«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Pruna. Atalaya de Sevilla

Siguiendo el trazado de una angosta carretera que encierra la virtud de confundir al viajero, pues no se sabe a ciencia cierta si sube o baja, desembocamos en Pruna.

Siguiendo el trazado de una angosta carretera que encierra la virtud de confundir al viajero, pues no se sabe a ciencia cierta si sube o baja, desembocamos en Pruna. A uno y otro lado del camino los serrijones y las carrascas atosigan al caminante y flanquean los senderos y las vaguadas por donde antaño galopaban los bandoleros, henchidos de libertad, ambiciones y quimeras, con una traición escrita en el filo de la navaja y una pasión destellando en las pupilas.

Amores arrebatados, ofensas nunca resarcidas, relinchos de caballos al atardecer que se pierden en la sierra, en esta sierra donde la luna y las sombras evocan sin remedio los cabellos negros de una mujer, el quejido hondo del desamor, el furor causado por las pasiones rechazadas en el encaracolado de una reja andaluza adornada con arrayanes que encarcelan los ojos negros de una gitana. Galope de caballos bandoleros evoca esta sierra. Redobles de libertad, sones de fandango, versos de copla, aromas de jazmines blancos en el pelo negro.

Viendo en la plaza del Ayuntamiento el monumento al emigrante, porque Pruna, como los pueblos de la Vía Verde, es un pueblo de emigrantes, el viajero puede tomar idea de la dolorosa nostalgia padecida por los que abandonaron este lugar en busca de sustento llevando en la sangre unas tradiciones tan hondas y tan suyas. Todos los emigrantes sufren en la distancia, pero mucho más aquéllos que, como los de Pruna, dejan atrás no sólo una tierra, sino una profunda y digna cultura, la obligación de mantener intacto un pasado, de conservar frescas las raíces de un árbol único a cuya sombra deben reposar las generaciones venideras.

Todo en Pruna es personal, y tal vez por ser un pueblo fronterizo con el antiguo reino nazarí de Granada, que en los siglos XIII y XIV cambió de manos varias veces, o porque posteriormente las conveniencias políticas lo llevaran de un dueño a otro, se haya empeñado contra viento y marea en conferir a las tradiciones comunes a los pueblos andaluces su particular punto de vista, una nota de color, de caprichosa particularidad, que las haga diferentes a las demás sin perder el origen, ni la esencia ni el fin con las que todas nacieron.

Esta sierra de Pruna tiene la virtud de embriagar al viajero y de conmocionarlo con todo lo intangible que Andalucía atesora en sus crepúsculos milenarios, tal vez porque los orígenes de Pruna se pierden en la noche de los tiempos, y las almas de los hombres que aquí vivieron y murieron parecen deambular sin miedo a los vivos entre los chaparros y las encinas. Aquí estuvieron hace milenios los iberos túrdulos y también los griegos, que la llamaron Prunna, acuñando una moneda en cuyo reverso figura ese nombre junto con dos espigas y en el anverso la imagen de Hércules, como puede verse en una custodiada en el Museo Municipal de Marchena. Dice Rodrigo Caro que prunna significaba en griego navío, y sólo después de subir a lo alto de las montañas y contemplar desde allí el horizonte, puede el viajero apreciar la inspiración del poeta, pues desde las alturas, que es desde donde los poetas miran el mundo, el infinito paisaje de serrijones ondulados semeja un mar mecido por el viento, y en medio de él, como la vela de un navío solitario, una gigantesca roca sobre cuya cumbre se levanta orgulloso el castillo de Hierro.

De Pruna no puede marcharse el viajero sin conocer el agua de la fuente de la Sarna, muy afamada por sus propiedades únicas y casi milagrosas, y mítica en su día por usarse como ungüento contra el mal de la sarna, tan común entre nuestros abuelos. Tampoco sin visitar la fuente del Pilarillo, junto al castillo de Hierro, de la que mana agua fresca en abundancia y cuya procedencia se atribuye a un manantial interno que hay en la fortaleza y que forma parte de la leyenda, como aquellos moros que se arrojaron al Sanguino engañados por las argucias del rey Alfonso.

JOSÉ A. ILLANES. La trastienda de la memoria. Viaje a los los pueblos del entorno de la Vía Verde de la Sierra.

 


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