Mi abrazo a Diego del Gastor

Conferencia de Luis Soler Guevara

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Los aficionados, los que nos dedicamos a escribir, a investigar, a estudiar, o sea, a inventariar e historiar el flamenco, salvo excepciones entre las que no me encuentro, estamos muy cortitos en esto de la guitarra. Podemos reflexionar sobre aspectos anímicos y sensoriales del guitarrista, aproximarnos a su perfil humano, posiblemente situar en la historia de este arte al personaje y más que nada abandonarnos a su capacidad de provocar emociones jondas. Es esta última consideración donde tienen sentido estas palabras cuyo título es Mi abrazo a Diego del Gastor.

Son tantas las percepciones que de Diego han expuesto los escritores, poetas y aficionados que se me hace muy difícil decir algo nuevo sobre él, y como no soy músico, esta tarea aún se me hace más cuesta arriba. No obstante, el aroma de este gran guitarrista es tan extraordinariamente rico, que los tiempos convinieron en consagrar su capacidad expresiva, incluso para aquellos que aún sin saber de música nos sentimos tocados por su magia.

Ustedes me van a permitir que estas palabras sirvan de prólogo a ese son maravilloso que Diego institucionalizó, más que nadie, como toque de Morón. Por tanto, intentaré decir algo sobre un hombre que más allá de Andalucía sembró un modo único de hacer sonar su guitarra.

 

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Ilustración de Cristóbal Martín (Osuna, 1931)

 

Su nombre, dicho queda, tan singular como su toque. Antes que a él no recuerdo a ningún otro guitarrista con ese nombre. Parece que la historia del flamenco lo ha reservado sólo para él. Basta con decir sus cinco letras para que todos sepamos de quien estamos hablando, incluso cuando algún guitarrista nos recuerda sus falsetas no podemos evitar como su nombre, levemente, se nos escapa en un susurro. Un susurro más que de admiración casi de adoración a su música.

Diego que no buscaba pero que tampoco huía de las entrevistas, en una ocasión, dijo para TV, que cinco días duró su bautizo. Cinco son las letras que en el mismo le pusieron de nombre. Cinco letras como cinco continentes adonde sus mágicos sones se expandieron. Cinco letras que bien pueden definir y describir su personalidad artística:

D Duende
I Impresionante
E Especial
G Grande
O Original.

Diego tenía mucho duende, su toque era impresionante, su persona muy especial y su arte muy grande y original.

Diego que no era un virtuoso de la guitarra, sin embargo tenía muchas virtudes. Entre éstas, la que más me llamó la atención, la virtud de enamorarnos. De enamorarnos con su profundo y magistral toque festero. La guitarra de Diego pertenece a lo sagrado.

Su toque aunque nacido en este mundo, he dicho que pertenece a lo sagrado. Lo fue tejiendo tal cómo las ostras fabrican su bella obra: a causa de agentes irritantes, casi sin darse cuenta, lentamente, sin prisas, pero de forma inexorable. Su sueño, leyenda viva de una época que se resiste a morir con el comienzo del nuevo milenio, sigue estando vigente y destaca en ese desierto de fantasmas que día a día surgen en la galaxia flamenca del oportunismo y el oropel.

 

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Quiero interpretar que, para Diego, el flamenco nunca fue sólo un espectáculo o un bien de consumo, es más, creo que cuando éste se torna así queda devaluado. Para Diego el flamenco es una cultura de siglos. Es una forma de pensar y sentir ante la vida. Una forma de expresar las vivencias y de comunicarlas a los demás mediante la lírica.

Quiero seguir asido a esa concepción intimista del flamenco cuya mayor alcance es la expresión más auténtica de las vivencias y tradiciones conformadas en lírica popular. Quiero seguir enganchado a ese carro de pasiones diversas que despiertan y alimentan esta cultura andaluza. Quiero seguir abrazado a Diego del Gastor, a su magia y a su imperecedero encanto. A su peculiar forma de sentir el flamenco. Quiero seguir amarrado a esa bandera aunque no me gusten los abanderados.

No quiero distraer ni un solo minuto de este tiempo en la crítica del consumo que devora cuantas músicas surgen del corazón de los seres humanos. No obstante diré, parafraseando un poema de Brassens: “A la gente no gusta que, uno tenga su propia fe”. Esta es una cuestión en la que hoy no debo detenerme, la que estimo genera actitudes y conductas respecto del cómo entender también el flamenco.

Diego es más fondo que forma. Yo amo más el fondo y la ética de las cosas que las formas y la estética de las mismas, pero se me hace imposible prescindir de estas últimas. Quizás por ello estas palabras aunque se sitúen en el borde de la pasión no impliquen un alejamiento de lo meramente racional.

Mientras en esta tierra andaluza sigan surgiendo Diegos del Gastor, mi corazón seguirá navegando hacia los senderos que buscan el camino de lo majestuoso en este arte flamenco. Su providencial figura, además de un canto a la vida, fue un canto al amor, un reto a lo imposible; un desafío a eso que se llama arte, y pese a que el alma me queme seguiré abrazado a ese son.

 

Diego-cantando-con-Anzonini
Diego canta. Anzonini del Puerto, atento, al fondo.

 

Diego del Gastor, también fue Diego de Arriate, Diego de Ronda, Diego de Morón, de Utrera, de mil geografías flamencas, porque Diego era de todos. De todos aquellos que una noche de emociones jondas descubrimos su talento musical y su forma tan personal de acariciar la guitarra.

Diego pese a que apenas salió de su casa –cuando lo hizo, Utrera y su campiña era su lugar preferido de peregrinación–, ha generado afición en cientos de personas, que nacidas, incluso en el extranjero, decidieron vivir sus días entrañados a esta cultura. En éste –más que quehacer–, devocionario sentido de una sensibilidad que impresionaba, creo que nadie le superó. En el del Gastor todo era natural. Fue maestro de muchos que ni pidieron ser sus alumnos. A los que de seguro trataría de inculcarle e impregnarle de esa máxima popular: No hay mayor universidad que la vida. Y en ésa, Diego se doctoró.

Diego ha sido un gran embajador especialmente en Norte América. Sorprendentemente era casi tan conocido en California como en Andalucía. Personas de gran relevancia en mundos tan diversos como Bergamín, García Ulecia, Pohren, Steve Kahn, Roger Klein, Wiliam Davison, Estela Zatania etc., descubrieron un cúmulo de sensaciones al calor de un hombre cuyo hechizo les cautivó para siempre.

Ello tuvo lugar sin que Diego viajara por esos otros escenarios del mundo tan dado para la proyección de tantos y tantos artistas. Por eso la figura y singularidad de Diego del Gastor en el mundo del flamenco no sólo hay que localizarla en sus cualidades artísticas, sino también en su faceta de embajador de una concepción muy peculiar e intimista del flamenco.

Sus citas, casi siempre marcadas en restringidas actuaciones y cientos de encuentros en su Morón flamenco, estaban repartidas para Juan Talega, Manolito de María, Perrate, Joselero, Fernandillo, Curro Mairena, Bernarda, Enrique Méndez y pocos más, pero sobre todo para su musa Fernanda de Utrera.

 

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El historiador moronense Juan J. García López, nos revela esta información: “en el Japón su estilo está pedagógicamente sistematizado en los conservatorios; en Nueva York existe una escuela de guitarra que estudia sus formas y modos artísticos. Esta escuela lleva su nombre, o sea escuela de Diego del Gastor”.

Si, Diego creo una escuela, aunque reducida en su repertorio, distinta y rabiosamente actual. Sus falsetas y variaciones, tremendamente estremecedoras, construidas y expresadas con un encanto profundamente jondo, no han pasado inadvertidas para muchos que incluso no le dan ese valor añadido. Los que se han limitado a poner en cuestión, no su flamenquería sino su armazón y sostén técnico, y los que, a mi modesto entender, han estudiado mucho y no han sabido comprender el nexo de una música ancestral en su expresión más genuina.

Además, lo que de valor cobra la obra de un artista, con ser ya importante lo que hace, es el cómo lo hace. Diego, además de un gran talento, tenía una intuición y un corazón especial para provocar músicas. Capturaba de viejas cancioncillas, de antiguos estribillos, incluso de piezas de la música clásica, fragmentos para incluirlo en su repertorio dotándolos de una flamenquería fuera de lo común. Lo hacía a su manera, o sea, distinto a todos.

Quizás esa denominación de origen sembró no pocas envidias, las que se caen por su propio peso ya que Diego ni se echó al profesionalismo ni tampoco hizo competencia con los afamados guitarristas de su tiempo. Él sólo intentó expresarse desde su sensibilidad, y bien que lo consiguió.

Así lo prueban sus impresionantes aguijones en los compases de la soleá; sus entrecortados silencios en el mundo de la siguiriya; sus resoluciones musicales en el paseo malagueñero que Ramón Montoya grabara en 1910 para el acompañamiento del Niño de la Isla. Los arreglos y combinaciones para aflamencar a los aires festeros una de las piezas más hermosas de la música clásica: Para Elisa de Beethoven, y del que os he traído este fragmento:

 

 

Diego todo lo que tocaba le ponía su alma. Sin alma no se puede sublimar el arte. El arte es una mezcla de las cualidades expresivas del artista y del dominio y conocimiento de la técnica. Por eso cuando algunos entendidos de forma intencionada le quieren restar importancia al toque de Morón, rápidamente, se escudan en su déficit y carencias técnicas, defendiendo lo bien hecho; valorando casi únicamente lo técnicamente perfecto, y olvidando la esencialidad de los átomos de sustancia flamenca depositados por el artista para generar deleite.

Diego era muy delicado. Tenía y sentía un profundo respeto por el flamenco. Gustaba del silencio y de la quietud, no de los aplausos del respetable ni de las voces de aquellos que se querían hacer notar jaleando a destiempo, y a los que continuamente reclamaba silencio con sólo una palabra: oído, oído… Sus actuaciones iban precedidas de una gran elegancia y su saber estar era casi religioso.

Para él, ésta era la regla de conducta a seguir mientras se ejercitaba el rito del cante y del toque. Una mosca le podía molestar. Y ello no era por consecuencia de que su persona fuese muy quisquillosa, que en alguna medida lo era, sino por consideración hacia este arte.

A Diego era tanto lo que le gustaba el cante que, a veces, él mismo buscaba arropes en la tradición familiar para interpretar algunos estilos de soleá. Entre estos los que cantaba su padre, y a los que él llamó, junto con su cuñado Joselero, cantes de la Sierra de Grazalema.

 

Diego del Gastor. Pintura de Patricio Hidalgo
Diego del Gastor. Ilustración de Patricio Hidalgo (Ibiza & La Puebla de Cazalla, 1979)

 

Ustedes saben que Grazalema es un pueblo de Cádiz cuya sierra entronca con Arriate, Ronda y El Gastor, ciudades en las que Diego nació, se bautizó y vivió en su niñez. Esos cantes, que él decía eran de su padre, no se han perdido gracias al apego que Diego sentía por la lírica popular andaluza.

Pues bien, esos cantes, se los enseñó a Joselero, y posteriormente fueron depositados en ese gran artista que es Juan Peña el Lebrijano. Lo que pone de relieve que Diego, además de guitarrista, fue un transmisor de cantes.

No podemos precisar pero si intuir que esos viejos sones soleaeros, posiblemente originados en esa comarca, se incardinan con las soleares de Anilla la de Ronda, cantaora y guitarrista, a la sazón familia de Diego. Anilla, de apellido Amaya, de raza gitana como Diego, fue admirada como una cantaora de soleares.

Una interpretación nada descabellada de estos sucesos nos hace decir, que esos cantes recuperado por Diego tienen casi un siglo y medio, y la tradición familiar nos lo ha acercado a este hoy.

Esta es una muestra más entre cientos, entre miles de sones, que con cierta justeza me atrevo a precisar, la evolución de los tiempos ha ido conservando y puliendo a lo largo de los años, lo que pone de manifiesto la grandeza de esta música culta del sur sin precedentes en la historia de la civilización. Diego Flores Amaya es un eslabón más de esa cadena cuyo alcance nos ofrece una perspectiva de siglos.

 

 

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Diego con Curro Vera y vecinos del Barrio de Santa María en Morón.

Dicho esto conviene resaltar que Diego fue un gran aficionado al cante, cualidad ésta que no se da últimamente con mucha frecuencia en los nuevos valores que han surgido en la guitarra flamenca, a los que la técnica domina sus buenos haceres, pero a los que el corazón, motor de emociones jondas, les queda en muy segundo plano.

Al hilo de este último apunte quiero ofrecer unas reflexiones que exponen el contraste entre la guitarra de Diego del Gastor y la nueva concepción que del flamenco tiene la mayoría de muchos grandes guitarristas flamencos cuyo prestigio no voy a descubrir, y mucho menos a censurar.

A modo de ilustración quiero señalar determinadas improntas que se manifiestan en el toque de la guitarra. La tendencia a incrementar el ritmo. La velocidad en la producción de notas. Hoy hay excelentes guitarristas que se comen la guitarra pero que no la digieren. Son capaces de meter diez notas en un segundo, pero incapaces de provocar un silencio que te aprisione el alma.

Los silencios no son la negación de la música, sino su contraste más exquisito. La música es la organización que expresa la combinación de los sonidos y los silencios. Los silencios son el espacio que llena nuestro sentir de reflexiones. Sin esos silencios se ofertan menos espacios de reflexión y por tanto no se degustan en su plenitud los momentos sublimes del toque. Diego tomó mucha distancia respecto de esta concepción o corriente de entender este maravilloso mundo del toque.

Diego sintió la necesidad imperiosa de transmitir su arte. Para ello tenía que interpretar y sobre todo digerir lo que quería hacer llegar a los demás. En la mente de todo artista hay algo que está siempre muy presente, la comunicación de su mundo, de su obra y de su arte.

 

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Digerir es también meditar de forma cuidadosa sobre una cosa para entenderla. A nadie se le ocurre tomarse un café hirviendo porque además de quemarse no le saca sabor. Es decir la acción de tomar café, necesita de los espacios de reflexión para degustar lo que se está ingiriendo. Cuando hablamos de sonidos armónicos, y aunque el oído humano, en tanto que receptor de escucha, está preparado científicamente para acopiar de forma instantánea la producción de éstos, su almacenaje y entendimiento requieren de un espacio temporal para su deleite.

Teorizando al absurdo. Si un guitarrista llegara a juntar de forma instantánea todas las notas en una sola, obtendríamos la negación de la armonía y por tanto de la música misma. Sólo podríamos percibir y apreciar un único ruido.

A mayor aceleración en el ritmo los silencios se hacen más cortos. Casi imperceptibles podría afirmar. A menos silencios, menos sosiego y menos reflexiones. Creo que es cierto afirmar que para dejarse embelesar por las notas de una guitarra flamenca se requiere un gran sosiego. Sin esta predisposición es imposible percibir todo su aroma.

Tomemos ejemplo con un cante por soleá. La interpretación del son cuando llega al sumum no es en la arrancada del tercio hacia arriba, sino en la conclusión del mismo, en ese tránsito hacia su final, o sea cuando se va cerrando el cante. Levantar la voz es relativamente fácil. Lo verdaderamente dificultoso es mantener su escala descendente, el sostenido. En esos espacios, en esos silencios, se localizan los mejores sabores y gustos. En la guitarra también se da esta catarsis, sostener las nota es mucho más dificultoso que elevarla. Este último creo que fue el mundo de Diego.

Otra corriente que se manifiesta hoy en las formas de la guitarra flamenca es la construcción de falsetas muy extensas junto a la acción cantaora: la tendencia al concierto. En esta situación la guitarra de acompañamiento per sé, no debe asumir la misión de sujeto principal de la oración flamenca sino la de complemento en la misma. Ello será así cuando el guitarrista actúa solo, pero cuando ejecuta el acompañamiento del cante debe acoplarse a éste. Es decir ofrecer diálogos y caminos para que el cante se manifieste en su mayor plenitud.

 

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Joselero, Steve Kahn y Diego en Morón, 1967. Foto de Chris Carnes.

La acción de cantar, de tocar en el caso del guitarrista, necesariamente, es producto del registro del artista. Ese registro almacena un caudal de diálogos que tanto cantaor como tocaor devienen en establecer a partir del sujeto principal, el cante. Digo el cante no el cantaor.

Fijaros bien lo que dijo Fernanda de Utrera, respecto de Diego del Gastor en una entrevista que le hicieron: “Diego y yo formábamos la pareja que mejor se ha compenetrado en el flamenco. Cada uno estaba enamorado del arte del otro. Yo era las cuerdas de su guitarra y él la queja de mi voz”. Y concluye Fernanda. “Nadie ha sabido arrancar lo que yo llevo dentro como Diego el del Gastor”.

Otra cita en esta ocasión de Francisco Ayala en un lúcido análisis de la figura de Diego afirma: “El toque de Diego contiene más alma, más duende que el toque de cualquier otro guitarrista flamenco hoy día. Diego no se adhiere a la corriente moderna de la velocidad y el lucimiento personal, admitidamente necesarios para aquellos que deben competir en el ambiente comercial del flamenco. Por el contrario, retiene tenazmente la sencillez de los tiempos pasados, antes de que la guitarra flamenca se convirtiera en un instrumento de virtuosismo, cuando todavía era fundamentalmente un medio genuino y primitivo de expresar lo hondo”.

En modo alguno exagera el gran aficionado moronense. Diego es así, ni compite ni se siente competidor. Sólo expresa un modo de ser, una forma de sentir, de vivir, una manera de hacer flamenco, la suya, ni peor ni mejor que otra, pero diferente. Y esa diferencia, fundamentalmente, se localiza en el alma que le pone a todo lo que toca.

Quizás esta frase puede alimentar confusión en algunos aficionados no muy iniciados, ya que pensarán que todo artista pone su alma en lo que hace. Ese es un dato tan cierto como el que todos los que practican un deporte quieren ganar, pero no es menos cierto que sólo uno lo consigue. Permítanme esa metáfora: Ése es Diego. De él señalaba al principio que tiene la gran virtud de enamorarnos con su arte.

 

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El toque de Diego es como un río; misterioso y enigmático del que nunca podremos averiguar como vierte sus aguas a tantos mares y océanos.

Permitánme también exponer la siguiente reflexión. Hay quienes se acercan a la flor sólo para ver sus colores. Por cambio otros gustan además de sus olores. Hay quienes se acercan al mar para mirarlo y sólo logran ver su superficie. En cambio otros además desean conocer su fondo. Diego es como esa flor que únicamente muestra en el fondo de ese mar su verdadero perfil y aroma.

A raíz de esta consideración me pregunto: ¿Para qué detenernos en las apariencias de las cosas, en sus formas, por qué no penetrar hasta el fondo de las mismas? La guitarra de Diego es como ese mar profundo y cálido cuyos sabores y placeres sólo se pueden paladear y sentir a través de sumergirse en sus aguas, de abandonarse a sus notas.

Mi abrazo a Diego del Gastor tiene, necesariamente, que ocuparse de estas consideraciones. Ahora, desde la perspectiva de los años pasados, aunque difícil se hace no caer y enterrarse en ese pozo en donde el tiempo da lugar a la nostalgia idealizando los ayeres, siento que mi corazón lo recuerda -tal vez también por los muchos actos que se vienen celebrando en su centenario-, con más fuerza que nunca. Diego se nos fue hace treinta y cinco años. A mi más que un enorme vacío me dejó un mundo de magias que fui descubriendo, lentamente, al igual que las ostras fabrican su bella obra.

 

Diego del Gastor con guitarra

 

Mi abrazo a Diego del Gastor es un abrazo más. Un abrazo más entre los muchos que comparto con cientos de aficionados, cuyas sensibilidades destacan el hecho diferencial y singular de un artista que nació asido al vientre de una guitarra, que supo recorrer una a una sus seis cuerdas para provocar unas emociones tan fascinantes como insólitas.

Mi abrazo a Diego del Gastor, no es una despedida sino un encuentro. Un encuentro nada fugaz con un artista, cuyo mayor tesoro fue cautivarme. De cautivarme para siempre con esta música tan extraordinariamente rica extraída por las mujeres y hombres de la sustancia de los siglos.

Mi abrazo a Diego del Gastor, significa también mi más sincero reconocimiento a esta cultura andaluza que tanto me ha dado. Mi abrazo a Diego es mi abrazo a un arte que siembra pasiones, que derrama emociones y mueve envidias a lo ancho y largo del mundo entero.

Muchas gracias por su atención.

Conferencia para la Universidad Pablo Olavide en Carmona. 3 de julio de 2008.
Luis Soler Guevara.

 

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One thought on “Mi abrazo a Diego del Gastor

  1. Cuando se habla con el corazón se escucha con el alma. Diego te enamoraba como si fueras un niño, te embrujaba con su toque genuinamente gitano y te envolvía en un sonido único.

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