Río Corbones

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Nace el río Corbones entre las provincias de Cádiz y Málaga, en las faldas de las Sierras de Blanquilla, Mollina y de los Borbollones, cerca de la Sierra del Tablón. Su longitud total es de 177 Km, con un desnivel de 780 m. y su cuenca ocupa una superficie de 1.826 Km2, enclavada toda ella, salvo su zona de nacimiento, en la provincia de Sevilla. Su confluencia con el Guadalquivir se realiza frente a la localidad de Alcolea del Río, atravesando en su discurrir términos municipales de poblaciones significativas, entre las que se encuentran La Puebla de Cazalla y Marchena.
 
En su recorrido, el Corbones parte desde la Sierra Norte de Cádiz, en los afloramientos de calizas y arcillas del Paleoceno, cruza parte de la Sierra Sur Sevillana para terminar su recorrido en la Campiña, donde se abre camino en las clásicas margas arcillosas y en las areniscas rojas y margas yesíferas del piso inferior del Triásico. Esta diferenciación morfológica y estructural influye en los procesos erosivos que se generan. Así las escasas pendientes y los relieves poco accidentados de su parte inferior en la Campiña no presentan gran importancia, mientras que, al atravesar la Sierra Sur Alta, la erosibilidad presenta uno de los mayores niveles de susceptibilidad de toda la provincia tanto por su intensidad como por su extensión.
 
Posee numerosos aportes fluviales a lo largo de todo su curso; de entre todos sus afluentes, podemos destacar por la margen derecha el Arroyo del Salado del Término, en el término municipal de Marchena, al que se une el Arroyo Salado de la Jarda, el cual, a su vez, recibe el Arroyo del Peinado. Y por la margen izquierda, recibe, en primer lugar, la aportaciones del Río de la Peña, con el que se une en la denominada “Junta de los Ríos” zona enmarcada por las serranías del tercio sur del término municipal de la Puebla de Cazalla; y ya en plena Campiña, recibe las aportaciones del Arroyo del Galapagar, en el término municipal de Carmona.
 
Las características de las aguas del Corbones son reflejo de los materiales que atraviesa y junto con las propiedades del propio sustrato determinan las características propias del ecosistema fluvial del río. La estructura básica de éste la forma la vegetación riparia que jalona sus orillas; esta vegetación determina la creación de multitud de estratificaciones, originando los nichos ecológicos apropiados para el desarrollo de otras poblaciones vegetales y animales, generando el espacio para el mantenimiento del complejo y rico sistema natural de los cauces fluviales.
 
El bosque de ribera lo podemos estructurar en una serie de bandas que desde la línea de agua están formadas por un cinturón de helofitos, constituido por especies como Phragmites australis, Arundo donax y Thypha spp. Tras esta banda, y menos próxima al cauce, se localiza una segunda banda de vegetación de choperas (Populus alba). En el momento que la chopera se abre, aparecen los tarajales coexistiendo ambos o bien terminando por abundar el taraje (Tamarix gallica) como especie más invasiva. En la tercera banda, intercalada con ésta última aparecen las fresnedas (Fraxinus angustifolia). Dentro del estrato arbustivo e integrantes de las dos últimas bandas riparias aparecen adelfas(Nerium oleander), Rosales silvestres (Rosa canina), Arum italicum, etc. como ejemplares más abundantes. El olmo (Ulmus minur) integra el cortejo propio del bosque de transición hacia el bosque perennifolio en la zona no inundable junto a especies como Smilax aspera o Vitis vinifera.
 
De entre todas las poblaciones animales, que tienen al río como referente vital, podemos destacar varios grupos: la fauna piscícola que, aunque bastante diezmada en su número y diversidad, todavía perdura con ejemplares de Barbos, Bogas o Carpas, teniendo que lamentar la casi segura desaparición del Calandino (Rutilus alburnoides) de las aguas del Corbones, especie endémica de la Península Ibérica, depredadora, de pequeño tamaño, con la línea lateral muy marcada, y por la que el río está propuesto como zona de Lugar de Interés Comunitario (LIC) desde el Tarajal de la A-364 en Marchena hasta la zona denominada Pinalejo en Puebla de Cazalla.
 
La avifauna, cuenta con numerosos ejemplares de garcillas, fochas, ánades, jilgueros, espátulas, palomas torcaces e incluso se han avistado águilas pescadoras en la zona de la presa de la Puebla de Cazalla (el Pinalejo); destacar también la presencia del galápago europeo, rata de agua, rana meridional, e indicios de alguna población de nutrias (Lutra lutra) en algunas zonas de su tramo medio, a pesar de las agresiones directas, con la eliminación de sus hábitats o indirectas, mediante la contaminación de las aguas que termina por afectar notablemente a las poblaciones de peces, anfibios o cangrejos de los que se alimenta; sobre estos indicios se está investigando para confirmar su presencia.
 
La nutria, mamífero carnívoro de la familia de los mustélidos, vive a la orilla de los ríos y suele ser un animal solitario excepto durante el apareamiento y cuidado de las crías por parte de la hembra. Los individuos adultos ocupan un territorio o área de campeo, que es patrullado de noche con regularidad en busca de alimentos, llegando a recorrer varios kilómetros, cambiando a menudo de madrigueras provisionales para explotar diferentes áreas dentro de su territorio. En esta área de campeo es frecuente encontrarse deyecciones en forma de defecación, orina o sustancias oleaginosas que emiten a través de glándulas anales que juegan un papel esencial en las relaciones entre machos y hembras así como en el marcaje del territorio. Se las considera un superdepredador dentro de la cadena trófica, ya que su único depredador es el hombre y actúa como reguladora del ecosistema fluvial al atacar preferiblemente a los peces más débiles y a las especies más numerosas frenando el crecimiento desmesurado o las epidemias dentro de las poblaciones de individuos de los que se alimenta. Posiblemente halla dejado de ser ese indicador natural de aguas limpias y cristalinas, teniendo que hacerse predominantemente generalista para sobrevivir en un medio en el que cada vez escasean más algunas de sus presas preferidas.
 
El ecosistema fluvial del Corbones padece graves perturbaciones en su estructura y funcionamiento como consecuencia de los impactos a los que está sometido a lo largo de su recorrido. Tales perturbaciones provocan una fuerte degradación en la calidad de sus aguas y en el estado de conservación del bosque de ribera asociado, abocando a la persistencia del río como un canal de desagüe a cielo abierto en alguno de sus tramos.
 
A pesar de ello, el Corbones aún mantiene el espíritu de eje vertebrador, que actúa como corredor ecológico entre el sur y el centro de la provincia. Constituye un auténtico refugio verde para un gran número de comunidades animales que o bien tienen como ecosistema de referencia al propio río, o bien aprovechan la diversidad de hábitats que en alguno de sus tramos se genera como espacio donde desarrollar o completar sus ciclos vitales.

 
Supone un enorme empuje moral acercarnos al río y ver cómo a pesar de la ingente degradación que poseen sus atributos naturales fundamentales, la naturaleza, la vida, es capaz de abrirse paso a través de multitud de estrategias de supervivencia, de subsistencia, lo cual nos permite aseverar que el Corbones aún es un río vivo.
Todavía es un indescriptible placer visual ver como rodeado, aislado entre campos de cultivos, aparece rompiendo la línea del horizonte una banda de árboles que tímidamente casi van marcando la ribera de un río que no se deja amedrentar ante la monotonía de un paisaje que a veces, un poco más adelante termina por reducir a nuestro río a un triste cauce de agua vacío de vida, viejo canal en donde en otros tiempos existía un vaso comunicador de historias, un contenedor de naturaleza que irradiaba diversidad allá por donde su serpenteante curso surcaba las tierras.

 

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