Vía Verde de la Sierra

67

 

Desde el sur del término municipal de Montellano, dejando al norte las formaciones de la Sierra de San Juan, iniciamos un nuevo periplo que nos guiará a través de profundos parajes serranos de enorme riqueza natural, adentrándonos en la denominada Vía Verde de la Sierra, corredor que atraviesa transversalmente las entrañas de estos montes, y que se abre paso gracias a las infraestructuras creadas para la línea de ferrocarril Jerez-Almargen, una vía de comunicación que comenzó a proyectarse desde finales del siglo XIX con fines comerciales inicialmente, aunque también se le encontraron intereses estratégicos para los movimientos militares de la época; sin embargo hasta 1927 no comenzaron las obras, que tuvieron que detenerse con la guerra civil, tras la cual continuaron de forma intermitente hasta la década de los 60, en la que se paralizaron definitivamente.
 
Todas las infraestructuras que se habían creado para la proyectada línea de tren: viaductos, puentes, túneles, el propio recorrido, sufrieron un gran deterioro a causa del abandono, hasta que a finales del siglo XX, distintos colectivos decidieron reutilizar el ingente esfuerzo realizado tiempo atrás y transformarlo en un corredor natural que posibilitara descubrir de manera cómoda parajes, lugares y paisajes desde una nueva perspectiva que permitiera conocer y adentrarse de una manera fácil en los valores de una naturaleza olvidada y la creación de una nueva oferta cultural, turística y ambiental para toda una comarca necesitada de empujes dinamizadores de sus gentes y economía. Así pues, la Vía Verde de la Sierra, se constituye como eje vertebral de los territorios que recorre entre las provincias de Sevilla y Cádiz iniciándose en Puerto Serrano y concluyendo entre las poblaciones de Pruna y Olvera.
 
Su recorrido en el tramo inicial es paralelo al curso del Guadalete hasta la “Junta de los ríos” ya en el término municipal de Puerto Serrano en donde el Guadalporcún confluye en el Guadalete en este singular paraje, próximo al área recreativa de “la Toleta”. A partir de aquí el Guadalete se separa hacia el sur, tomando el relevo el Guadalpocún con un sinuoso recorrido casi paralelo en algunos de sus tramos a la vía verde. Durante nuestro itinerario se han alternado olivares en rigurosas pendientes con el robusto monte mediterráneo que perdura en los promontorios calizos que culminan el abrupto recorrido por los marcados valles del Guadalporcún, valles y sierras que son salvados mediante puentes, viaductos y túneles que jalonan todo el camino ofreciéndonos la posibilidad de penetrar en las entrañas de los montes que a nuestro paso se nos enfrentan.
 
Ya en el término de Coripe nos adentramos en el túnel del castillo, que atraviesa la Sierra Vaquera de Coripe durante 990 metros en un trasiego de silencio, penumbra y humedad donde somos partícipes de la capacidad del ser humano de modificar su entorno unido al sobrecogimiento de encontrarnos en el corazón de una sierra que se vislumbra cual estrella al final de la oscuridad.
 
Son más de treinta los túneles que nos permiten avanzar de manera singular perforando las sierras y sorprendiéndonos con la variabilidad de los paisajes que nos descubren al atravesarlos.
 
Poco a poco, al abandonar el túnel del Castillo y acomodarnos a la claridad del día, nos comienza a sobrecoger el paisaje que se nos regala ya que nos adentramos en un área marcada por un profundo valle por el que serpentea el Guadalporcún flanqueado por formaciones calizas tapizadas de bosquete mediterráneo, formaciones en las que su naturaleza geológica queda patente, vislumbrándose caprichosos y marcados roquedales calizos moldeados por la lenta pero continua meteorización del agua y el viento.
 
Salvando el valle del Guadalporcún se alza majestuoso uno de los cuatro viaductos que podemos encontrar a lo largo de la Vía verde. Es el denominado Viaducto de “la perdiz”, que nos acompaña durante los 237 metros de longitud que posee, teniendo un arco central de 25 metros de luz.
 
Tras pasar el viaducto, encontramos un camino a la derecha que baja hasta el Guadalporcún, sendero que merece ser recorrido, pues nos conduce hasta un meandro donde nos aguarda el “chaparro de la vega” una espectacular encina de más de 700 años, que con 13 metros de altura y un diámetro de 1,20 metros, alza su copa con un vigoroso porte que ha acompañado a los lugareños durante estos siete siglos, siendo testigo mudo de gran parte de su historia.
 
Actualmente este extraordinario ejemplar de Quercus rotundifolia está declarado Monumento Natural de Andalucía desde el año 2000 y acompaña a los Coripeños en su Romería de la Virgen de Fátima, constituyéndose en el alma del área recreativa allí situada. La visión de sus poderosas ramas alejándose del tronco, describiendo un prefecto arco hasta casi posarse, acariciando el suelo al final de su recorrido, nos traslada a recordar que este magnífico ejemplar cuyo porte nos sobrecoge fue una humilde bellota, desde lo más frágil y pequeño hasta lo más robusto y grande. Ahí reside la magnificencia de la naturaleza.

 

Siguiendo por la Vía Verde llegamos a la Estación de Coripe, edificio que forma parte de las infraestructuras de la antigua línea de ferrocarril y que se ha rehabilitado como hospedería y restaurante donde disfrutar de una típica gastronomía en este singular enclave. Además de ésta, hay otras tres estaciones que tras ser restauradas ofrecen diversos servicios al visitante: Puerto Serrano, Olvera y Zaframagón. En esta última se está trabajando para situar un Centro de Interpretación Ornitológico de vital importancia para conocer en profundidad la biología de la avifauna que abunda en los inaccesibles roquedos calizos de las cumbres de estas sierras.
 
Tras nuestra estancia en la Estación de Coripe proseguimos nuestro trayecto atravesando cuatro nuevos túneles, acompañados en algunos momentos por el Guadalporcún, protegidos por los enclaves rocosos que marcan la ruta a seguir y flanqueados por una exuberante vegetación hasta aproximarnos a unos de los parajes más interesantes de todo el recorrido: el Peñón de Zaframagón, formidable macizo calizo, de 1 km2 de superficie en la base y con una altura máxima de 584 metros, que erosionado durante miles de años por el Guadalporcún, surge como un auténtico escudo vertical que contiene una de las mayores colonias de buitres leonados de la Península.

 

Por la existencia de esta especie emblemática junto a otras especies de aves y mamíferos que encuentran en él los hábitats más adecuados para vivir, el Peñón de Zaframagón se encuentra protegido bajo la figura de Reserva Natural, por lo que el acceso al mismo y la gestión y manejo que se realiza del entorno están reguladas por la autoridad autónoma ambiental.
 
El Buitre leonado o buitre común, Gyps fulvus, que en el Peñón encuentra un hábitat ideal para su supervivencia y desarrollo, es una de las mayores rapaces ibéricas, con 100-110 cm de longitud, 236-280 cm de envergadura y 6-9 kg de peso. Poseen un largo cuello, que al igual que la cabeza se encuentra desprovisto de plumas, aunque sí tienen un corto plumón blanco que acaba en un collar o gorquera blanco, ofreciendo la típica estampa de este ave. Suelen ser de color pardo o marrón pálido, con las plumas de las alas de color negro que en vuelo contrasta con el color del resto del cuerpo. Es un animal muy gregario que nidifica en los perfiles rocosos de estas sierras y peñones. Se alimenta de carroñas de grandes y medianos mamíferos, domésticos y salvajes, pero nunca cazan una presa viva. Buscan los cadáveres en zonas abiertas y cuando un individuo se percata en sus vuelos de la presencia de un cadáver desciende en círculos para avisar al resto de la colonia, concentrándose en la zona y descendiendo hacia el animal muerto.
 
Por lo general son individuos monógamos, teniendo lugar el cortejo en vuelo. Las cópulas se producen entre diciembre y febrero, poniendo un único huevo, ya que dependen totalmente del muy variable y específico alimento. Durante la incubación, que suele durar entre unos 54-58 días, en la que colaboran macho y hembra, pueden abandonar fácilmente el nido a consecuencia de perturbaciones humanas; por ello hemos de tener especial cuidado de respetar los límites de la reserva natural y no realizar ruidos innecesarios. Los pollos del buitre pasan en los nidos entre 110-118 días, dejándolo a los tres meses y medio, progresivamente, hasta independizarse.
Es inconfundible la marcada silueta del buitre sobrevolando estos cielos oteando el territorio en busca de alimento, en su lento pero riguroso planeo.
 
Junto al Peñón de Zaframagón se alza un viaducto sobre el Guadalporcún, río en el que en este punto confluye el Guadalmanil, pudiéndose admirar desde esta privilegiada posición la composición y estructura de su bosque de ribera, así como una vista del progresivo encajonamiento del río en el peñón, conocido éste como el cañón del Guadalporcún y bautizado por los lugareños como la garganta del Estrechón. Se aprecian desde esta privilegiada posición algunas formas erosivas típicas como marmitas de gigante o pozas en el fondo del río.
En este enclave confluyen un conjunto de características que realzan sus valores naturales: la existencia de formaciones de bosquete mediterráneo y del bosque de ribera provocan el solapamiento espacial de estos dos ricos y diversos ecosistemas, marcando una elevada diversidad natural, al sumarse integrantes de ambos. Cabe destacar igualmente la presencia de comunidades rupícolas en las zonas más elevadas, sobre las rocas calizas, bien adaptadas a la escasez de suelo.
 
Por ello, podemos encontrar manchas donde se conservan ejemplares de encinas, acompañadas de acebuches y por un matorral constituido fundamentalmente por madroños, palmito, espino albar, lentisco, olivilla, jaras, aulagas, coscojas, etc.
 
Formando las bandas riparias en los ríos encontramos especies como sauces (Salix alba), mimbreras púrpura (Salix purpurea), tarajes (Tamarix africana), chopos (Populus nigra), mimbreras (Salix fragilis), adelfas (Nerium oleander), etc.

 

La visión conjunta de las formaciones geológicas calizas que marcan la silueta del peñón, en contraste con el tapiz vegetal que se abre paso hacia las profundidades de las riberas del Guadalporcún y del Guadalmanil, va guiando nuestras miradas hasta que observamos en lo alto las siluetas planeadoras de los buitres leonados que buscando las corrientes de aire ascendentes surcan el área de Zaframagón ofreciéndonos un espectacular conjunto natural difícil de igualar.
 
En estos roquedos, suele ser habitual que aniden otras especies de rapaces como el halcón peregrino, (Falco peregrinus), águilas culebreras, águilas perdiceras, (Hiraetus fasciatus), el alimoche, (Neophron percnopterus), el búho real (Bubo bubo) o el cernícalo.
 
Dentro del grupo de las paseriformes podemos encontrar al avión roquero, (Hirundo rupestres), cogujada montesina (Galerida theklae), collalba negra (Oenanthe leucura), y el roquero solitario (Monticola solitarius), entre otros.
En su conjunto la diversidad faunística en este paraje es bastante elevada, pudiéndonos acompañar observándonos desde las cumbres algunos ejemplares de cabras montesas que grácilmente continúan su actividad sobre las empinadas lomas.
 
Dejando el Peñón de Zaframagón y un poco hacia adelante en nuestra ruta, nos topamos con el poblado de Zaframagón –conocido en la zona como Siete Humeros–, sobre una loma que atravesamos mediante un túnel, dejando sobre nosotros la visión de sus casas blancas sobre la ladera.
 
A lo largo de la Vía Verde de la Sierra hemos podido apreciar la enorme diversidad geológica, florística y faunística que atesora: la diferente consistencia de las rocas que constituyen el terreno y la acción erosiva de los cursos fluviales configuran un relieve en el que se conjugan valles y barrancos donde predominan las margas yesíferas junto a roquedos y lomas con canchales lo que denota la presencia de calizas en estas formaciones, y ofrece una alta geodiversidad al paisaje que disfrutamos.
 
Paralelamente, la vegetación que nos acompaña es un compendio entre el olivar de secano, algunos cultivos herbáceos también en secano (cereales fundamentalmente) y el espacio adehesado junto a zonas de matorral y pastizales. En estas zonas la vegetación existente es la correspondiente a la serie termomediterránea básica de la encina, cuyo principal integrante, como su propio nombre indica es la encina (Quercus rotundifolia), árbol de crecimiento lento pero hermoso porte, con corteza rugosa y de hojas pequeñas y coriáceas, adaptadas al fuerte estiaje veraniego de estas zonas. Como especies integrantes del resto del cortejo florístico de esta serie podemos encontrarnos el lentisco (pistacia lentisco), el acebuche (Olea europaea) variedad silvestre del olivo, el palmito (Chamaerops humilis) o palmera enana, el matagallo (Phlomis purpurea), diversas jaras (Cistus albidus, Cistus crispus, Cistus ladanifer), el espino majuelo (Crataegus monogyna), con sus espinas defensoras del pastoreo, etc.
Hemos de prestar especial relevancia a las especies de ribera, que acompañan al Guadalete y al Guadalporcún, dos cursos fluviales que discurren en muchos de sus tramos paralelos a la Vía Verde, y que enriquecen con su flora riparia el acervo general; entre éstas podemos destacar al taraje (Tamarix spp.), arbusto con porte arbóreo, de corteza parda y agrietada, con hojas escamiformes y caedizas y flores agrupadas en racimos que surgen de las ramas terminales de color blanco o rosado; se trata de un árbol tolerante a la salinidad de las aguas, a las inundaciones y a las sequías, por lo que resiste condiciones bajo las que otros integrantes del cortejo ripario sucumbirían; suelen disponerse en la primera banda de ribera, próximos a la línea de agua.
 
En la misma línea de agua surgen los helófitos como las cañas (Arundo donax), juncos (Juncos spp.) o carrizo (Phragmites australis), grandes colonizadoras de cauces y márgenes si no tienen otras especies que compitan por el espacio y por la radiación solar. Intercalados con los tarajes o en una banda tras ellos se alternan poblaciones de álamos (Populus spp.), árboles de corteza blanquecina en los ejemplares jóvenes, agrietándose longitudinalmente en los viejos. Poseen unas características hojas con un tomento blanquecino en el envés, que originan un curioso efecto visual al ser mecidas por el viento; y los fresnos (Fraxinus angustifolia), árboles de hermoso porte, pudiendo alcanzar hasta los 25 metros de altura, con hojas imparipinnadas con 3 a 13 foliolos lanceolados y de borde aserrado. Estas especies principales se encuentran acompañadas del resto de integrantes del cortejo florístico ripario, constituido por multitud de especies trepadoras, arbustivas y herbáceas.
 
Sobre el sustrato geológico se desarrolla un suelo fértil y profundo, en íntima relación con las especies vegetales que sobre él coexisten; este complejo y variado cortejo florístico, a su vez, crea los nichos ecológicos necesarios para el desarrollo y supervivencia de multitud de especies animales, una fauna diversa y variada gracias a la variedad de hábitats interconectados; por ello, durante nuestro periplo por la Vía Verde de la Sierra, podemos reconocer gran cantidad de animales, siempre y cuando nos acerquemos de manera respetuosa y sigilosa a los diversos enclaves naturales.
 
La avifauna es variada y fácil de observar, pudiendo aparecer en nuestro recorrido especies como: el zorzal común, (Turdus philomelos), el petirrojo (Erithacus rubecula); la curruca mosquitera, (Sylvia borin); la tarabilla común, (Saxicola Torcuata); el zarcero pálido, (Hippolais pallida); el buitrón, (Cisticola juncidis); la perdiz roja, (Alectoris rufa); grajillas (Corvus monedula); o el roquero solitario, (Monticola solitarus). En cuanto a las rapaces, aparte de las ya referidas en el Peñón de Zaframagón, podemos encontrarnos con el águila culebrera, (Circaetus gallicus); el busardo ratonero, (Buteo buteo); el cernícalo vulgar, (Falco tinnunculus); o el águila calzada, (Hieraaetus pennatus).
 
Dentro de las aves nocturnas podemos encontrar al búho real (Bubo bubo), la lechuza (Tyto alba), el cárabo (Strix aluco) o el chotacabras (Caprimulgus europaeus). Dentro del grupo de las coraciformes, que reúne pájaros que nidifican en el interior de cavidades y que son capaces de trepar por paredes verticales, encontramos algunos como el martín pescador, (Alcedo tais); la abubilla, (Upupa epops); la carraca (Coracias garrulus) o los vistosos abejarucos (Merops apiaster), aves coloniales que migran en otoño para invernar en la sabana africana y regresan a comienzos de la primavera, entre abril y mayo, a la Península Ibérica para nidificar. Los abejarucos realizan sus nidos en taludes y cortados arenosos, con especial preferencia por los situados cerca de los ríos, excavando una galería que puede alcanzar el metro de profundidad, en donde depositan entre cuatro y seis huevos. Se trata de uno de los pájaros europeos de mayor colorido: dorso verde, vientre amarillo o azul grisáceo y garganta amarilla brillante, resaltando las partes negras del cuello, rostro, collar y borde de las alas. Se trata de un volador extraordinario, cuyas piruetas en el aire cuando persigue a un insecto más rápido que él, son un verdadero espectáculo. Se alimenta pues, cazando al acecho y capturando en pleno vuelo a insectos, prefiriendo en su dieta a los himenópteros como abejas y avispas o bien coleópteros, lepidópteros, odonatos…
 
En cuanto a los mamíferos, podemos ver, con algo de suerte, al meloncillo, (Herpestes ichneumon), depredador oportunista, de hocico afilado y con unos curiosos ojos dotados de una pupila rasgada en horizontal; se trata de la única mangosta autóctona del continente europeo. Otro depredador, pero en este caso generalista que campea por estas zonas es el zorro (Vulpes vulpes), caracterizado por su agudo hocico y su espesa cola. Hemos de remarcar la presencia de otro mamífero, pero en ese caso de hábitos y costumbres acuáticas, la nutria (Lutra lutra), mustélido cuya actividad comienza al atardecer, subiendo río arriba varios kilómetros en busca de alimento (cangrejos, peces, frutos…) y regresando a su guarida al cumplir su cometido. Ha sido considerada durante muchos años como indicador de la calidad de las aguas en las que habita, pudiendo observarse en el Guadalporcún y en el Guadalete. También es posible encontrar ratas de agua (Arvicola sapidus) en los cursos fluviales. Otros mamíferos son más fáciles de ver como el conejo (Oryctolagus cunniculus) y la liebre (Lepus granatensis); otros sin embargo son bastante huidizos como el tejón (Meles meles), la comadreja (Mustela nivalis) o el erizo europeo (Erinaceus europaeus).
 
En estos ríos habitan peces del grupo de los barbos (Barbus comiza), colmillejas (Cobitis taenia) o bogas (Chondrostoma polylepis), junto a anfibios como la ranita meridional (Hyla meridionalis), la rana común (Rana ridibunda), el sapo de espuelas (Pelobates cultripes), el sapo común, (Bufo bufo) y galápagos como el galápago leproso (Mauremys caspita).

 

Los reptiles suelen ser muy escurridizos, aunque no son difíciles de sorprender antes de que emprendan la huida, pudiendo encontrarnos ofidios como la culebra de herradura (Coluber hippocrepis), la culebra bastarda (Malpolon monspessulanum) o la culebra de escalera (Elaphe scalaris); entre los saurios cabe destacar: la lagartija colilarga (Psammodromus algirus), la lagartija roquera (Podarcis muralis), la lagartija ibérica (Lacerta iberica) o la culebrilla ciega (Blanus cinereus) y algún saurio de mayor tamaño como el lagarto ocelado (Lacerta lepida) o el lagarto verde (Lacerta viridis).
 
Toda esta fauna de manera potencial habita en las formaciones serranas de todo el conjunto que describimos en esta obra, con la única condición de que el grado de alteración existente no haya perturbado sus hábitats naturales, sus nichos ecológicos de manera sustancial para su alimentación, supervivencia y reproducción, permaneciendo el frágil equilibrio dinámico (fauna-flora-condiciones ambientales) que integra los ecosistemas de estos parajes. Por ello, tanto la cantidad como variedad de estas poblaciones pueden verse claramente afectadas, incluso pueden desaparecer de ciertos enclaves donde la presión sobre los recursos excede la capacidad de la naturaleza para tolerar las diferentes agresiones a las que la sometemos.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *