Río Guadaira

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Quizás al hablar del Guadaira en primer lugar asalte a nuestra memoria recuerdos de reivindicaciones y movimientos sociales en lucha por la recuperación de un río que formó parte de muchos recuerdos y de muchas vidas cuando el Guadaira mantenía condiciones próximas a la naturalidad. Estas acciones no por antiguas dejan de tener vigencia, pues el Guadaira dista aún mucho de considerarse un río vivo, pues son muchas las agresiones que reciben sus aguas y profunda la degradación que padecen sus riberas.
 
Este curso fluvial que atraviesa la provincia de Sevilla desde el sureste, hasta su encuentro con el Guadalquivir, es el último gran afluente que vierte sus aportaciones al río Grande en su margen derecha. Tiene origen en la zona serrana conocida como Pozo Amargo, en el término municipal de Morón de la Frontera, desde donde parte hacia el Guadalquivir atravesando los términos municipales de Arahal, Alcalá de Guadaira, Dos Hermanas, Coria del Río y Puebla del Río.
 
En su curso alto, discurre sobre margocalizas y margas yesíferas hasta abandonar las estribaciones de la Subbética y adentrarse en las llanuras de la Campiña cambiando a un sustrato de margas, pero siempre sobre aluviones del Cuaternario.
 
El Guadaira está sometido a fuertes impactos que degradan su estado natural quizás de forma demasiado temprana en su recorrido, recibiendo los efluentes contaminantes de gran cantidad de industrias y factorías que se encuentran distribuidas a lo largo de toda su cuenca vertiente. Ello unido a la degradación debida a la presión agrícola, que de manera directa con las agresiones progresivas al bosque de ribera o de manera indirecta con el empleo abusivo de productos químicos, provocan la desestructuración del ecosistema fluvial relegando los diferentes componentes del bosque de ribera a meras hileras de eucaliptos salpicados de algunos grupos de tarajes que aún resisten. Casi han terminado por desaparecer el resto de especies integrantes de los diferentes estratos vegetales frente a la presión de estos impactos. Por ello es patente el decremento consecuente en la cantidad y cualidad de hábitats que a partir de la diversidad florística se pudieran generar desde tramos relativamente iniciales en su recorrido.
Aunque la situación del Guadaira es en muchos casos extremadamente crítica, es posible encontrar zonas donde su curso todavía conserva las características de “naturalidad” que en otros tiempos podían apreciarse en todo su recorrido. En estas áreas, en las que por diversos motivos los impactos no son tan agudos, es posible apreciar bosques de galería relativamente bien estructurados con integrantes en los distintos estratos: herbáceo, arbustivo, trepadoras, lianas y arbóreo. Sirvan como ejemplo algunas de las especies más representativas: álamos (Populus alba), tarajes (Tamarix africana), sauces (Salix babilonica), chopos (Populus nigra), olmos (Ulmus minur), fresnos (Fraxinus angustifolia), y eucaliptos (Eucaliptus camaldulensis), y dentro de los estratos herbáceos y arbustivos: adelfas (Nerium oleander), aros (Arum spp.), juncos (Scirpus holoschoenus), carrizos (Phragmites communis), rosales silvestres (Rosa canina), zarzas (Rubus ulmifolius), hiedras (Hedera helix), zarzaparrillas (Smilax aspera), y majuelos (crataegus monogyna), como las especies más representativas de un cortejo ripario cada vez más concentrado y escaso en su distribución espacial.
 
En cuanto a la fauna asociada al Guadaira, como no puede ser de otra forma, se halla gravemente diezmada por los efectos de la contaminación de las aguas y de la pérdida de sus hábitats tanto acuáticos como riparios. Dentro de la ictiofauna podemos señalar representantes de las siguientes especies:
La carpa (Ciprinus carpio), que habita ríos de aguas remansadas, siendo bastante tolerante a la escasez de oxígeno disuelto. Tiene un régimen alimenticio variado comiendo tanto plantas acuáticas como invertebrados y hasta pececillos. El barbo (Barbus comiza), que se caracteriza por sus labios carnosos y por la presencia de dos pares de barbillas bucales. Su dieta es omnívora. La boga de río (Chondrostoma polylepis), con boca en posición ínfera y con el labio inferior rectangular y de naturaleza córnea cortante adaptado a “segar” las algas que crecen sobre las piedras de las cuales se alimentan. La anguila (Anguilla anguilla), la gambusia (Gambusia affinis), o el sábalo (Alosa alosa). Como anfibios perduran la rana común (Rana perezi), ranita meridional (Hyla meridionalis), sapo común (Bufo bufo), sapo corredor (Bufo calamita), entre otros, el galápago europeo (Emys orbicularis), etc.

 

En lo que respecta a la avifauna asociada, podemos localizar especies tales como: la garcilla bueyera (Bubulcus ibis), la garza real (Ardea cinerea), el ánade azulón (Anas platyrhynchos), la focha común (Fulica atra), el carricero (Acrocephallus scirpaceus), o la cigüeñuela (Himantopus himantopus), entre otras.
 
Tanto el Guadaira como el Corbones, son dos cauces fluviales semejantes en cuanto a su morfología, dinámica y recorrido pero también son dos cauces similares en cuanto al estado de degradación en el que se encuentran algunos de sus tramos tanto en lo referente a la calidad de sus aguas como a la desestructuración de su bosque de galería. Este estado de alteración natural, afecta notablemente a una función esencial que cumplen ambos ríos, al suponer auténticos corredores naturales que vertebran, unen, conectan los territorios que atraviesan, y proporcionando a lo largo de su recorrido islas o refugios donde la diversidad natural encuentra un desahogo, un lugar donde permanecer ante la pérdida progresiva de hábitats naturales y el aislamiento de los que aún perduran. Es por ello que intentar devolver al recorrido de estos ríos parte de su estado natural supone salvaguardar, quizás los últimos reductos naturales de interés que perduran en la Campiña sevillana.

 

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