Poblet y nuestra memoria en pantalones cortos

Eduardo J. Pastor | De frente y de perfil

Helados Poblet

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Llegaba con las primeras calores —que es más que el calor y menos que los colores— y se iba en cuanto pasaba San Miguel. Poco antes de que empezara la Semana Santa, los chiquillos íbamos corriendo a la calle Larga para comprobar si era cierto lo que habíamos oído en la Plaza: ya está ahí Poblet. Y nos dejaba huérfanos de sus helados y sus polos en cuanto terminaba el veranillo de los membrillos. Y a esperarlo otro año jugando al esconder los chavales y a los fondos las chicas.

 

Su nombre era Francisco Poblet Jerez y venía a nuestro pueblo desde su Jijona natal, desde Alicante, provincia de turrones, de helados y de horchatas de trufa. Desde Alicante, la provincia que supo reunir en sus obradores los sabores de árabes y romanos, de París y de la Playa de la Malvarrosa en unas recetas de helados que llevan sello propio y nuestra memoria del paladar.

Porque Poblet, con su gorra de capitán de barco, está anclado en la retina de la memoria de los que empezamos a peinar canas. Es nuestra memoria de niños de pantalones cortos y postillas en las rodillas. Paco Poblet era una estampa costumbrista en nuestras calles, un dibujo en colores crema tras su mostrador de metal, manejando las espátulas y las pinzas para las bolas de los cucuruchos como los banderilleros del Levante, como en un ritual pagano.

 

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Echo la vista a atrás y la boca me sabe a un vasito de cinco duros de vainilla en la Plaza de los Patos o sentados en el suelo, en cualquier calle, jugando a los cromos. Miro atrás y el recuerdo es granizada y el cuchillo romo pinchando con arte la galleta de barquillo de un corte de turrón.

Echo la vista atrás y me veo vestido de nazareno, sentado en los escalones de la calle Larga cuando Jesús Nazareno y la Virgen de los Dolores se recreaban en la puerta de las monjas. Echo la vista a un día de feria de un mayo demasiado lejano y me veo con un cucurucho en las manos esperando a que se encienda el alumbrado.

Echo la vista atrás y no veo a Poblet. Ahora lo escucho a la hora de la siesta en la que las calles ardían y Paco hacía sonar la bocina de su carrito, y nos regalaba la gloria. Y es que el recuerdo de Poblet huele a turrón y tiene el sabor de nuestra niñez.

 

Eduardo J. Pastor.

 

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