Soy Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador

Los micromonólogos de la boquita prestada | Antonio M. Morales

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Me podéis llamar Señor, ustedes que vivís en el tiempo de los vasallos. Nací en Vivar el año 1043, pero si hubiese nacido en vuestro siglo mi existencia hubiese tenido más sentido. ¿No lo creéis? Ahora desterráis a los parias. Como no soy ningún paria, seguro estoy de que no hubiese conocido el destierro en los tiempos de Felipe IV como lo conocí en los de Alfonso VI. Ahora se le da más importancia a la batalla contra el moro. Ahora sí que yo sería un héroe contemporáneo, y no me sucedería lo que me sucedió cuando los mestureros nobles incendiarios ordenaron mi marcha hacia el exilio. Allí los buitres sobre mi cabeza me recordaron el hogar que perdí por las acusaciones infundadas de mi cohorte de falsos aduladores, que me mostraron la espalda cuando necesité una patria donde cobijarme, un descanso para mis pies llagados, una hogaza de pan junto a la lumbre, o quizás una palabra amable cuando la noche se cernía sobre las últimas estrellas.

Ahora, si me pidierais clemencia, encontraríais mi perdón, como mi sepulcro, cerrado con doble llave, porque de ningún pusilánime se escribirá jamás una epopeya donde quepan el honor o la gloria.

Sí, yo también sería un hater en los tiempos que corren, porque hay mucho comeboñiga suelto, y un poema épico contemporáneo necesita héroes, no nenazas, me cachis en la mar.

 
Casa-Paca en Morón
 

Ahora sí que sería yo feliz con mi ballesta en ristre por las llanuras de Castilla. Cuán privilegiados testigos de la historia sois, cuánta envidia me provocáis, quién pudiera crear patria como vosotros, tan desahogadamente, con un clic incendiario, con un like sibilino, con un perfil falso, con un venablo emponzoñado para hundir en el costado del sueño de los justos, porque con los justos se crean patrias endebles, con fronteras difusas donde incluso se posan los jilgueros.

Ahora sí que necesitáis un bardo que cante las glorias nacionales, un zahorí que desentierre las palabras hermosas pronunciadas en otras lenguas para quemarlas en la hoguera y una bandera que pinche como una ortiga para que ninguna piel poco curtida pueda usarla como sudario.

Ha llegado mi tiempo y yo no estoy. Aunque a veces lo dudo, y me parece que todo está sucediendo de nuevo delante de mis ojos, me monto a horcajadas sobre Babieca y una nube de polvo me provoca una sensación extraña. Es algo así como si me estuviese reencarnando. Pero no se lo cuento a nadie, porque no es de buen cristiano propagar supercherías.

Y ya lo que me faltaba es que me condenasen por hereje. Bendito sea Dios.

 
Antonio M. Morales.

 

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