Trasto Teatro y el TEF de Colombia frente a la justicia

Memorias del destierro

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Era finales de febrero, 2002 era un retoño, y unos cuantos desheredados de la sensatez, extraviados de los caminos recomendables de la vida, apretaban el paso hacia el salón del Centro Social Ocupado Julio Vélez, de Morón de la Frontera. No era gente de fiar y el gesto sospechoso los delataba. Con las intenciones y el romanticismo embozados, Alonso Amaya, Salvador Atienza, Juan Ulecia y Juan Sucilla se disponían a conspirar contra el mundo, aquella tarde plomiza (si lo sé es porque me lo contaron, juro solemnemente que yo nunca estuve allí…). Aquella conspiración tomó el nombre de TRASTO y la forma de una compañía de TEATRO. Hoy se cumple el catorce aniversario de aquella fecha y Trasto Teatro lo celebra junto a otra compañía de hermanado delirio, Teatro Experimental Fontibón (TEF), con el estreno en Colombia de Muerte, Resurrección y Muerte, que garabateó la torpe pluma de este desterrado.

 

El TEF, dirigido por Emilio y Ernesto Ramírez, se fundó en 1979 y se erige como uno de los grupos más longevos del teatro sudamericano. No ha sido fácil la travesía, como suele sucederle a aquellos que defienden el ingrato privilegio de ser autores de su propio destino, a aquellos que buscan su propio camino, que no se conforman con atajos ni aceptan más posada que aquella donde el calor del fuego y el agua fresca sean para todos. Pero, hoy, el TEF es ya una referencia de la escena colombiana, como testimonian sus numerosas creaciones y su habitual participación en el Festival Iberoamericano de Bogotá (del que volverán a formar parte, este año, con la obra Canovaccio, del director peruano Alex Ticona).

 

Estos últimos meses hemos estado encerrados, convirtiendo la sala de ensayos en un bosque a veces, en un sereno atardecer otras, en laberinto y templo, siempre. El resultado se podrá ver, bajo el título de Muerte, Resurrección y Muerte, los días 4 y 5 de marzo, en la Sala Augusto Boal, sede del propio TEF, en Bogotá.

 
 

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Muerte, Resurrección y Muerte es la exhumación de un cadáver, el de la justicia: ese cuerpo tan deforme que es imposible reconocer. Que la justicia sea falible, como todas las obras del ser humano, es comprensible. Pero que no sea confiable es un problema y que sea clasista, arbitraria y deshumanizada es, abiertamente, una tragedia. Tal vez por esa razón, el filósofo Michel Foucault, en su obra Un diálogo sobre el poder, sentenció: “[…] La revolución no puede pasar sino por la eliminación radical del aparato de justicia y de todo lo que pueda recordar al aparato penal […]”.

 

Raúl Cortés. Ilustración de Diego A. Alias.

 

 

 

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