Si ha de ser bandera, que sea blanca…

Memorias del destierro

Violencia,-de-Alejandro-Obregón

 

Tras el ventanal por el que huye la mirada, el domingo se autoproclama envidiable en Bogotá. Suma rareza. Hace un año y medio pasé por aquí y el orden era otro. Y no solo porque, entonces, este juntaletras tuviese menos sombría el alma, sino porque, además, diariamente esta era una ciudad fría, gris y lluviosa. Pero, ahora, los cielos de Bogotá amanecen con el gesto veraniego y se ha hecho hábito el sol, a fuerza de repetirse.

Dejé Brasil y llegué, hace un par de meses, al país de García Márquez para dirigir la puesta en escena de Muerte, Resurrección y Muerte (incluida en Retablo Incompleto de la Pureza, publicado por Llaüt & Pepitas de Calabaza), que estrenará el TEF —Teatro Experimental de Fontibón— a primeros de marzo en su propia sede, la sala Augusto Boal. Así que apenas hay espacio para nada en estos días (salvo para la incurable melancolía que acompaña al desterrado): horas y horas en la sala de ensayo persiguiendo al mirlo blanco… siempre es esquivo el teatro.

Pero entre escena y escena, nos asalta el incontenible eco de la realidad. Y es que, hoy, el país vive una celebración contenida. Después de muchos años, muchísimos, décadas, más de las que la sufrida población merecía, en Colombia se atisba una posibilidad real de conquistar la paz. «La paz es ahora» gritan algunos muros en el centro de Bogotá, entre el hartazgo y la esperanza, intentando conjurar ese otro grito, más desolado, el grito de todos los desaparecidos a causa de la violencia: miles de personas que diluyeron sus nombres, sus rostros y su rastro en las aguas de los ríos donde fueron arrojados, tras ser torturados y, en muchos casos, descuartizados.

 

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Sin Título, de Luis Caballero (1980). Plumilla sobre papel – 37 X 53 cm

 

Ríos a cuya orilla acudían las madres des-hijadas a recoger abnegadamente los miembros que la corriente devolvía, hasta componer un cuerpo al que dar amorosa sepultura, junto a la foto de su desaparecido. Y lo hacían sabiendo que aquellos ojos y aquel gesto, aquellas manos y aquel pecho, no eran ni el pecho, ni las manos, ni el gesto ni los ojos de su hijo… pero lo hacían con la esperanza de que, un poco más abajo en esa misma orilla, o en otro río, en suerte, otra madre hiciera lo propio con los restos de su verdadero hijo.
 

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En La Habana se ha iniciado el proceso de paz que puede reducir estos acontecimientos a escabrosa pesadilla. Así que la vida, la paz porfían por imponerse a la terquedad del hombre, por triunfar sobre la muerte. Y, quién sabe, tal vez ahora se consiga, tal vez ahora el horizonte se adorne con flores… aunque hay cosas que, quizá puedan perdonarse, pero jamás se olvidan.

 

Raúl Cortés. Ilustración de cabecera de Alejandro Obregón. Violencia.

 

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