaprehensible.

Ay, políticos zorros hideputas y gañanes que supisteis aprovecharos de la credulidad de esta urraca para robarle el queso. Sabed que los aguerridos perroflautas del cabello blanco han reconocido ya vuestra impostura y reniegan de vuestro halago.

Ahora sí que van a caer chuzos de punta.

Antonio M. Morales.

 

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