«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Publicaciones Mila Guerrero

«Animales del parque, de Mila Guerrero»

Animales del parque es un libro muy esperado. Tras Un corazón de hormiga, los lectores de Mila Guerrero ansiábamos la llegada de su segundo libro. Y vaya si ha merecido la pena la espera.

Al leerlo, no puedo dejar de pensar en una muchacha de la que me hice colega en las largas noches de los Caños (Caños de Aranda, no Caños de Meca) cuando el azahar y la cerveza en bares como el Perete, la Posada o el Tablón (actual Pavía) nos hacían quedarnos hasta las tantas hablando de Cortázar, de Julio Vélez, de García Márquez, de Dickinson, de Martín Gaite, de Virginia Woolf o de Pizarnik, mientras soñábamos con las cosas que queríamos escribir.

El día de hoy es un producto de aquellas noches largas y preciosas. Soñábamos con leer, con escribir, con viajar. Y algunas veces leímos, escribimos y viajamos juntos. Y de aquellos viajes, de aquellas lecturas, de aquella vida, beben mucho los corazones de las hormigas y los animales del parque.

De Animales del parque me admiran muchas cosas.

En el plano formal, da gusto encontrarse con una escritora que duda de la sintaxis y desde esa duda esculpe la oración hasta estar segura de que ha salvado cualquier incorrección, cualquier anacoluto, cualquier distracción o cualquier redundancia. Me reitero: da gusto.

Por otro lado, ya en el plano del contenido, nadie como Mila es capaz de trazar historias cuyos personajes son capaces de inquietarnos hasta lo indecible, desde un humor perturbador que nos interroga y nos sorprende al mismo tiempo.

En Animales del parque se incluyen ocho relatos que se presentan con un texto intenso y certero, donde Mila nos recuerda que «con frecuencia olvidamos que los hijos son, en esencia, otros, y que también libran su propia batalla».

Y una vez que nos aparta de nuestras criaturas, de nuestros hijos, al modo brechtiano con su texto inductor pone a batallar en sus relatos a toda la jungla, todo el bestiario que puebla los parques, y reconocemos (entre bolsos, meriendas, bicicletas, muñecas, biberones, tapperwares, botellitas de agua, gafas de sol, y paquetes de chucherías) a la madre protectora, al padre holgazán, al niño cruel, a la niña perversa, al primo abusador, al príncipe destronado, a la madre que sabe más que el médico, al bebé que es capaz de dinamitar una relación de pareja… y quién sabe si quizás también a nosotros mismos.

Además, el lector de Morón tendrá la suerte añadida de reconocer algunos espacios muy concretos (muchos padres y madres os acordaréis de lo que estoy diciendo cuando leáis por ejemplo la descripción del colegio Aguas Santas), y eso también es un aliciente, porque con este recurso Mila se involucra en ese género tan moderno que ahora ha dado en nombrarse como «Autoficción» —por más que parezca que lo ha inventado Almodóvar con Dolor y Gloria, ya lo abordó magistralmente el dramaturgo franco-uruguayo Sergio Blanco en obras enormes como La ira de Narciso—. Mila también bucea en este terreno que camina entre la retórica de la memoria y la escritura de los recuerdos, pero que no tiene por qué tener nada que ver con uno mismo.

Hace poco escuché de la boca de la narradora oral Blanca Calvo unas palabras que me gustaron mucho: dicen que en este mundo hay una cantidad de dinero por encima de la cual, aunque ganes más no vas a ser más feliz, incluso puede ser que lo seas menos. Un investigador norteamericano calculó esa cantidad hace unos años en 20.000 dólares. Se es mucho más feliz acumulando historias que acumulando dinero. Así que desde aquí me gustaría dar las gracias a Mila, porque sus historias aportan al imaginario colectivo una fortuna no mensurable, no cuantificable, pero que nos enriquece a todos: la de su arte y la de su talento.

ANTONIO M. MORALES.


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