«Lorca, la correspondencia personal» de Histrión Teatro

Una butaca en Oriente | Antonio M. Morales

Antonio M. Morales reseña Lorca Teatro Oriente Morón

Compañía: Histrión Teatro.
Dramaturgia: Juan Carlos Rubio.
Intérpretes: Gema Matarranz y Alejandro Vera.

Un Lorca dual y único —interpretado al unísono por Gema Matarranz y Alejandro Vera— conquistó el Teatro Oriente. El recurso dramático de la duplicidad (hombre y mujer encarnando al poeta) sirve a Juan Carlos Rubio para construir un personaje no estereotipado en absoluto (como quizás podría esperarse cuando todo el mundo ha oído hablar y ha hablado tanto del protagonista).

Del hallazgo de este protagonismo compartido brota una originalidad en el planteamiento dramático que va a acompañarnos durante toda la función, pues tenemos la suerte de asistir a la revisión de una peripecia vital muy reconocible, pero abordada esta vez desde un punto de vista nada convencional: la biografía se torna ficción, brindando por tanto la escena a todos los creadores que en ella intervienen un paisaje donde lo poético prima sobre lo referencial, y es entonces más visible que lo anecdótico, histórico o documental.

Rompiendo la cuarta pared entran desde el patio de butacas al escenario los dos actores interpretando el comienzo de la Comedia sin título, obra incompleta de Lorca que nos saca a los espectadores de nuestra zona de confort, embobados como estábamos en la ñoñez de una estampa costumbrista (saloncito acogedor con lirios blancos, lámpara de pantalla estampada y mesa camilla a juego con el cortinaje) que se desvanece ante nuestras propias narices para dar paso a un espacio escénico simbólico, donde una gran pared con resortes imposibles (archivadores de tropos y de cartas) esconde en su interior la correspondencia del poeta, el hilván de una trama que se vuelve reivindicativa desde la memoria, y que nos invita a dejar nuestra complacencia para asistir a la verdad del drama, para contemplar el alma del hombre antes que el alma del mito.

 

Lorca,-la-correspondencia-personal---Histrión-6

 

«Venís al teatro con el afán único de divertiros, y tenéis autores a los que pagáis, y es muy justo, pero hoy el poeta os hace una encerrona porque quiere y aspira a conmover vuestros corazones enseñando las cosas que no queréis ver, gritando las simplísimas verdades que no queréis oír»: estas palabras, al principio de la función, colocan al auditorio en una situación desconocida. No sabemos a dónde nos llevan, pero intuimos que el viaje incluirá, como todos los viajes, momentos para la deleitación y momentos para la zozobra donde nos preguntemos qué destino (aunque intuimos el fin) será el nuestro tras convivir con la belleza. Porque rara vez podemos encontrar en un espectáculo tan cercanas la belleza y la muerte.

En algunos cruces nos encontramos con caminos que nos llevan a Madrid, a Granada, a Cadaqués, a Nueva York o a La Habana. El transcurso del tiempo se vuelve prodigio de la luz. Todo sucede delante de nuestros ojos, y cuando acaba la función nos preguntamos cómo ha podido ser. Durante los años 1927 y 1928 el poeta desplegó una intensa actividad que acontece en el escenario como una fe de vida que nos hace testigos del vértigo. De 1927 es Canciones; de 1928 Romancero gitano. Aquélla fue una época convulsa en el terreno personal, donde se acrecentó su enemistad con Salvador Dalí y sufrió alguna ruptura sentimental importante. Quizás todo ello lo llevó a emprender, junto a su antiguo maestro Fernando de los Ríos, un viaje a Nueva York que le movió los cimientos, como se nos movieron a nosotros en el patio de butacas viendo Nueva York proyectada en la impecable camisa blanca —sábana de Holanda— del protagonista.

 

Lorca,-la-correspondencia-personal---Histrión-5

 

Desde su encuentro con la realidad de la metrópolis, con el jazz y con el cine (el recurso de la proyección no es baladí), es desde donde debemos entender la deriva de su poesía hacia los derroteros del surrealismo. Y todo queda tan bien dicho en escena que nos parece que la luz ha tomado la función del narrador, y la magia nos ha alejado del prosaísmo como nos alejan los besos —cuando lo permiten los fascistas— de las tumbas.

Pero la cosa no queda ahí. En cada uno de esos escenarios vitales se producen encuentros con personas que marcaron la vida de Federico: sus padres, Vicenta y Federico, Dalí, Buñuel… Las palabras que conforman la correspondencia personal entre todos ellos son el hilo conductor de la trama, junto a poemas emblemáticos de Romancero gitano, Poeta en Nueva York o Los sonetos del amor oscuro y fragmentos de entrevistas, conferencias y narraciones (como Suicidio en Alejandría o La gallina, donde el registro actoral se acerca prodigiosamente al cuenta-cuentos, y la acción se incrementa, rebajándose la tensión con el efecto burbuja, pues como éste que leen, la fábula se torna paréntesis).

 

PUBLICIDAD
Gran Café Central

 

Los actores, en su vertiginosa adecuación a cada cual, van del personaje al recitado o la canción (el espacio sonoro aporta claridad) sin que se nos haga extraño, sin que nos dé la impresión de estar caminando por calles demasiado transitadas: destaco la erizante interpretación de la Oda a Walt Whitman o del soneto que Lorca dedicó a Rafael Rodríguez Rapún, el secretario de La Barraca con quien vivió su última historia de amor. Y es que quizás el texto se vuelve más doloroso cuando intuimos todo el amor que Lorca no tuvo la ocasión de compartir porque lo asesinaron; cuando, tras contemplar la vitalidad del hombre, despreciamos con más ahínco que nunca a los verdugos que le cercenaron el canto, cobardes ocultos tras la máscara (literalmente tras la máscara —metáfora rutilante y precisa— aparecen los verdugos en la escena).

Definitivamente, las metáforas y los símbolos convierten el escenario en un auténtico poema visual jaspeado por referencias metaliterarias que nos envuelven, con eficiencia de útero, en el universo lorquiano. Son muchos los símbolos que aparecen en escena, pero me quedo con la fuerza de esa navaja que se escapa de la raíz del drama, Bodas de sangre, para permanecer clavada («malditas sean todas, y el bribón que las inventó») en el centro de la tarima y quizás también ya para siempre en la médula de nuestro imaginario teatral.

 
lorca
 

La palabra de Lorca con Histrión Teatro se vuelve más contemporánea que nunca, porque logra que se lea de manera inédita la historia, poniendo énfasis en la necesidad de reivindicar junto a la memoria histórica la memoria sexual de unos tiempos claustrofóbicos en lo que respecta a las opciones sexuales individuales. Y lo consigue poniendo el foco donde muchos aún se empeñan en que permanezcan las sombras.

El investigador Agustín Penón afirma que llegó en 1955 a Granada en busca de la historia de Federico García Lorca y se encontró con «tres gigantes gladiadores: el miedo de la gente a contar lo que sabía, el olvido de las cosas por el paso del tiempo y la fantasía que impregna todo lo que hay a su paso y convierte lo real en invención». Estas palabras refrendan la tesis dramatúrgica de Juan Carlos Rubio, que ha subrayado con la acción la identidad sexual del protagonista, porque cuando asesinaron a Lorca —que le den café— su condición sexual quizás pesó tanto como su posicionamiento político.

Y espectáculos como este nos recuerdan que es una vergüenza y una injusticia que el cuerpo del poeta permanezca aún oculto en alguna de las oscuras cunetas del Franquismo.

Quizás por eso el público ovacionó largamente el espectáculo: porque algunas veces se puede clamar justicia desde la contemplación de la belleza.

Y esas veces son necesarias.

 

Antonio M. Morales.

 

PUBLICIDAD

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *