«Lo que no se comunica no existe»
Gabriel García Márquez

Rucio

Los micromonólogos de la boquita prestada | Antonio M. Morales

Rucio llama su dueño a este saco de pulgas que les habla. Como a veces sé pensar, púseme a cavilar sobre las incontables aventuras en que desguarecidos nos vimos mi querido Sancho y yo, sin posada y sin lumbre, más perdidos que un arriero en un salón de té. Y en tantas y tantas ocasiones como sin rumbo anduvimos, pudo este menesteroso asno comprobar que no hay en el mundo beldad más rotunda que la benevolencia del prójimo: cualquier ínsula está a mano si el vecino cabal te aligera el equipaje y te presta su báculo para alcanzar, tras la pendiente hostil, el rellano donde posibles son las risas y los sueños.

Pensando esto como estaba me asomé a una charca enorme que llaman Mare Nostrum y divisé a lo lejos un batel diminuto que andaba a orza vapuleado por un levante obstinado y voraz que tintaba de almagre la piel azabache de los viajeros. Quise lanzar un cabo pero cuando di en la cuenta oí algazara de políticos que en desaforada tertulia debatían qué hacer mientras los buitres altaneros presentían la carne fresca entre la orilla y la espuma.

Desde la roca donde me encontraba, grité con furia a aquellos despojos para que huyeran de su destino, porque ellos todavía no sabían que habían salido de sus países para andar de zoca en colodra, ignorantes de que en este lado del mundo desde el que nosotros miramos hay mucho arcabuz deseando cebarse con sus cuerpos, heridos de sal y de brea, y mucho bachiller que no sabe mirar más lejos del Dios de su ombligo, ese que convierte las estadísticas y los tantos por ciento en sus únicos dogmas de fe.

 

 

Y enfebrecido estaba con mis cavilaciones cuando la dirección del viento me echó a las barbas la rota embarcación a la deriva, y juntando las letras como pude, además de comprobar que los tripulantes yacían en calzas y jubón sobre la tarima, juro por Dios y mi conciencia que tuve que encomendarme a mis ancestros para leer aquel nombre tan extraño que se desdibujaba escrito entre los dominios de la bruma: Aquarius.

Fue entonces cuando un lugareño llamado Pedro Sánchez, a quien juro que un día oí decir que «era una obligación ayudar a evitar una catástrofe humanitaria y ofrecer un puerto seguro a estas personas», intentaba convencer ahora a la plebe esgrimiendo como argumento que «España no es un puerto seguro para el Aquarius, porque no es el más cercano según lo establecido por el derecho internacional marítimo».

En ese mismo instante comprendí que yo, aunque burro, jamás haré derecho con la muerte del prójimo; que la vida de un gabacho ha de importar al político tanto como la propia, porque si no el voto pretendido lo convierte sin demora en  un hideputa asesino.

Y el mar está lleno de muertos.

 

Antonio M. Morales.

 

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