Manolo Carrión y el luto de su amargura

Eduardo J. Pastor | De frente y de perfil

Manolo Carrión

Se nos fue al cielo —en silencio, sin aspavientos— uno de los jueves grandes. Uno de esos jueves que relucen más que el sol. Se nos marchó el día del Corpus, el día en el que el Sagrario se echa a la calle y el cuerpo de Cristo se hace procesión, latines, incienso y romero.

Manuel Carrión Vargas, con su verdad por delante y su mirada de niño travieso, murió en la madrugada eterna que da paso a la fiesta con la que Sevilla se homenajea a ella misma. Por eso Manolo se ha dado el gusto, el homenaje, de dejarnos sin su presencia oliendo a juncia, a la plata de la custodia, al baile de los Seises y a la cera derretida de los cirios.

 

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Tuve la suerte de compartir con Manolo momentos eternos de tertulia. Conversaciones de cofradías y de la vida. Charlas de cómo entra la Macarena en La Campana y de cómo son los flecos elegantes del paso de palio de los servitas. De las cosas de Paradas y de cómo se pare una hermandad en los años setenta. Las charlas eran largas y las horas se nos hacían cortas.

Manuel Carrión era —lo seguirá siendo en nuestra memoria— la bandera del cofrade íntegro, del que disfruta no sólo con lo suyo sino que le sonríe a lo que se le pusiera por delante. Bien fuera banda de música, bien fuera la lectura del salmo responsorial. Ya fuera entre siseos del montaje del altar que haciendo sonar las campanillas al azar o rodeado de niños organizando a los monaguillos.

 

Amargura de Paradas

 

Y se nos ha ido en silencio. Con el mismo silencio en el que se quedan las calles del pueblo cuando pasa la cofradía, cuando se terminan de desmontar los altares del Corpus, cuando todos ya duermen la siesta. Se nos ha ido en silencio, como le vistieron a su Virgen de la Amargura para despedirlo: en silencio y de negro. De negro, de luto, como Juan Manuel vistió a la Macarena cuando lo de José en Talavera.

Al final, con la muerte de Manolo Carrión se nos hace más cierto que nunca —más rotundo y más triste— la verdad de que el Cristo de la Misericordia —el Hijo que lleva inerte en su regazo la Virgen de la Amargura— se nos ha muerto un poquito más.

 
Eduardo J. Pastor.
Fotos del archivo de la Hdad. del Santo Entierro de Paradas.

 

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