«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Los relatos

Peccata mundi | José A. Illanes

He pasado muchos años de mi vida cavilando historias que resultaran creíbles y mágicas a la par. Unas las escribía y divulgaba y otras las concebía y olvidaba sin más aspiración que matar el tiempo. Entiendo de muy pocas cosas en la vida, salvo de concebir acontecimientos imaginados que parezcan verosímiles: narraciones, cuentos, leyendas… Soy desde la niñez un fabulador irredento, una especie de incubadora de mentiras literarias y fantásticas. Llámenme embustero, están en su derecho, pero ello me capacita para el siguiente análisis:

Todas las historias o relatos deben tener un componente indispensable: la credibilidad. Mientras más fantástico sea el relato y más creíble resulte, más calará en los receptores y más mérito tendrá su autor. Si por el contrario la historia es imposible, aburre soberanamente o incluso amaga el final, una de dos: o es mediocre y sosa o lo es el autor. O ambas cosas a la vez. En este caso el olvido debe ser la sentencia.

Últimamente, las puras invenciones o historias aplicadas a la ciencia política —generalmente como coartada—, han dado en llamarse relatos. Por no usar la palabra correcta, que es cuento, los medios  llaman relatos a las ilusorias versiones de la realidad que nos refieren los políticos. Salvo honrosas excepciones, todos buscan hacer creíble el suyo y ganarse el favor del electorado. Aquel que imponga su relato —generalmente ficticio— en la sociedad, erigida en juez forzosa del certamen literario-político, resultará vencedor en los juegos florales y será merecedor de los votos y de la palma del triunfo.

España siempre ha sido tierra de grandes cuentistas. En el terreno literario y en el político. Recuerden a Felipe González, a Mariano Rajoy o a aquel gran cuentacuentos que fue Arfonzo. Incomparables maestros del embuste y la fullería, de la patraña y el enredo, aplaudidos por millones de seguidores, amantes de unas ficciones cabalmente pergeñadas, precisas, carentes de fisuras, al menos al principio, porque el político, al contrario que el escritor, pierde facultades con el tiempo y cae fácilmente en la previsibilidad. Pero aquellos prodigios, maestros en el género del cuento político, que descollaron en el Siglo de Oro de la cloacocracia española, ya por ventura son leyenda.

En política vivimos tiempos dominados por la mediocridad narrativa. Los relatos que algunas eminencias pretenden colar al electorado caen por su propio peso, se desinflan en los primeros capítulos, se contradicen, son vulgares y simples; lo que debería ser un relato bien armado, apto para venderse solo, cautivar al votante y aplastar al rival, resulta ser un simple enredo mal pergeñado, una hablilla sin fuste, un cuentecillo sin armazón ni sostén, de mediocre trama y previsible desenlace, una historieta o mentirijilla que degrada al cuentista a la categoría de charlatán. Una tragedia para el género.

José A. Illanes.

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