Pruna, atalaya de Sevilla

Una sierra que evoca el galope de caballos bandoleros

Pruna en La Trastienda de la Memoria

Siguiendo el trazado de una angosta carretera que encierra la virtud de confundir al viajero, pues no se sabe a ciencia cierta si sube o baja, desembocamos en Pruna. A uno y otro lado del camino los serrijones y las carrascas atosigan al caminante y flanquean los senderos y las vaguadas por donde antaño galopaban los bandoleros, henchidos de libertad, ambiciones y quimeras, con una traición escrita en el filo de la navaja y una pasión destellando en las pupilas. Amores arrebatados, ofensas nunca resarcidas, relinchos de caballos al atardecer que se pierden en la sierra, en esta sierra donde la luna y las sombras evocan sin remedio los cabellos negros de una mujer, el quejido hondo del desamor, el furor causado por las pasiones rechazadas en el encaracolado de una reja andaluza adornada con arrayanes que encarcelan los ojos negros de una gitana. Galope de caballos bandoleros evoca esta sierra. Redobles de libertad, sones de fandango, versos de copla, aromas de jazmines blancos en el pelo negro.

 

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Pruna desde el cerro del Castillo del Hierro. Detrás, la Sierra del Tablón. Foto: Wikipedia.

 

Esta sierra de Pruna tiene la virtud de embriagar al viajero y de conmocionarlo con todo lo intangible que Andalucía atesora en sus crepúsculos milenarios, tal vez porque los orígenes de Pruna se pierden en la noche de los tiempos, y las almas de los hombres que aquí vivieron y murieron parecen deambular sin miedo a los vivos entre los chaparros y las encinas. Aquí estuvieron hace milenios los iberos túrdulos y también los griegos, que la llamaron Prunna, acuñando una moneda en cuyo reverso figura ese nombre junto con dos espigas y en el anverso la imagen de Hércules, como puede verse en una custodiada en el Museo Municipal de Marchena.

 

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Dice Rodrigo Caro que prunna significaba en griego navío, y sólo después de subir a lo alto de las montañas y contemplar desde allí el horizonte, puede el viajero apreciar la inspiración del poeta, pues desde las alturas, que es desde donde los poetas miran el mundo, el infinito paisaje de serrijones ondulados semeja un mar mecido por el viento, y en medio de él, como la vela de un navío solitario, una gigantesca roca sobre cuya cumbre se levanta orgulloso el Castillo del Hierro. Sí, es posible que entre aquellos griegos antiguos que llegaron a Pruna hubiera algún poeta capaz de ver el agua en la tierra, y en la roca la vela de un barco henchida por el viento, otro Rodrigo Caro dibujando paisajes con las palabras, haciendo historia con la imaginación. Puede nacer ahí el topónimo del pueblo más alto de la provincia de Sevilla.

 

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Pruna, población. Foto: Wikiwand.

 

En ello coincide el pruneño Francisco M. Moreno Gavilán, cuando me acerco a preguntarle sobre la conocida leyenda del Castillo del Hierro. Paco, como a él le gusta ser llamado, atesora en su casa gran documentación sobre Pruna. La guarda con gran esmero, pulcra y clasificada, como se guardan los recuerdos más dulces o las epístolas de los amores más apasionados. Es de esos hombres enamorados de los horizontes, de los amaneceres, de la luz del lugar donde viven, capaces de intuir la historia tras el velo del tiempo, amante de los libros y de las palabras, de la placentera tertulia y del intercambio de conocimientos.

Apunta Paco que algunos autores ven en el nombre de Pruna una incuestionable similitud con el término francés “prune”, que en esa lengua significa ciruela, y como quiera que con la variedad de las endrinas, fruto del endrino —Prunus espinosa—, se elabora en esta villa un incomparable pacharán siguiendo métodos tradicionales, pudiera ser que el nombre derivara de la sana costumbre de macerar las ciruelas con aguardiente anisado hasta darle al pacharán el punto inconfundible que aquí consiguen.

 

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Bodega El Callejón en Morón

 

Paco, además de maestro es agricultor. Ama la historia como ama la tierra, y con el fruto de los ciruelos endrinos que crecen en los campos pruneños, elabora personalmente un pacharán inolvidable, como es costumbre entre los lugareños. Me sirve una copa mientras me sumerge en las leyendas y en el pasado de Pruna con el don y la facilidad de los trovadores medievales. Le pregunto por la historia inverosímil del Castillo del Hierro, que oí contar en los tiempos de mi juventud, de labios de un maestro entrañable, un hombre desatinado por la labor de inmortalizar las leyendas antes de que el caballo de los tiempos las aplaste para siempre con los cascos del olvido. Curiosamente me la confirma palabra por palabra.

 

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Castillo del Hierro. Foto: PMD Morón.

 

El Castillo del Hierro se levanta orgulloso, con aires de inmortalidad, sobre una roca inexpugnable. Si el castillo de Cote, en Montellano, ya parecía obra de las águilas, a éste sólo ellas se atreven a subir, pues el camino es tortuoso y prácticamente perpendicular. Es inabordable desde el punto que se intente. Ni siquiera con paciencia y medios técnicos podría llegarse hasta las puertas con relativa entereza, cuánto menos con el enemigo en las murallas dispuesto a defender su vida. Ésa fue la situación que hallaron al llegar aquí las huestes de Alfonso XI en 1327: una cima tan inalcanzable como el más alto de los sueños, mucho más lejana que la utopía de recuperar Granada para la cristiandad. Descartada la utilización de la maquinaria bélica, a prudente distancia, las huestes castellanas optan por la única solución posible: el sitio. Los moros, desde lo alto de las almenas, confiados en la privilegiada posición de una cota que se defendía sola y sin apenas esfuerzo, mantienen el cerco y amenazan con prolongarlo hasta que la inactividad y el aburrimiento carcoman la moral de los castellanos, que precisarían un ejército mucho mayor para tomar la fortaleza.

 

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Fotografía de Paco Moreno Gavilán.

 

Pero los de Alfonso, inasequibles al desaliento, lo intentan todo, hasta el engaño, y una madrugada oscura preparan a los machos cabríos que habían requisado en la comarca y les atan antorchas a los cuernos. Rodean la roca y con gran estrépito los encaminan hacia el castillo. Los de arriba, viéndose cercados por lo que suponían miles de soldados, lo vieron todo perdido, y temiendo caer vivos en manos del enemigo, se arrojan desde las murallas al vacío, por la parte que da al tajo. Desde aquella noche, el arroyo que transcurre al pie de la roca se conoce como arroyo Sanguino, dicen que por la gran cantidad de moros que vertieron en él su sangre.

Piensa Paco que este último dato forma más parte de la leyenda que de la historia, pues la distancia que separa del tajo al arroyo Sanguino hace imposible la caída de los moros a las aguas. Bien es verdad que pudieron darse escaramuzas sangrientas en sus orillas, pero es muy cuestionable que su nombre obedezca a la trágica noche en que la guarnición del Castillo del Hierro prefirió la inmolación a la ignominia de la derrota.

 

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El viajero mira con nostalgia las alturas donde se alza el castillo y se imagina el antiguo pueblo de Pruna, desparramado por las laderas, buscando pausadamente el camino de Ronda. Si la población hubiera seguido asentada al pie de la fortaleza, no habría en Andalucía otra villa que se le pudiera comparar en interés paisajístico. Aun así, es un pueblo entrañable, de ésos que invitan a pasear por sus calles a la hora de la siesta, al amparo del silencio y de la cal de las paredes.

Para comer es idóneo el restaurante Albinilla, donde una cocinera excepcional prepara como nadie las carnes a la brasa, los rollitos de rosada, las tartaletas de lenguado y las milhojas de salmón, aunque aquí en Pruna el viajero se sentirá satisfecho en cualquiera de los lugares donde entre, no sólo por la hospitalidad de los vecinos, sino también por la excelente relación calidad-precio. En el Villalba y en el Bar Conejo tiene que probar los caracoles y las cabrillas, en el Miramar y Los Ratones Coloraos, las carnes a la brasa; en el mesón El Huerto, los flamenquines y los rollitos del Huerto; en el Casino, el salmorejo; en la Bodega Herrera los filetes a la pimienta y el rabo de toro; si gusta de la comida internacional, el The Sun Flower, en la avenida Pablo Iglesias, ofrece un ambiente relajado y cordial donde descansar del camino.

 

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Hijoputa. Foto publicada en el libro «Cocina de siempre», de Manolo Rincón.

 

Aquí en Pruna, como en todos los pueblos de la Vía Verde, la gastronomía se agarra desesperadamente a la tradición, no en vano estas tierras dan un zumo de oliva con denominación de origen difícil de igualar en toda Andalucía. Es imperdonable marcharse de este pueblo sin probar el hijoputa, un ancestral aliño de cebollas con sal, vinagre y aceite de oliva, ideal para reponer las fuerzas perdidas en la caminata y entrar en calor en los meses de invierno. También a base de cebollas se hace la mollá, mezclada con abundante pan. La moraga de pimientos y salpicón de cardos están exquisitos, y también el picadillo de naranjas, igual que la sopa de aceitunas y la de espárragos. Haciendo guisos, los pruneños son inimitables; el viajero no olvidará fácilmente el guiso de papas que hacen aquí. La carne de puerco dorada, con clavos, canela y zumo de limón deja para siempre en el paladar el sabor de la sierra y es un homenaje al familiar arte culinario de nuestras abuelas. En cuestión de dulces se llevan la palma los pestiños y el polvorón de almendras.

Hay otros muchos platos típicos de Pruna cuyas recetas recoge paso a paso el maestro cocinero Manolo Rincón, en su libro Cocina de siempre. A pesar de su juventud, el maestro ha sabido captar y describir paso a paso y con envidiable pericia las recetas más simples, sabrosas y antiguas de estos once pueblos que, como uvas frescas y verdiblancas, se arraciman en torno a la Vía Verde.

 

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Mollá. Fotografía del libro «Cocina de siempre», editado por el Consorcio Vía Verde.

 

Todo en Pruna es personal, y tal vez por ser un pueblo fronterizo con el antiguo reino nazarí de Granada, que en los siglos XIII y XIV cambió de manos varias veces, o porque posteriormente las conveniencias políticas lo llevaran de un dueño a otro, se haya empeñado contra viento y marea en conferir a las tradiciones comunes a los pueblos andaluces su particular punto de vista, una nota de color, de caprichosa particularidad, que las haga diferentes a las demás sin perder el origen, ni la esencia ni el fin con las que todas nacieron.

La Semana Santa en Pruna se reviste con tintes de humildad y pragmatismo, colorido y devoción a unas costumbres hondamente arraigadas en el pueblo. El pruneño se aparta espontáneamente del lujo y la pluralidad que caracterizan a otros pueblos, y principalmente a las grandes urbes, para convertir su semana de pasión en una metáfora de Dios mismo. Todas las imágenes que procesionan en Andalucía representan al mismo dios y sin embargo todas son distintas; en Pruna, el mismo Jesús, atado y cautivo, procesiona la noche del Jueves y, con el madero al hombro, el Viernes de mañana, y es el crucificado y posteriormente amortajado el que preside las calles de su pueblo bajo un manto de estrellas primaverales la noche del mismo día.

 

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Cristo de la Vera Cruz. Foto: hermandadpuraylimpia.com

 

El Cristo de la Vera Cruz es una magnífica talla de comienzos s. XVIII, de la más pura escuela italiana. Tiene la peculiaridad de ser articulado en sus hombros, de modo que el Miércoles Santo sale de la iglesia de San Antonio Abad en Vía Crucis cargado por los lugareños para penitenciar por las calles de su pueblo y el Viernes lo hace crucificado en la procesión del Calvario, seguido fielmente por la Virgen de los Dolores. Esa misma madrugada es descendido de la cruz por los vecinos de Pruna en la plaza del mismo nombre y acomodado en una urna transportada por muchachas vestidas de luto en medio de un sepulcral silencio interrumpido tan sólo por las palabras del sacerdote rememorando los momentos críticos de la Pasión. Juventud pruneña leal a una fe y a una tradición que admiraron en sus abuelos y que están dispuestas a conservar intacta a pesar del empuje arrollador de los tiempos. El paso de Cristo, llevado en parihuelas, procesiona entonces despojado de Dios, en solitrario, con la cruz y el sudario. Aquí en Pruna, donde las tradiciones sobrenadan en la sangre, el privilegio de descender al crucificado en plena calle es un legado que pasa de padres a hijos.

Viendo en la plaza del Ayuntamiento el monumento al emigrante, porque Pruna, como los pueblos de la Vía Verde, es un pueblo de emigrantes, el viajero puede tomar idea de la dolorosa nostalgia padecida por los que abandonaron este lugar en busca de sustento llevando en la sangre unas tradiciones tan hondas y tan suyas. Todos los emigrantes sufren en la distancia, pero mucho más aquéllos que, como los de Pruna, dejan atrás no sólo una tierra, sino una profunda y digna cultura, la obligación de mantener intacto un pasado, de conservar frescas las raíces de un árbol único a cuya sombra deben reposar las generaciones venideras.

 

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La Pura y Limpia, obra de Castillo Lastrucci. Monumento al Emigrante, del pruneño Sánchez Barrera.

 

La romería en Pruna es también marcadamente distinta a las romerías de la comarca. La Pura y Limpia, patrona de la villa, es obra de Castillo Lastrucci, y curiosamente hay una talla igual en Sevilla en la iglesia del Postigo, en la puerta de Jerez. El primer domingo de mayo, a las ocho de la mañana, los vecinos la visten de pastora, la suben a una carreta tirada por bueyes, rodeada de lentisco y romero, y la llevan en peregrinación a la ermita del Navazo, en la misma sierra. Han pasado la noche sin dormir, bebiendo y celebrando la jornada que les espera, y en recorrer los cuatro kilómetros escasos que separan al pueblo de la ermita, tardan más de cuatro horas. Van a tras ella a pie, bebiendo aguardiente o vino dulce en bota, como manda la tradición, cantando y bailando tras la Virgen. La romería de Pruna tiene hora de salida, pero no de llegada, todo depende del antojo de los pruneños, que al regreso caminan ante su patrona y se detienen cuando la voluntad se lo manda, que es cada pocos metros. Ese día los pruneños gobiernan por entero los caminos de la sierra, y la Pura y Limpia se doblega con paciencia a los caprichos de los que aguardan un año entero para quererla con la fuerza que muy pocos pueblos quieren a su patrona.

 

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La romería de Pruna tiene también otra característica singular, sin duda la mejor de la fiesta, y es que supone un punto de inflexión en la vida cotidiana del pueblo, y así lo tienen asumido todos los pruneños. Es la romería de la convivencia. Incluso en los tiempos difíciles, cuando la paz del pueblo se ha visto agitada por los vaivenes sociales y políticos impuestos por la historia, la romería ha sido el día del olvido y de la convivencia. El día anterior y el posterior ha podido pasar cualquier cosa, pero cuando la Pura y Limpia sale a la calle se firma el armisticio y aquí paz y después gloria, y arriba en la ermita, cuando las familias hacen su chozo y brindan por su patrona junto a todo el que pasa, compartiendo alimento y alegría, menos aún. En Pruna toda cuenta se salda antes o después, pero nunca durante. Es la grandeza tolerante de los andaluces, denostada por conformista, envidiada por inalcanzable y naturalmente comprensible para quien ha nacido en esta tierra.

 

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Ermita del Navazo en Pruna (detalle). Foto: pruna.es

 

De Pruna no puede marcharse el viajero sin conocer el agua de la fuente de la Sarna, muy afamada por sus propiedades únicas y casi milagrosas, y mítica en su día por usarse como ungüento contra el mal de la sarna, tan común entre nuestros abuelos. Tampoco sin visitar la fuente del Pilarillo, junto al castillo de Hierro, de la que mana agua fresca en abundancia y cuya procedencia se atribuye a un manantial interno que hay en la fortaleza y que forma parte de la leyenda, como aquellos moros que se arrojaron al Sanguino engañados por las argucias del rey Alfonso.

 

Pruna panorámica desde el Terril. Foto de pavostrotones
Pruna panorámica desde el Terril. Foto de pavostrotones

 

Si el viajero tiene tiempo de dar un paseo hasta el pico del Terril tendrá el privilegio de divisar hasta veinte poblaciones, tal es la altura a la que se encuentra, y si se arma de paciencia podrá descubrir amonites incrustados en las rocas, prueba de que hace millones de años, cuando todo era mar, el Terril era ya una isla. Pruna, pueblo de grandes aceites y mejores licores, de tradiciones intactas y naturaleza agreste, se queda atrás en el camino, obligatoriamente, porque Pruna, salvo para los pruneños, está en el camino mismo, y forma parte de él, pero así como a lo lejos despierta la tentación de la visita, una vez dentro hechiza y embriaga y el viajero siente nostalgia a la hora de la partida.

Ya en el camino por donde pasaron las tropas napoleónicas que prendieron fuego al pueblo, el mismo por donde transitó Riego camino de Morón, hay que volver la vista atrás y contemplar a lo lejos el castillo de Hierro, irreductible sobre una roca que parece la vela de un barco griego navegando en busca de libertad sobre un océano de serrijones y vallezuelos.

 

Fuente: La trastienda de la memoria. Un viaje por los pueblos del entorno de la Vía Verde de la Sierra, un libro de José A. Illanes (Ed. Consorcio Vía Verde, 2008).

 

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